Apariencia
Apoyar a La Nueva Prensa

Jaime Garzón y el progresismo

Colombia, un país cubierto por iglesias de todos los credos donde se menciona la palabra profeta en cada acto litúrgico no supo ver a uno de carne y hueso en estos tiempos, dueño de la más intuitiva capacidad anticipatoria, Jaime Garzón, asesinado hace 25 años cuando era el más acérrimo, mordaz e ingenioso opositor de la mentalidad política producto del perverso mazacote entre el para-militarismo y el narcotráfico. Para saber que hoy sólo existe un condenado por ese complot contra su vida, recluido en una cárcel de lujo.

Era el año 1999, fin del milenio, el que se esperaba con tanta expectativa se ensombreció con el asesinato de él, quien nos hacía felices con su humor. Innovó finamente la comedia con sus personajes entrañables, obviando los chistes de suegras y borrachos que reinaron por décadas en la televisión; a cambio, introdujo de manera franca la crítica política con la ironía más pedagógica posible para que comprendiéramos el tiempo del peligro que se avecinaba; tanta razón tuvo, que ahí, en ese época  aciaga presentida por él lo asesinaron y, nosotros, tan sólo con su muerte nos percatamos de que su humor era la advertencia desesperada por lo que él veía en el horizonte, un horrendo derramamiento de sangre inocente.

Así como la cristiandad nos hizo creer que Dios era un viejito blanco, venerable, de largos cabellos y barba canosa, también creímos que los profetas caminarían siempre vestidos con túnicas,  barbudos, con un bastón y con sandalias; de manera que no somos capaces de ver a Dios en la maravilla del Sol amaneciendo detrás de la Sierra ni en las flores ni en las manos de un niño; tampoco fuimos capaces de ver a un profeta en Jaime, este hombre sin dientes, con gafas de miope, vistiendo jeans, con un sentido humanitario a flor de piel…, no supimos ver sus ojos que miraban con la inocencia de un niño ni sentimos su angustia al vaticinar que se acercaba una gran tormenta, ni entendimos los mensajes detrás de sus bromas que anunciaban una tragedia, ¡qué torpes fuimos!

Los profetas a través de todos los tiempos han hablado de manera figurada, nunca concreta porque, los augurios de los grandes desastres naturales no ponen en peligro sus vidas, pero los relacionados con el abuso del poder sí pues…, desnudan al tirano. El método de los profetas, nos decía un notable filósofo, era colocarse en el lugar de los pobres y desde ahí hacer el diagnóstico de la patología del Estado, eso fue lo que hizo Jaime a través del adorable embolador de zapatos, Heriberto de la Calle; de Diocelina, la empleada doméstica; del portero del edificio Colombia el dictamen del país desde personajes sencillos: el Estado colombiano poseído por una oligarquía tan corrompida que se volvió asesina, unos medios de comunicación cómplices, que son pantallas de empresarios enfermos de codicia con sus reporteras, quienes viniendo del pueblo, se arrimaron a la burguesía girando hacia formas criminales de esparcir noticias falsas y, además,  un pueblo en gran parte, según las palabras de Jaime: sin conciencia colectiva, con una posición cómoda e individual ante la vida. ¿Qué enfermedad podía resultar de esta combinación de graves síntomas sociales? Este genocidio perpetrado por el Estado. Otra sería la historia si hubiéramos atendido los avisos de incendio de Jaime.

El progresismo hizo de Jaime Garzón una de sus figuras emblemáticas porque él encarnaba la irreverencia frente al poder y ante las costumbres de la élite; fue un luchador comprometido con la justicia social; con la defensa de los derechos humanos, virtudes, que la derecha no fue capaz de responder con inteligencia sino con la fuerza bruta de las balas. Jaime, en uno de sus tantos pronunciamientos en vida le hizo un llamado a la juventud para que defendiera al país de la voracidad de la élite; desde el más allá habrá visto satisfecho cómo en el 2021 las muchachas y muchachos salieron a las calles a protestar contra los impuestos a los alimentos en el gobierno de Duque dejando sus ojos, sus vidas y su sufrimiento –qué tristeza-.

En las elecciones del 2022 estaban detrás de los jóvenes las madres, padres, abuelo, tíos, toda la familia ayudó a rescatar al país del uribismo. Los influencers con los modestos equipos hacían denuncias para que el mundo supiera la barbarie de los tres últimos gobiernos en Colombia. Los líderes de los territorios sin distingos de credo, color ni edades se ayudaban entre todos, incluso, sacando de entre sus bolsillos monedas para colaborar con el candidato del cambio; también los periodistas, abogados, artistas…, se sumaron…, el progresismo de unió, de manera frenética…, pero se unió y ese deseo ardoroso de transformar la historia es el que impulsa el avance a través de estos cuatro años por un desierto opositor plagado de alimañas dentellantes.

Pero, a decir verdad, este movimiento político todavía no se le puede llamar progresismo. Sólo si se ganan las elecciones 2026 se empezaría una corriente política con este nombre, además, si logra por fin desprenderse de las divisiones ideológicas inútiles, de la subjetividad individualista y colonial que nos habita pues, muchos y muchas de los que van llegando al Estado nombrados o elegidos han olvidado a la gente de los territorios que los sostienen allá arriba, o se empeñan en convertir en sirvientes a sus allegados, exhibiendo un deseo de arrogancia y dominación dañino para el movimiento. Debemos superar esa mentalidad denunciada por Jaime. ¿Cómo va a mejorar el país si nosotros no somos mejores?  Hay que practicar las dos virtudes de la gente buena y sana, las que encarnó Jaime Garzón, el profeta de este desastre: sentir repugnancia natural al ver un ser vivo sufrir, en especial a nuestros semejantes y sentir felicidad haciendo feliz al Otro.

luceromartinezkasab@gmail.com

Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan necesariamente la posición de La Nueva Prensa.

Psicóloga. Magíster en Filosofía – luceromartinezkasab@gmail.com

Más de Lucero Martínez Kasab →