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Milan Kundera y la levedad de la existencia

En plena juventud cuando se tiene el grupo de amigos con el que se comparte íntimamente los amores, el estudio, las fiestas se vive de forma tan intensa que no hay espacio para ver cómo se va moldeando la personalidad de cada uno de ellos, a pesar de que crecen ante nuestros ojos o por eso mismo, porque no hay distancia para enfocarlos…, ni el deseo de hacerlo, ¿para qué?, si lo que llena la amistad no es el análisis del amigo, sino el palpitante destino compartido.

Sí, escribía versos, los recitaba con su voz hermosa finalizando con una inmensa carcajada. Desde niño se enamoraba, tomaba cerveza y también leía hasta el amanecer todos los días desde cuando su adorada madre le recitó los versos más conocidos de José Martí ¨Cultivo una rosa blanca / en junio como en enero / para el amigo sincero / que me da su mano franca. / Y para el cruel que me arranca / el corazón con que vivo / cardo ni ortiga cultivo / cultivo la rosa blanca. Y, selló su amor por la literatura cuando debió guardar un largo reposo por una hepatitis a sus quince años y su madre, otra vez, le puso en sus manos lo que sería su adoración por siempre, Marcel Proust, En busca del tiempo perdido.

Así que teníamos a un poeta con lenguaje y ademanes exquisitos. Culto, inteligente, con el temperamento costeño burlón, escandaloso, con el que reíamos todo el tiempo sin parar al compartir las habladurías políticas, los rumores de las infidelidades, o asuntos de nuestras propias vidas. Recitaba de memoria al Quijote, a Shakespeare, a Borges, Sábato, a José Eustasio Rivera, pero no sabíamos que teníamos a un poeta en medio de nuestras excursiones a Cañaveral donde él se desayunaba con arequipe frente a ese océano embravecido mientras entonábamos entre todos el Mediterráneo de Serrat.

Llegó feliz como siempre y también como siempre presumiendo de su nueva lectura, ante la mesa de cervezas y cigarrillos dijo, Milan Kundera, fue una estocada a un costado, continuó, La insoportable levedad del ser, una estocada del otro lado, nos arrinconó. No quedó la mínima duda de que traía un texto formidable, pero ¿acaso esa conjunción de voces La insoportable levedad del ser de Milan Kundera ofrece alguna duda de su peso literario?

Diego Marín Contreras, nuestro amigo hermano, nos trajo a Kundera, un autor de la cortina de hierro, de Checoslovaquia, que rompe el hechizo del Boom latinoamericano con su atmósfera del trópico para trasladarnos ahora a la bucólica Praga infestada de persecución política por el régimen soviético para desde ahí escribir enredos de amor, infidelidades, sobre la amistad y la existencia más allá de esa frialdad emocional implantada por un socialismo profundamente equivocado y que tanto daño le ha hecho a las ideas que promueven una mejor vida sin la tiranía de la acumulación de la riqueza. ¿Un checo, un ¨comunista¨ tan sensible, es posible?, se preguntaba la sociedad capitalista como si ella lo fuera. Kundera emergió detrás de esa cortina que tenía sojuzgado al pueblo política y emocionalmente del otro lado del muro de Berlín, liberándolo a través de su literatura del pecado de sentir, de hablar de amor y de la angustia de la existencia.

Hasta acá nos llegó esa distorsión emocional subyacente a la política socialista de eliminar las demostraciones de alegría y tristeza por persona alguna. Sobre todo, en los varones, que creyeron que tener ideas progresistas implicaba la anulación de la sensibilidad ante los padres, la pareja y los hijos. Hombres fríos, ausentes, sexuales insulsos, convencidos de que por profesar unas ideas de justicia social la mujer debía soportar un trato de estropajo. Fieles a un racionalismo castrante con el que camuflan la incapacidad de amar. Que con una supuesta defensa política del pueblo ocultan la impiedad por sus madres y mujeres enfermas. Y, las mujeres, alienadas, se dejaron tratar como varones porque eso era de vanguardia.

Llega Kundera a decir que el verdadero amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con cuanta mujer se deseé, sino en el deseo de dormir con una. Que es lícita la nostalgia al recordar la forma cómo le lucía a aquella mujer un sencillo vestido. Que es un atentado entre un hombre y una mujer que ¨allí donde habla el corazón la razón lo contradiga¨. Y en nuestra ciudad Diego Marín Contreras se atrevió a expresar públicamente que adoraba a su madre desde la infancia, a llamarla ¨amor mío¨ en sus escritos y, a declarar sin disimulo su amor apasionado por una mujer.

Cuando fuimos conociendo la vida de Diego y sus contradicciones supimos que teníamos de amigo a un poeta que luchó contra la pesadez de la frialdad humana, que buscó locamente a aquella mujer que quisiera cargar el peso de su cuerpo de hombre. Igual que Kundera – quien ha partido de este mundo a sus 94 años- se lamentó de la levedad insoportable de esta existencia que no ofrece otra oportunidad.

Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan necesariamente la posición de La Nueva Prensa.

Psicóloga. Magíster en Filosofía – luceromartinezkasab@gmail.com

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