¿Quién eres si un copartidario te pide ayuda para el bus y te ofendes? ¿Quién eres si no estás en el progresismo por convicción sino por resentimiento social? ¿Quién eres si abandonas a la madre, a la compañera, al hijo? ¿Si envidias la curul de un indígena, afro o de un LGBTI? ¿Quién eres si vas a las reuniones políticas a robarle la mujer, el marido, al prójimo? Si gracias a la educación pública eres un profesional que gana dinero para comprar casa, educar a los hijos y viajar por el mundo, pero te alías con quienes privatizan los derechos de la educación, de la salud, el agua, etc. Si sólo usas el sindicato para tu beneficio personal y no gremial.
En esta sociedad es más fácil ser de derecha que progresista porque, desde hace más de quinientos años es el sistema dominante que se impuso con el genocidio de los aborígenes, con el robo de las mujeres, de las tierras, destruyendo las creencias religiosas…, arrasando con una civilización, esa, es la derecha que hoy tenemos, un partido arrasador; de manera que en ese sistema nacimos y creemos que es lo natural. Pero, como el ser humano luchará siempre por su libertad los sectores excluidos se han organizado alrededor del progresismo con sentido crítico ante la injusticia. Sin embargo, una gran cantidad de progresistas son burgueses en la conciencia. Pídales contribuir con dinero para un trasporte a la capital de unos grandes líderes de las bases invitados a las convenciones o para ayudar a un enfermo, para dar de comer a un desempleado y no se disculpan apenados de no poder ayudar por la propia escasez, dado el caso, sino que se enojan y critican la falta de previsión del necesitado. En el fondo lo desprecian y le censuran la pobreza como una imprevisión de su proyecto de vida; el único pobre por las fallas del sistema es él o ella, el izquierdista con alma burguesa.
Los progresistas somos progresistas frente a la derecha, pero somos derecha ante nosotros mismos. En ocasiones, ante la solicitud del Destino de una unión entre los partidos para ganar unas elecciones que beneficiarían a millones de personas de escasos recursos el militante defiende a su ideología como a una propiedad privada, sin ella se siente lanzado a la intemperie, incapaz de vivir sin su sistema de pensamiento; teme perderse de sí mismo porque, su sí mismo es débil en su convicción de justicia…, no es amor a la humanidad, es, resentimiento social.
En medio de estas letras es noticia nacional e internacional el fallecimiento de Piedad Córdoba, la senadora colombiana protagonista de una férrea lucha contra la injusticia en todo sentido porque, como bien lo decía ella, poseía tres grandes estigmas mujer, pobre y negra y, contra eso se reveló no sólo para su propio bien, sino para el de otros a costa de la tranquilidad y seguridad de sus hijos, de su esposo y de ella misma. Una mujer progresista convencida y practicante, ¿cuántos somos como ella? Casi de manera simultánea en medio del duelo generalizado por la partida de esta admirable mujer el presidente Gustavo Petro dentro de su liderazgo político lanza la propuesta de un partido único para enfrentar las elecciones del 2026.
Entre las ensoñaciones del atardecer alguien me conversa con nostalgia y profunda intuición de que, a la par del adiós de esta senadora surge la necesidad de la unión entre los partidos progresistas…, ¿acaso, no es el signo del camino a tomar? Un partido inspirado en lo que creía y defendía Piedad Córdoba, un partido con el alma de esta mujer que marque la senda hacia las elecciones del 2026. Me quedé pensando en lo que acababa de escuchar, sí, dije, un espíritu bueno ronda la idea de un movimiento que nos ayude a llegar a ese anhelo huidizo de la paz y la justicia, pero, le diría al presidente Gustavo Petro: más que un partido político único se necesitaría continuar con la confluencia de los partidos, que esas partes que integraron un todo sigan con sus identidades, que se le diga adiós al Pacto Histórico con el agradecimiento de haber logrado la primera presidencia progresista de nuestra historia; a partir de ahí, propiciar el nacimiento de un nuevo movimiento inspirado en el espíritu diverso, equitativo, generoso, alegre y solidario de Piedad Córdoba.
Porque ante un país tan mezclado como Colombia la propuesta de unicidad puede encontrar una fuerte resistencia; a cambio, podemos apoyarnos en un concepto de honda inspiración dialéctica, la analogía – presente en el Pacto Histórico sin que apenas lo advirtiéramos- que de nuevo podría ayudarnos en estos momentos en que se desea que el progresismo continúe en el gobierno: unir a los partidos a través de las analogías, no buscar la unicidad con la simplificación de las identidades partidarias, sino crecer bajo el amparo de los puntos análogos, parecidos, afines, que nos unen profundamente.
Sea cual sea la decisión que se tome de un partido único o un nuevo movimiento de convergencia donde se resalten las analogías, lo que debe brillar hacia las elecciones del 2026 y que es una de las virtudes de un progresismo real es el consenso, escuchar e involucrar a las bases; las que fueron relegadas en las pasadas elecciones parlamentarias. El Pacto fue dictatorial y elitista como cualquier partido de derecha, lo que resintió con justa razón a las bases progresistas de las diferentes regiones. Nuestro lenguaje nos juega una mala pasada, de tanto repetir una palabra la vamos dejando vacía, la hacemos obvia, es el caso de las bases políticas, olvidamos eso, que son el sostén, el piso, la plataforma de los partidos; sin las bases el andamiaje político se cae. Pasado cierto tiempo de este primer gobierno progresista es mucho más fácil para todo el movimiento determinar quiénes son las personas que por convicción luchan por una Colombia justa, quiénes son leales. Ahí están, por un lado, los ejemplos de aquellos y aquellas que traicionaron a sus votantes y, por el otro, Piedad Córdoba, quien encarnó un genuino amor a la humanidad, ella, un horizonte a seguir.
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