Era una casa de techos altos y de arcos a la usanza árabe, rodeada por árboles frutales, la brisa de fin de año entraba libre por la ventana de mi alcoba mirando un amplio callejón que la separaba de la otra casa; en medio de ese ambiente apacible leía a los once años un pequeño libro que no recuerdo ahora cómo llegó a mis manos. En su portada tenía la ilustración de un hombre vestido con armadura según la costumbre de la Edad Media montado sobre su caballo, que, parado en sus dos patas traseras, era la alegoría del triunfo. Su título, Cantar del Mio Cid y su protagonista, Rodrigo Díaz de Vivar, para mí, así completo, uno de los nombres masculinos más bellos en español.
Si Julie Andrews en la película Mary Poppins cambia de mundo con solo brincar de un lado para otro con su paraguas, yo cambio el mío saltando dentro de los libros para aventurarme feliz entre las letras. Fue en el Cid donde descubrí la valentía, el arrojo, la decisión no de un semidios sino de un ser humano al defender sus ideales, su honra y su tierra, Valencia, de los árabes. Mi corazón aun de niña se sensibilizó desde entonces por quienes dan su vida por la vida de su pueblo.
Imposible imaginarme que décadas después iría a ver por los periódicos y por la pantalla de televisión a otro Rodrigo, Lara Bonilla, correr sudoroso, angustiado, desesperado en una agónica lucha por salvar su honor y la suerte de su país, Colombia, de una horda de salvajes. Nada más tristemente irónico que un ministro de justicia acorralado por el hampa, desesperado por demostrar su inocencia ante un cheque falso que lo incriminaba de un delito que no cometió.
Sin armadura, sin capa ni espada Rodrigo Lara Bonilla cuyo nombre quedará unido hasta la eternidad con la valentía, se enfrentó solo contra los peores criminales de su época. Firmó su sentencia de muerte el día que denunció que uno de ellos quería penetrar la rama legislativa del Estado colombiano. Sonaron los disparos en la noche, dentro de su carro blanco como Babieca, el hermoso caballo del Cid Campeador, Rodrigo, el ministro de justicia, moría como un héroe defendiendo a su pueblo.
Cuánto te hemos llorado, cuánto extrañamos tu aura decente; cuánto deploramos la macabra jugada del destino de quitarnos a tu hijo bueno, justo y guerrero y dejarnos al que es tan parecido a ti físicamente, pero, distante de tu inocencia política que hoy, sin ninguna vergüenza, ese otro Rodrigo que opaca tu nombre, se ha alistado en las filas del bando que te quitó la vida. Genéticamente de nada sirvió tu muerte porque esas manos que recuerdan las tuyas no recogieron tus banderas, ni ese rostro alcanza la frescura del tuyo al luchar por un bien para todos, ni su respiración se muestra libre como la tuya cuando le habla a la gente.
Tu muerte y las que vinieron después de ti, Héroes Perdidos, como lo dijera la gran poeta Matilde Espinosa: Discurren entre las multitudes, / las escuchan, / las siguen, / sienten sus desventuras / luchan por ellas, aunque después / olviden su martirio, su silencio / cargado de nostalgia renovadora y cierta.
Sin embargo, tu martirio no ha sido olvidado por este pueblo que fue cayendo más y más en las garras de un sistema criminal por el que diste la vida. Se han multiplicado por miles los hijos de tus ideales que, llenando las plazas con sus ropas hechas trizas, con sus rostros sin ojos, con sus manos débiles buscan acabar con esta totalidad política aniquilante. Se ufanan los tiempos modernos de haber expulsado al misticismo, al que miraron por encima del hombro, pero resulta que quien nace en la pobreza solo tiene la fe en una bondad superior para combatir una cruel realidad. Colombia, desde entonces, anochece y amanece prendida de las plegarias para con ese poder darle vuelta al mal destino que quiere imponer la barbarie. Hay una sangre joven que sí ama lo que tú amaste y que está en las calles, ante los libros, y en los campos haciéndote ganar esta batalla aun después de muerto.
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