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Líderes de opinión, profetas del día después

Hay algunos líderes de opinión quienes, apertrechados detrás de sus páginas periodísticas, criticaron todo lo que quisieron del gobierno del presidente Petro sin medir las circunstancias de los ámbitos nacional e internacional; yéndose a dormir felices con la satisfacción profunda de sentirse moralmente superiores porque habían cumplido con el control que todo gobernante debe tener. Control, sobre todo, a algo que les tenía los pelos de punta: la posibilidad de que el presidente Petro convocara a una Asamblea Nacional Constituyente. Me figuro que Petro no demoró en darse cuenta del pavor que esa idea suscitaba en la burguesía que finge, por puro snob, desear un mundo más justo. Entonces, a sabiendas de que su tiempo presidencial no le alcanzaría, se dedicó a denunciar a los cuatro vientos que pronto ella sería un hecho, asustando a la élite, mientras él, en su intimidad, se moriría de la risa.

Esa burguesía no sabe que es burguesía. Sus integrantes creen que no son burgueses porque dicen que votan por Petro, investigan desfalcos, son feministas, asisten a actos de poesía para rendirle tributo a quien, como expresión suprema de genialidad creativa, afirma que sabe cuándo un poema está listo porque, también sabe cuándo un postre está listo. El narcisismo intelectual, la soberbia por tres líneas de pensamiento, les impide cuestionar sus límites de clase. Se sienten dueños de la razón, sin advertir qué tanto su pensamiento está condicionado por las relaciones sociales de las que forman parte.

Así que, como decimos en la Costa, les resbalan los conceptos que los incluyen dentro del actual sistema, creyéndose por encima de los parámetros de esta civilización contemporánea. Pueden hablar de imperialismo y burguesía, categorías que permiten analizar las relaciones de poder, sin reconocerse a sí mismos dentro de ellas. Porque, una cosa es manejar intelectualmente una categoría y otra comprender la propia posición dentro de la realidad que esa categoría revela. Desde esta perspectiva, cabe preguntarse hasta qué punto comprendieron el momento político de Petro en relación con las fuerzas del imperialismo y sus intereses sobre Colombia. Y, si se dieron cuenta que, por su miedo burgués disfrazado de ánimo de contrapeso político, influyeron en tanta cantidad de votantes a favor de la oposición de hoy.

Ellos y ellas fueron capaces de alucinar con que la Constituyente sería una retención del poder por parte de Petro y Cepeda, pero no prestaron la misma capacidad de alarma a los peligros que representaba el proyecto político de la oposición. Consumados los hechos de las elecciones, llegan ahora a vaciar en sus espacios periodísticos el recuento histórico de lo que hizo Hitler aquí y allá, comparándolo con las medidas del presente gobierno. Ya para qué. No es que carezca de mérito estudiar el pasado para comprender el presente. Lo cuestionable es que con sus posturas ideológicas allanaron el camino para el desastre y, una vez sucedido este, se pronuncian para re-latar, traer de vuelta, los datos que están en los libros históricos, posando como los y las grandes escritoras de las páginas periodísticas. Ahí no hay ningún mérito intelectual.

Se puede conocer la historia, pero no tener conciencia histórica. La primera permite relatar los acontecimientos del pasado como algo que sucede en algún tiempo; la segunda exige comprender las contradicciones del presente, reconocer las fuerzas que intervienen en él y advertir sus posibles consecuencias para la vida de un país. Conciencia histórica es la claridad para definir cuál es el papel propio en un momento crítico: si el de apoyar las fuerzas que luchan por la permanencia de un pueblo o definirse por las de su disolución. Y de esa conciencia carecen estos líderes de opinión que, en su ambivalencia ideológica, terminan dándole apoyo a los dominadores históricos.

Mérito intelectual y político es la capacidad anticipatoria que ha mostrado Gustavo Petro durante su carrera porque, la historia está en su intelecto y en su corazón palpitando unidas. No como tantos disociados que no les corren por las venas los acontecimientos ni por la memoria, pero posan de gente culta. Petro, fue capaz de comprender que el camino era la desmovilización para buscar la concordia; que el contubernio entre narcotráfico y guerrilla asfixiaría a Colombia; que el florecimiento económico del país estaba en cultivar el campo; que la transformación verdadera de la nación está en una Asamblea Popular Constituyente y, de ver y, gritar en todos los escenarios que lo que Israel hace con Palestina es genocidio.  Ese es el uso que hay que darle a la historia: reconocer y alertar sobre un daño a la humanidad, en lugar de nombrar el horror después de lo sucedido. Son comentadores, dicen ¡se fue la luz!, cuando se ha ido la luz.

Esa capacidad anticipatoria no se obtiene de la noche a la mañana. Es muy difícil obtenerla si siempre se ha nadado en las aguas de la burguesía desde la cuna, para después, en la vida profesional, pretender sacar la nariz y respirar un poco de progresismo y así escribir sobre el escozor que produce el desahucio de un museo a manos del fascismo. Eso es improvisación existencial y profetizar el día después.

Para que lleguen esos momentos de lucidez político-históricos como a Petro, se necesita haber leído desde joven los textos críticos de esta civilización capitalista y, lo más importante, haber vivido en la periferia de la sociedad sintiendo los rigores de ese capitalismo, observando al imperialismo, siempre; sin dejar de verle su rostro y la manera de llevar la vida. De tal suerte que, cuando el fenómeno social que se avecina va adquiriendo la imagen de ese monstruo, el político de la calle es alertado por el recuerdo de su conocimiento y por la intuición que le eriza la piel.

luceromartinezkasab@gmail.com

Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan necesariamente la posición de La Nueva Prensa.

Psicóloga. Magíster en Filosofía – luceromartinezkasab@gmail.com

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