Las imágenes se repiten una y otra vez como los niños masacrados en Gaza por el sionismo, como las personas que huyen del ELN en el Catatumbo…, son los migrantes indocumentados encadenados de manos y pies por orden de Donald Trump, el presidente norteamericano y, a fuerza de verlas terminamos convenciéndonos de que sí es verdad lo que ellas denuncian que, detrás de las grandes tragedias en el mundo de hoy se encuentra Estados Unidos, que es decir el imperio conformado, en gran parte, por el supremacismo del varón blanco, millonario, de occidente.
Si hubo alguien que alertara a Latinoamérica del peligro que ha sido y es el imperio norteamericano fue Enrique Dussel, el notable filósofo político argentino-mexicano; crítico acérrimo de la Modernidad, a la que le dio fecha de nacimiento el año de 1492 porque, fue partir del mal llamado descubrimiento de América que Europa se haría rica a costa de la explotación de los pueblos originarios de este lado del mundo y de la extracción de su riqueza mineral; tanta, que del sólo cerro del Potosí en Bolivia se llevaron veinte mil toneladas de plata, para decirlo claramente, se lo robaron…, desde entonces, corre el refrán vale más que un Potosí quedando para siempre la denuncia de aquel saqueo infame. Dussel nos cuenta que Europa creció y salió del oscurantismo saqueando todo cuanto pudo de estas tierras primero con el imperio español, luego, con el británico dejándonos a su hijo, el imperio norteamericano que continúa con el despojo en el mundo entero.
Comenzando la década de los años 70 del siglo XX, Dussel, ya de regreso de su periplo por el mundo y de la revisión que hizo del pensamiento ético-político de cinco mil años atrás, aún joven, se dice, ah, de manera que somos los nadie…, somos los excluidos, los oprimidos, las víctimas, ¿eso es América Latina?, entonces, pensemos desde aquí, desde nuestra propia condición de esclavitud, así, creó la Filosofía de la Liberación. Su muerte causó una conmoción mundial dentro del progresismo, había fallecido un libertador del pensamiento latinoamericano que se atrevió a desobedecer y a confrontar de tú a tú la arrogante filosofía europea de Descartes, Hegel, Habermmas, entre tantos otros, que hicieron de los griegos el origen de la filosofía mundial para decirles, entre distintas precisiones fundamentales, que la filosofía había nacido antes, en Egipto; que el poder político no es dominación sino servicio al pueblo como lo practican los indígenas bolivianos y que los griegos echaron a perder este mundo al dividir al humano en cuerpo y alma cuando somos, como sostienen los semitas, una unidad de carne y huesos, sin divisiones, un cuerpo merecedor por él mismo de la vida y de todos los derechos.
Que los humanos tengan alma ha sido la justificación perfecta para que el cuerpo del extraño, del forastero, del diferente fuese despojado por los supremacistas del debido respeto a lo largo de la historia pues, al quitarles el alma –que, supuestamente los hace humanos- los deja como animales. Ese fue el centro del famoso debate en Valladolid en 1550 entre Bartolomé de las Casas y Ginés de Sepúlveda, influyente sacerdote católico, abogado y filósofo quien defendió la idea de que los pueblos originarios de estas tierras eran como animales porque, no tenían alma, por tanto, podían ser explotados ellos y sus tierras como los españoles quisieran. Bartolomé defendió a los nativos, prevaleció su argumento en ese debate de que ellos sí tenían alma y que eran buenos, sin embargo, el daño estaba hecho: por toda Europa se difundió el modo de razonar de Ginés de Sepúlveda que ha justificado desde entonces durante estos cinco siglos la inferiorización de nosotros y de otros continentes tanto, que cruzó hasta América…, tanto, que hoy Trump en pleno siglo XXI encadena a los migrantes indocumentados como las peores fieras de los circos de la Edad Media europea.
Contra esa ignominia saltó en estos días desde Latinoamérica el presidente de Colombia, Gustavo Petro, como saltó contra el genocidio en Gaza y sus miles de bebés destrozados. Rechazó que deportaran a los colombianos con sus cuerpos encadenados como animales, disminuidos, como si la humanidad de ellos y ellas necesitara ser domada. Petro recibió millones de mensajes de apoyo de todo el mundo; se va posicionando contra el imperialismo norteamericano como un líder del sur global.
Concebir al ser humano dividido en cuerpo y alma permitió que la clase dominante astuta minimizara el sufrimiento del pueblo por el hambre, el frío, la intemperie, el maltrato, la pobreza padecidos en esta vida porque, de todas formas, al alma la espera el más Allá para ser tratada de mejor manera, razonamiento que Dussel rechazaba molesto diciendo que era una terrible teología de la resignación. El poder del supremacismo blanco ha sido tan avasallante que, cortadas las cadenas físicas de las manos y los pies, siguió dominando el pensamiento de los sometidos hasta casi anular la capacidad de reconocer las similitudes entre ellos mismos para luchar por un bien común. Aún Latinoamérica no se une contra el sistema que nos agobia convencida de que cada uno por su lado podrá resolver su vida sin contratiempos, el individualismo nos está matando.
La Fortuna, que a veces es traviesa, hizo coincidir en el espacio político mundial a Trump y a Petro; uno, el máximo representante del supremacismo blanco desde el imperio norteamericano que está a punto de repetir la historia de Hitler en 1933 persiguiendo a grupos de humanos inocentes; el otro, uno de los ejemplos más genuinos del progresismo del mundo también, quien habla a nombre de los pueblos oprimidos, desde Colombia, América Latina.
Dos extremos políticos donde el mandatario de Colombia se le enfrenta al imperio de tú a tú sin complejo de ninguna clase, para exigirle que los cuerpos de esos colombianos no los mancillara con cadenas, que los devolviera libres, dignos. Si hay algo que sufrió Gustavo Petro en su carne y en sus huesos fue la tortura de estar encadenado; si hay algo que le duele es la historia de los indígenas y de los negros también encadenados y, eso, él, con su carácter reivindicativo, no va a permitirlo en su gobierno contra los colombianos. La Fortuna, como si conociera la Filosofía de la Liberación de Enrique Dussel, ha sabido elegir al rebelde y combativo presidente Petro como uno de los defensores de las víctimas en estos tiempos ante ese poder sojuzgante, que no cesa de encadenar carne y huesos humanos en pleno siglo XXI.