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Novecento y el fascismo colombiano (1)

Era un cine club al que íbamos los estudiantes universitarios plenos de juventud, ansiosos de conocimiento, abiertos a sentir el arte de la literatura, de la música, de la danza, del cine. La película empezaba a las ocho de la noche, la ciudad era tan segura que nos regresábamos a pie para ir comentándola, lo que era una necesidad porque, de lo contrario, el plan quedaba incompleto. A través de cuadras enteras sobre el boulevard sembrado de árboles perfumados íbamos diciendo cuál escena nos había impactado por la actuación, la fotografía o el guión, era una caminata llena de intercambio de pareceres y sentires en medio de risas, de juegos, de ilusiones.

Esa noche no nos imaginamos que asistiríamos a semejante obra de arte como Novecento de Bernardo Bertolucci, el director de cine italiano heredero de la finura artística del Renacimiento que nos mantuvo tres horas dentro del encanto de las imágenes, las actuaciones, la historia tremenda que nos partió el corazón y esa música de Ennio Morricone, uno de los más grandes compositores de bandas sonoras para la industria del cine. Salimos casi a la medianoche, tal vez convertidos en otros sin darnos cuenta porque, Bertolucci nos había corrido el velo de la ingenuidad para mostrarnos cómo unas ideas políticas acaban con las horas apacibles de los pueblos alegradas por el llanto del nacimiento de un niño, por la puesta del sol recogiendo la siembra, por los juegos de la infancia. Y, nosotros, el grupo de amigos y amigas que nos queríamos tanto, nos asustamos al presenciar esa historia donde dos amigos desde niños terminaron enfrentados al llegar la adultez.

La película nos mostró de la manera más sublime que, políticamente, lo que acaba con un pueblo es el fascismo y del fascismo, una personalidad desquiciada y cruel como Attila Mellanchini el personaje interpretado por Donald Sutherland, quien, además, recrea una de las escenas de abuso sexual a un menor más insoportable de mirar en la historia del cine. Entendimos que el fascismo es político, sí, pero que necesita de individuos trastornados emocionalmente para que coja cuerpo social. Y es ahí, en ese eslabón perdido entre los estudios de la subjetividad desequilibrada –aunque muestre apacible la máscara de la cordura- y los estudios sociopolíticos donde está la necesidad de ahondar el conocimiento para detener este fascismo que se cierne sobre el mundo entero.

El fascismo penetra en la sociedad como un virus a un cuerpo humano. Empieza con fiebre, el sistema inmune se defiende, las personas con capacidad anticipatoria dan la voz de alerta, como Jaime Garzón, como José María Valle, como los líderes de los caseríos, como Gustavo Petro. Los anticuerpos se movilizan rodeando al virus hasta acabarlo si el sistema inmune es robusto, de lo contrario, es el virus el que acaba con la persona como el fascismo con un país si no está preparado para repelerlo.  Es la lucha de Colombia en estas semanas donde instituciones como el Congreso, el Comité Nacional Electoral, el Consejo de Estado, las Cortes, la Procuraduría están infestados de personas reflexivamente reducidas, carentes de amplitud racional, totalitarias, supremacistas y como si fuera poco, codiciosas.  Son como Attila –el nombre lo dice todo y no es casual- ese personaje de la película Novecento que al mirarle los ojos uno sabe que detrás hay un ser humano desviado, un error de la evolución que lo hace atentar contra la fragilidad de un niño, como aquí atentan contra los ancianos dejándolos sin pensión, a la infancia sin alimentos, a los campesinos sin tierras; lo hacen por la tendencia sin límite de acumular riqueza y  también por físico odio a quien los ha despojado del poder no con armas, no con compra de votos sino en franca y limpia lid de votación popular.

Una gran parte de Colombia está plagada de pensamiento totalizante y tal vez, no lo sepa. No lo sabe porque, desde la Colonia los españoles fueron fascistas, inoculando ese: sólo deseo SER YO y deseo que TÚ NO SEAS. Nos arrasaron, nos explotaron, nos quitaron las tierras fértiles mandándonos a las altas cumbres de las montañas para salvar la vida y la cultura propia. El SER místico de los pueblos originales que adoraba al sol lo anularon para imponer una religión que ellos mismos, los españoles, fariseos, no practicaban. Devastaron la organización comunitaria, columna vertebral de la supervivencia humana para imponer el individualismo suicida que hoy acaba con el Planeta y, eso, lo aprendió la clase criolla gobernante que se acomodó sin crítica ética a una visión de la vida con base en el NO SER del otro y lo viene repitiendo desde hace dos siglos.

Las personalidades totalitarias, expansivas, que conciben el mundo sólo para sí anulando a los demás, cuando llegan a las instituciones políticas difunden tan profundamente su visión egoísta del mundo que cada trámite corporativo, cada proceso, tiene como objetivo mutilar el SER de los otros como estudiante, como profesional, dueño de parcela, de pensión, de sistema de salud dignos tal y como lo hace la oposición política con el SER presidencial de Gustavo Petro, líder de los NADIE  de Colombia. Presidente que no transa con impuestos para los pobres ni con funcionarias y funcionarios defensores sólo del SER de la oligarquía quienes, bajo sus lentes de falsa intelectualidad, de sus maquillajes perfectos, de sus vestidos de paño esconden un carácter mezquino que entorpece la igualdad social tan necesaria para la paz. El fascismo corre cascada abajo arrasando con las clases menos favorecidas, es una tarea fácil porque, es dueño de las instituciones, una ley de gravedad política, así, en unos meses saca a los NADIE de la representación política en el gobierno y, en unos años, se apropia de todo el país para su exclusivo disfrute. En cambio, para los que están en la zona del NO SER, para los oprimidos, remontar el fascismo es una labor titánica, dura, extenuante, donde se juega la propia vida, la de los hijos, la de la familia, la del pueblo entero…, es ir en contra corriente impulsado por el instinto de supervivencia…, es lo que está sucediendo en Colombia, qué lucha tan desigual.  

La música de Ennio Morricone en Novecento inicia con unos acordes idílicos que evocan tiempos de horizontes amplios en un campo amarillo recibido por cielos azules, que se camina cantando viejas tonadas hasta que aparecen por entre el trigo los disparos de un fusil.  El fascismo es igual en todas partes y se sale de él de la misma manera, con la unión de mujeres y hombres del pueblo por las calles, por los campos gritando no pasarán.

luceromartinezkasab@gmail.com

Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan necesariamente la posición de La Nueva Prensa.

Psicóloga. Magíster en Filosofía – luceromartinezkasab@gmail.com

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