Las noches del novenario distrajeron el dolor. En el in memoriam se oyeron las mismas voces abrigosas de quienes tanto la quisieron, que entre responsos y pésames develaron sus sentimientos; firmes, honestos. Los sentí, como los abrazos de alivio que no se quedaron en palabras sino que me apretujaron con firmeza en la vigilia. Pero al cabo de las nueve noches volvieron la orfandad, el frío intenso, la impotencia, el remordimiento, la insufrible sensación de pesadilla, el desasosiego que te hace creer que los ojos abiertos están cerrados, que estás durmiendo, que estás soñando mal.
Entonces regresas a ser consciente de que estás despierto y te sumes en la penumbra esperando encontrar una respuesta, un llamado en lo profundo de la inconsciencia. Tal vez alcances la calma pasajera en ese estado, o en ese letargo, tal vez por unos instantes. Tal vez te distraigas, tal vez por unos instantes rías, hables de otros temas, te ocupes de otras cosas, pero el dolor te respira. Y suspiras.
Como suspiras con cada recuerdo que conservas desde que tienes memoria. El que pudo ser el primer regalo, un disco de cuarenta y cinco revoluciones despachado a todo volumen con la ranchera que tanto te gustaba por esos días. Sí, ese primer regalo comprado con monedas ahorradas de la modesta mesada escolar. Un regalo sorpresa, sencillo y estridente, que me permitió sentirme útil y agradecido.
Sonreír con el recuerdo de las escapadas para ir confiado a sus brazos en la hora del recreo del único año de preescolar en el colegio contiguo. Recordar esa primera mañana de la mano de los tres hermanos menores hacia la escuela primaria, la escuela grande, y las primeras nociones de armazón de palabras y de construcción de frases. Y volver, volver a casa convencido de que podía hacer del cuaderno Iberia, de hojas rayadas, un cancionero. Canciones para mamá, a su importancia, a su abnegación, a su sublimidad.
Vivir el duelo es el regreso a esa infancia lejana y a la carrera trémula y desesperada por el barrio hacia el huerto en el jardín de la señora Rosita, venerable vecina que tenía sembrada una hierba milagrosa para cada mal. Toronjil, mejorana o hierbabuena, la cura que fuera necesaria porque mi mamá se había desvanecido en la casa. Era un desmayo, lo supe cuando regresé con las lágrimas frescas y el manojo yerbal. Y fue en una tarde, esa tarde, cuando comprendí la dimensión de su amor y de mi amor por ella. Un amor correspondido y latente en la fuerza etérea que me sostiene cada día.
Escribir no es fácil, menos para describir el amor o para describir el dolor. Pero muchas veces el dolor ayuda en la catarsis que por sí mismo es el acto de escribir. Desde chico fui escribiendo lo que podía, con amor para su amor; con amor, para evitar el dolor. Y ahora, con dolor, para describir el amor. De pronto sea posible, o medianamente cercano. En verdad, no es fácil, pero lo hice con cartas, con poemas y canciones; con un libro dedicado a ella y otro en ciernes con ella como protagonista. Lo seguiré haciendo y haré de cuenta que conservo el viejo cuaderno rayado, escondite de ternura, de palabras inocentes y de migas de ponqué.
He vuelto a mirar el cielo de las noches claras para descubrir cuál es la estrella titilante y pensar que eres tú quien destella; mas en las noches penumbrosas es el cielo el que se abre debajo de mis pies y pienso entonces en caminar sobre él para verte desde arriba. Me dicen, nos dicen, nos cantan que estás en un lugar mejor. Tal vez, seguramente, eso solo lo sabré cuando llegue el momento, cuando termine el dolor.
Hay silencio. El teléfono fijo parece una pieza de museo que solo cimbraba con su llamada, la única del día, aunque a veces yo me adelantara y la llamara primero. Quería tenerla por siempre. «¿Por qué las personas no somos inmortales?», me pregunta mi hijo, y me reclama por el poco tiempo que tuvo a su abuelita. Era la única que le quedaba. Su reclamo era como preguntando qué sentido tiene vivir para morir. Me angustia eso, no saber qué decir; me angustiaba la voz fatigosa de mamá al otro lado de la línea, diciéndome que me amaba pero que estaba muy cansada. Se lo decía a todos. Costaba trabajo aceptarlo, y cuesta trabajo aceptar que el teléfono fijo será un mero adorno. Fijo y mudo.
Apenas comienza este recorrido por el camino de la nostalgia, que algún día se tendría que andar, un andar para el que nunca se está preparado. Ella hizo todo lo que sus fuerzas le permitieron. Esperó la última Navidad, esperó el último año nuevo, seguro quiso esperar el vuelo para decir el adiós que le faltaba. Pero ella alzó el vuelo primero, en la mañana de aquel diecinueve de enero.
Su figura buena y amorosa atigrada sobre la pared por la reflectancia del sol de occidente contra el visillo del ventanal, debajo de su bello retrato juvenil, también será retrato en la memoria; como el resplandor de sus cabellos níveos. Allí, al otro lado del balcón solía pasar sus tardes, bondad y rosario en mano, y amor en boca. Escribió el poeta mexicano Juan de Dios Peza: «El carnaval del mundo engaña tanto que las vidas son breves mascaradas; aquí aprendemos a reír con llanto y, también, a llorar con carcajadas». Y mamá lo declamaba, como declamaba poemas y cantaba canciones, como parafraseaba a los trovadores: «Mijito, si tuviera plata le compraba un huevo y se lo fritaba, pero es que no hay aceite». Era broma, siempre había. Así no hubiera, había.
También oraba y oraba mucho, oraba por todos; se fue orando. Desde al avemaría de la última noche empezó a recitar avemarías y réquiems, no se detuvo. Alcancé a llegar para tomar su mano y sentir sus últimas tibiezas. Llevamos las cuentas de las oraciones hasta los primeros minutos del otro día. Tenía la esperanza de velar su sueño la noche siguiente, pero ese rosario sin fin era su despedida.
Años, meses antes, mamá, memoria prodigiosa, declamaba con frecuencia, y mientras se ocupaba de todo en la casa, un fragmento de Julio Flórez que el abuelo Roberto le dedicó a mi madrecita linda, mi abuela:
«Si el mundo me brindara, en este día
todas sus flores como rica ofrenda,
¿sabes tú lo que haría?
Deshojar esas flores en tu senda.
Y si el cielo me diera en este día,
todos los astros de las noches bellas,
¿sabes tú lo que haría?
Salpicar tu camino con estrellas».
Con caligrafía, esos versos quedaron inmortalizados en una postal que ocupa un rincón del alma. Yo creo que ahí inició todo, este amor por los versos y este amor por el amor. Mi madrecita linda, musa preciosa del abuelo Roberto, y sus hijos, que poco tiempo tuvieron con él, porque el abuelo, su padre, se fue pronto. Hoy todos se han reunido; también mi mamita bella, que heredó la bondad de la madrecita linda y la sensibilidad por las letras de su padre.
Alguien escribió ―tal vez con ingenuidad y con pocos kilómetros de vida―: «duele ver envejecer a los padres». Pienso que duele más envejecer sin ellos, duele más verlos sufrir, duele más verlos morir. Mi mamita nació un catorce de mayo sin aguaceros. Con la vigilancia de una cumbre blanca como su cabellera última. Qué bonita fecha, qué bonito mes, qué bonita coincidencia.
Ahora, amada madre, que intento encontrar finales de una historia para ti, que quise mostrarte, porque es tu historia, pero que no logré concluir para que la pudieras ver, vuelvo a Natal, al fragmento que nos recitabas de una y mil formas. Esculco el poema del poeta Flórez y encuentro precisas las líneas finales para dedicarte. A ti, el ser más noble, humilde, amoroso y bondadoso que jamás haya conocido. Te amo mamá, reina, preciosa, te amaré por siempre. Me enseñaste a sentirlo y a decirlo, sin que me sonrojara:
«¡Pues mi deseo es hoy, alma inocente,
en esta inmensa playa de dolores,
mirarte eternamente,
caminar entre estrellas… y entre flores!».
Entonces, caminaré bajo las estrellas para ver cuál destella y correré por entre senderos de flores a la vera. Buscaré el árbol que abrazo para esmuir su savia; el árbol de la mañana al que me aferro en acción de gracias. Te digo, mamita bella, que no ha sido fácil, pero que será más liviano volver a esta cuesta de la vida si tú no me sueltas de tu mano tibia con la que me curabas los golpes y contabas rosarios.
@177segundos