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Samurai y Pedro Sánchez en Tiempos de Guerra y paz

Tal vez porque nací en el mes de octubre tan unido a la lluvia, con días que empezando azules se van poniendo grises y al final de la tarde se despiden con rayos de sol, es que los días así en Bogotá son para mí un encanto. Y este último después de una semana de diligencias comenzó anegado en lluvia, con el arribo de un joven que me llevaría en su carro a mi destino sin imaginarme que tendría una media hora feliz en una ciudad acorralada por motos y calles reventadas.

Era un joven conductor con el corte de cabello típico de hoy, un poco largo atrás y muy cortado alrededor de las orejas. No pude ver cómo lo llevaba en la frente porque usaba gorra, parte del atuendo habitual de muchachos con este estilo. Delgado, un poco trigueño, con una sonrisa fácil, sencilla, dulce y un hablado rolito que daba gusto escucharlo.

Sentada a su lado me fue hablando espontáneamente del tráfico, de cuál sería la mejor ruta para llegar puntual a mi cita. Llevaba buena música.  Algo me contaba de su familia cuando de pronto, me vino a la memoria Samurai, el rapero asesinado en Bogotá hace años, supuse que este joven debía saber de él, y yo quería volver a escuchar las canciones de el poeta de ciudad Bolívar como le decían a Samurai. Supe de este cantante de rap en 2018 cuando su asesinato fue noticia. En aquél entonces escuché al descuido algo de sus letras que me sorprendieron por su profundidad. Ahora, la ocasión era perfecta, la mañana lluviosa, con suficiente tiempo, los vidrios cerrados que nos alejaban del ruido exterior y con un joven que hubiera podido ser el Samurai mismo. Le dije, ¿tienes música de Samurai? Me miró sorprendido con su risa más amplia, ¿le gusta?, me preguntó. Quiero oírlo bien, nunca lo he hecho, creo que sus letras son muy bonitas, le respondí. ¡Ah, no, ese man fue lo mejor! …, me dijo ladeando su cabeza y de una vez buscó la canción en el equipo.

Sonó la música. La voz y la letra de Samurai se adueñaron del espacio dejándonos unos minutos en silencio como cuando se apagan las luces en el cine apareciendo la primera escena de manera sorprendente…, era su canción emblemática Tiempos de guerra. Tuve que hacer un esfuerzo para reponerme del impacto de los primeros acordes de la batería y el piano conmovedoramente perfectos, su voz precisa, la letra, desgarradoramente poética, pero, sobre todo, su fondo sinceramente melancólico Si, esta es otra canción triste de mi puño/ se siente el alma herida carne abierta con rasguños/ Y esperé, me desesperé, lloré, luego me desahogué/ hoy por hoy sólo soy un exiliado y no quería cantarlo/ pero la pluma estaba a mi lado…

 

El joven conductor lamentaba el asesinato de Héctor Everzon Hernández, Samurai, de treinta y cuatro años. Me contó cómo todo el barrio lo buscó desesperadamente, empapelando las calles denunciando su desaparición. Días después, lo encontraron asesinado a golpes, abandonado en una ladrillera. Un final brutal, en el mismo escenario urbano y crudo que él retrataba en sus canciones. El joven, para salir del momento triste me dio a escuchar a otro rapero, muy bueno también, después de unos minutos surgió un consenso tácito…, mejor es Samurái, ¿cierto? Le dije. Se echó a reír asintiendo; sin dudarlo me respondió vamos a ponerlo otra vez…,

Recordé a Samurai y al joven conductor mientras veía las noticias esta mañana. Algo en la melancolía de su música y en sus letras de desesperanza que aquel muchacho transmitía contrastaba con la realidad del país. Justo hoy, el presidente anunció el nombramiento de Pedro Sánchez como ministro de Defensa, recordado por el rescate de los niños indígenas perdidos en la selva y por su calidad humana; un giro inesperado que desafía viejas tensiones entre el poder civil y el militar. El presidente Petro un exguerrillero, enemigo natural de los militares ha escogido a un general de la Fuerza Aérea para ministro de Defensa.

Hace años, cuando la perversidad en el país no era tan sofisticada, era más fácil identificar a quienes tenían intenciones dudosas. Existían ciertos patrones reconocibles, lo que permitía desarrollar mecanismos de protección. Pero la perversidad, que es humana, ha evolucionado como un virus que muta ante los antibióticos. Ahora, en lugar de volverse más evidente, se ha vuelto más esquiva. Con un alto grado de sofisticación, ha logrado confundir, lo bueno parece malo y lo malo se disfraza de virtud.

La maldad entendió el poder de la imagen y le confirió una importancia estratégica. Aprendimos a confiar en quienes vestían con pulcritud, tenían la piel blanca y pertenecían a una élite, como si la perversidad les fuera ajena. En contraste, temíamos a quienes lucían desaliñados, tenían ademanes toscos o cargaban con la marca de la necesidad. Así, el poder político se llenó de personas que, con total impunidad, ordenaron bombardear campamentos guerrilleros donde había niños o permitieron la incursión de paramilitares para asesinar y desaparecer civiles. Eran funcionarios civiles, no militares, y el país, ingenuamente, creyó que eso nos pondría a salvo.

Hoy, el presidente ha elegido a un militar para liderar una de las causas fundamentales de su gobierno, la defensa de la vida, no el cruel recuento de bajas, como hicieron sus predecesores en el Ministerio de Defensa, incluida una mujer; la perversidad no tiene género. Si bien los hombres llevan ventaja en ese terreno, ¿hasta qué punto ha ido degradándose la ética en las mujeres? Los civiles en cargos militares no son necesariamente mejores y dentro de las fuerzas armadas pueden existir figuras nobles, como el general Pedro Sánchez.

Samurai fue asesinado. Un joven bueno, creador de una música que la hipocresía de la élite percibe como peligrosa, cuando en realidad la peligrosa es ella. Mientras avanzábamos entre charcos que ocultaban los huecos en las calles, por avenidas sin árboles y entre gente que corría bajo la lluvia, el joven conductor me hablaba de su vida. Así, entre la música y la conversación transcurrió el trayecto, hasta que llegamos a mi destino: una reunión con un amigo político que, como Samurai, ha luchado siempre por la defensa de la vida, también sin armas, sólo con argumentos. Nos despedimos cordialmente. Él se marchó cantando, marcando el ritmo con sus manos en el volante Tiempos de guerra/ vienen y van/ reír por no llorar, sufrir, andar, pecar…/ Tiempos de guerra/ vienen y van/ reír por no llorar, sufrir, andar, pecar…, abrieron la puerta, me hicieron pasar.

luceromartinezkasab@gmail.com

Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan necesariamente la posición de La Nueva Prensa.

Psicóloga. Magíster en Filosofía – luceromartinezkasab@gmail.com

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