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Falcao y Millonarios: el amor en tiempos de la cólera

Hay que tener aversión irredimible por el fútbol o ser uno que otro hincha rabón de Nacional, Santa Fe y Junior, sobre todo de Junior, para no entender lo que significa la llegada de Falcao García al Millonarios de Bogotá y a la liga colombiana. Se lee tal suerte de despropósitos en estas redes en las que es fácil esconderse en avatares extraños y usuarios estrambóticos para despotricar de todo, hasta del buen delantero samario, y desearle lo malo durante su paso por el equipo bogotano.

Que se resbale, que se escache, que lo incapacite una EPS imaginaria, que le quiten el agua y no se pueda bañar o que se lesione hasta cantando el himno nacional. Por fortuna, son pocos los casos ―de envidia―, pues Falcao tiene un poder de convocatoria y de unión solo comparable con el que provocan la misma selección Colombia, Gabriel García Márquez o Rigoberto Urán; diría también que la paz, pero ese derecho y deseo ―natural y lógico― también nos divide.

Es tan antonomástico de disciplina, afecto, simpatía y gol el nombre de Falcao, que ya pocos saben o pocos recuerdan al portentoso volante de la selección brasileña por quien su papá, Radamel García King, decidió registrarlo como Radamel Falcao García Zárate.

Por los tiempos en que Paulo Roberto Falcao brillaba en la Copa Mundo España 82, cuando por poco explota sus venas celebrando el gol del parcial empate que casi le da a Brasil el paso a las semifinales de aquel mundial, Radamel García era un defensa central de Santa Fe y de una de esas selecciones Colombia que nunca ganó nada y siempre quedaba sin opción en las eliminatorias premundialistas, mientras Falcao era apenas un átomo, una luz refundida en la infinitud del universo y en los sueños de sus padres.

En esos tiempos de frustraciones ―frustraciones prolongadas y normales― el consuelo del hincha colombiano era hacerles fuerza a otras selecciones, léase Brasil; la del fútbol espectáculo y las figuras rutilantes que despertaban la admiración de los futbolistas criollos y de paso los inspiraban para bautizar a sus hijos: Edson, Aldair, Aldo, Leao, Jair, pero un solo Falcao. El crack del fútbol colombiano que después de haber corrido y goleado por los estadios del mundo vistiendo distintas camisetas, está a punto de enfundarse en la que soñó de niño, antes de solazarse con la gloria en Argentina y Europa.

El sí de Falcao García a Millonarios pudo haber sido una noticia de exclusivo interés para los comentaristas deportivos y los fanáticos del equipo azul, pero resulta que no fue un tema menor y se convirtió en un ungüento, en la noticia en boca de todos, la de abrir noticieros en un país de rabia selectiva e impasible ante los genocidios, la injusticia, el asesinato de líderes sociales y resignado ante su endémica corrupción.

Fácil podría decirse ―y con razón―que es un caso de pan y circo; sin embargo, el matiz es amplio porque Falcao, por sus casi veinte años de carrera profesional en el exterior se ha convertido en un modelo para niños y jóvenes, en un ejemplo, más que de fama, de éxito rotundo, continuo y estable. Por su juego y por sus goles y porque ha sabido caracterizar los ámbitos de su vida con el amor, la entrega, la disciplina y la responsabilidad con que encara sus compromisos en la cancha.

Un Falcao adolescente se había ido de Colombia sin debutar en la liga profesional y habiendo dejado registro videográfico de su recorrido por las divisiones inferiores de Millonarios y sus impresiones sobre el fútbol y lo que quería en su carrera deportiva y en la vida. Anhelaba triunfar, salir campeón, jugar en Europa y ser famoso. Lo logró. Debutó en el River Plate de Argentina, anotó los goles que quiso y dio el salto al fútbol del Viejo Continente.

Y un día de junio del 2024, tras haber terminado su contrato con el Rayo Vallecano español, el último onceno de su largo periplo europeo, en una entrevista y a una pregunta sobre el siguiente paso en su carrera y el dilema River o Millonarios, confesó que en uno de los dos aún no había jugado. Que le faltaba eso. Esas palabras atizaron la ilusión de la fanaticada y resultaron siendo más poderosas que las «primicias» de los periodistas futboleros que habían asegurado que «Falcao no vendrá a Millonarios. Punto final».

Pero, contrario a lo que en principio dijeron los Casale, los Sierra y los Vélez, Falcao firmó. El anuncio no fue el 18 de junio, en el cumpleaños del club, sino el 20. La fiesta aniversaria entonces se reactivó porque al fin el jugador, uno de los mejores de Colombia en todos los tiempos, había decidido atender los anhelos de su corazón y de paso cumplirles el sueño a miles de hinchas que siempre quisieron verlo en el frente de ataque de su amado equipo. Hubo júbilo y la explosión emotiva convertida en llanto; un sentimiento comparable con las noches decembrinas del 2012 y el 2017 y la de junio de 2023, cuando Luis Delgado, Henry Rojas y Larry Vásquez, en su orden, se convirtieron en los artífices de la sublime alegría millonaria, en los hombres determinantes para que Millos le bordara a su escudo las estrellas 14, 15 y 16.

Vuelve Falcao a su país, en el que solo ha vivido un poco más de diez años de los treinta y ocho que tiene. Y vuelve a cumplir lo que alguna vez decretó: jugar para el club en el que no pudo debutar y que fue su primer amor. Vuelve y no quiere ponerse el rótulo de vedete, quiere ser uno más del grupo a órdenes del profesor Alberto Gamero. Viene a aportar ―más que goles― trabajo, responsabilidad, compromiso, virtudes por las que se ha ganado un respeto de connotación mundial y lo han puesto en la élite del fútbol al lado de Cristiano Ronaldo y Lionel Messi. Viene a no dar un balón por perdido, a no simular, a no quemar tiempo.

Vuelve Falcao a pisar las canchas colombianas, no con la camiseta amarilla de la selección en la que dejó indelebles su sudor y su alma, mas sí con la azul que despierta amores y odios en toda Colombia y ―con Falcao vistiéndola― aplausos de los rivales.

En este retorno, de pronto logre una jugada maestra, pase de incógnito y pueda visitar su barrio de infancia, a sus amigos. Tal vez quiera comerse las empanadas donde el señor que las hacía ricas y que no podía comerse cuando, estando en el River, venía de vacaciones. Su impronta es el carisma por el que es asediado desde jovencito.

«Cuando Falcao venía de Argentina a pasar vacaciones, pedía a Santa Fe que le prestara las canchas para entrenar. Eso es una prueba del profesionalismo y la disciplina que siempre lo han caracterizado», apura a recordar Beatriz Poveda, santafereña ferviente y madre de Jaison y Duván Cuevas Poveda, dos exjugadores del rojo bogotano que compartieron ilusiones y entrenamientos con Falcao. Seguro él los recuerda, y recuerda el barrio.

Todas estas líneas, tal vez hiperbólicas, para decir que será emocionante y un honor para la liga colombiana que Falcao juegue en ella por vez primera. Para muchos, obvio, es una estrategia de mercadeo que agotará camisetas, emblemas y abonos ―a riesgo de que ver a Falcao jugando en Millonarios sea un lujo para ídem en El Campín―.  Pero más allá de eso, y del dinero que pueda ganar por salario y publicidad, Falcao jugará en Millonarios por amor al equipo y por devoción al fútbol, a pesar de que le habría sido más práctico y más rentable ir al fútbol árabe o al de Estados Unidos o al propio River.

Tener a Falcao García en las canchas colombianas es honroso para un campeonato donde no abundan las figuras, porque las que despuntan se van sin madurar, y las que maduran y triunfan vuelven para terminar sus carreras. Es la realidad de varias ligas de este lado del mundo: que no alcanzan a disfrutar en el cénit de sus carreras a los Neymar, los Vinicius, los Messi, los Ronaldinho, los Suárez y los Falcao, porque Europa los acapara con sus mejores años y sus mejores gambetas.

«Es un tipo extraordinario, ¡de una nobleza! Un tipo simple», dijo Diego Simeone de Falcao en una entrevista para la cadena Telefé. Esa estrella brillará en Colombia y se vestirá con la del centrodelantero que ayudará a que Millonarios borde la 17 en su escudo. Es el objetivo. «Falcao es una estrella, no da problemas. Los problemas los dan quienes creen serlo», agregó de Falcao Siomeone, su técnico mentor en el Atlético de Madrid y el River Plate, este último, el club ante el cual, en posible feliz coincidencia, debutará luciendo la 9 embajadora. Justo el 9 de julio, fecha especialísima, justo en la tierra gaucha que le creyó y le endilgó el remoquete de el Tigre.

Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan necesariamente la posición de La Nueva Prensa.

Cronista y escritor, autor de Nueve claves para decirlo bien.

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