1.
Desde los años ochenta empezó a consolidarse en el país lo que con el tiempo nos definiría ante el mundo: la llamada “cultura traqueta” y yo, como ustedes, soy hijo de esa cultura.
Pablo Escobar exportando cocaína por toneladas a los insaciables consumidores gringos logró convertirse en el hombre más rico del mundo y al mando del Cartel de Medellín no solo hizo que el país nadara en millones de dólares mal habidos sino que desde esa estructura influenció y contaminó todos los niveles de la sociedad colombiana y cambió el equilibrio de los centros de poder. Nada fue ni podía ser ajeno a semejante revolución. El narcotráfico se convirtió en un estilo de vida del cual nadie estuvo exento: desde el Estado y sus instituciones, los actores del conflicto armado, las élites y su poder económico, la política, la educación, el arte y el entretenimiento… Todo fue lentamente engullido por aquella monstruosa industria de la cocaína. La palabra narco fue asociada a nuestros pasaportes en los aeropuertos del mundo con más fuerza y difusión que las palabras cumbia o café.
Los “nuevos ricos” se multiplicaban como la hierba mala en los terrenos abandonados. La certeza de que solo a través de la ilegalidad y el crimen se podía salir de la miseria y ser “alguien” invadió las mentes de quienes, como yo, nacimos en la mierda. Y los ricos y poderosos encontraron en las alianzas con el narcotráfico un nuevo modo de ser más ricos y poderosos. El narcotráfico dictó entonces el ritmo de la música, de los negocios, del deporte, de los reinados de belleza, de los velorios y carnavales. El narcotráfico decidió quien debía morir y quien gobernar. Las guerrillas de inspiración socialista pasaron a trabajar para los carteles o terminaron convirtiéndose a sí mismas en carteles. También el paramilitarismo fue fundado con el siniestro poder del narcotráfico al que Uribe ya se había asociado.
La pregunta que surge es: ¿por qué el narcotráfico “floreció” con tal facilidad en nuestro país? La respuesta es simple: Colombia culturalmente era tierra fértil para tal fenómeno. Y no solo porque estuviéramos dominados desde hacía siglos por una élite clasista, voraz y despiadada y su corrupta clase política tradicional. No solo porque la desigualdad incitara a miles de jovenes a buscar desesperadamente cualquier vía de fuga de la miseria y la desolación. No solo porque la violencia del conflicto armado había dejado el país partido en mil pedazos. No, había algo más profundo y esencial: la educación y la idiosincrasia que de ella se deriva. Y hablo de la educación en sentido total, esa que nos enseñó que “el vivo vive del bobo” o que “a papaya puesta papaya partía”. Esa que está enquistada en nuestra percepción de lo que somos y lo que son los demás. Por ejemplo, si un japonés encuentra por la calle una cartera lo primero que se pregunta es de quién será aquella cartera y cómo puede hacer para devolverla a su dueño. Nosotros en cambio pensamos que quien la perdió es un idiota y que si la encontramos es nuestra. El tipo de mentalidad justa para delinquir sin el menor remordimiento porque si todos roban por qué no puedo hacerlo yo.
No hay duda que Abelardo representa esa “cultura traqueta”, ese patético arribismo, ese creer que quien grita y amenaza es el más fuerte y que el dinero lo es todo porque el único objetivo en la vida debe ser sentirse superior al resto. Y no voy a negar que para quienes no tuvimos nada es más fácil identificarnos con Abelardo porque él representa a la Colombia que sueña con enriquecerse por cualquier medio y a cualquier precio, la Colombia de quienes no encontramos razones para respetar la ley porque la ley nunca nos respeto a nosotros. Abelardo representa a la Colombia que normalizó la violencia, el crimen y la corrupción como formas de obtener éxito, fama y lujo en la vida.
2.
Sabemos que Abelardo hizo su dinero defendiendo narcos y paramilitares porque él mismo se ha ufanado de eso. Y sabemos muy bien de donde viene el dinero con que pagan los narcos y que introducir ese dinero en el mercado legal se llama “lavar activos”. Todo abogado que defendió un narco fue pagado con dineros del narcotráfico y por ende “lavó activos”. Así que lo reprochable no es que Abelardo defendiera narcos porque siendo abogado ejercía su oficio. Lo reprochable es que la justicia no haya investigado a fondo el origen de la fortuna y los activos de Abelardo.
Pablo Escobar es en el imaginario del mundo uno de los más grandes criminales de la historia, pero para muchos fue y sigue siendo una especie de héroe. Muchos lo ven como un admirable mito y hay series y películas que exaltan su astucia y habilidad por haber construido una “industria” tan potente.
Del mismo modo que se admira a Escobar se podría admirar a Abelardo por haber hecho fortuna y convertirse en un flamante abogado pasando por encima de cualquier ética, regla o escrúpulo. Se podría admirar a Abelardo por haber conseguido la nacionalidad gringa, despreciar sus orígenes y querer pasar por blanco siendo un pequeño mestizo. Se podría admirar a Abelardo por contar sonriente que asesinó y torturó gatos, por mentir sin ningún pudor, por calumniar sin reparos, por usar y exhibir a sus propias hijas y su mujer con tal de cumplir su objetivo de llegar a la Presidencia para enriquecerse aún más. Se podría admirar a Abelardo por jactarse ante una periodista de tener el pene más grande siendo un enano, por ser ateo o católico según le convenga, por haberse injertado pelos de rata para ocultar su calvicie. Se podría admirar a Abelardo por haber logrado lo que en el fondo todo colombiano ha soñado ser: rico y poderoso de la noche a la mañana.
Yo soy Abelardo porque también soñé con amanecer un día rico y poderoso, soñé con ser frío y calculador, con estafar, robar y salirme con la mía. Por desgracia mi maldita conciencia me impidió hacer realidad ese sueño y aquí sigo pobre y escribiendo poemas. Pero el hecho de haber fracasado en mi sueño ser Abelardo no me impide saber qué clase de persona es Abelardo. Por el contrario, lo conozco bien al igual que lo conocen quienes lo apoyan, lo votan, lo admiran y siguen soñando con ser como él.
Cepeda es distinto. Un colombiano atípico. Cepeda es opaco, honesto y aburrido. Es el pasmao, el que no baila ni da barato. Cepeda es el aguafiestas apegado a la ley y la justicia, el que si encuentra una cartera la devuelve a su dueño. Cepeda es el huevón que no usa la política para enriquecerse sino para luchar contra la pobreza y dar ejemplo de seriedad y transparencia. Cepeda es el tipo bobo que hace la fila en vez de robarle el turno a otros. Cepeda es todo lo que no es ni será jamás Abelardo y lo sé porque yo soy Abelardo.
Si se tratara de elegir quién entre Abelardo y Cepeda es más divertido y hace las mejores fiestas votaría por Abelardo, pero se trata de algo muy distinto y serio, se trata del destino del país. Yo soy Abelardo y por eso votaré por Cepeda.
3.
¿Por qué si soy Abelardo votaré por Cepeda?
Soy Abelardo y votaré por Cepeda porque no conozco a ningún padre o madre que hayan cometido delitos y quieran que sus hijos también los cometan.
Votaré por Cepeda porque no conozco a ningún padre o madre alcohólicos o drogadictos que quieran que sus hijos o hijas sean alcohólicos y drogadictos.
Votaré por Cepeda porque conozco a Abelardo y no quiero que mis hijos tengan un Presidente hampón, corrupto y sin escrúpulos. Y no creo que quienes son padres o madres quieran para sus hijos un Presidente que se ufana de defender el crimen, que promete la misma violencia para el país a la que sometía a gatos indefensos, que intenta mostrar su pene a una periodista irrespetando de ese modo a toda mujer incluyendo a su madre, hermanas (si las tiene), esposa e hijas.
No voto por Abelardo porque sé que como Presidente sería lo mismo que ha sido como persona y abogado: un sujeto que vende su alma al diablo y vendería el país por las mismas treinta monedas que Judas vendió a Cristo.
Votaré por Cepeda porque como cualquier padre solo dejaría que cuidara a mis hijos una persona seria, respetuosa y de mi absoluta confianza y así mismo quiero para mi país alguien serio, confiable y respetuoso. Alguien que no piense en corromper e enriquecerse sino en hacer las reformas sociales que Colombia necesita para seguir luchando contra la pobreza. Alguien que crea en la justicia y que combata la corrupción y Cepeda es el hombre indicado para eso.
Votaré por Cepeda porque no creo en las falacias y calumnias que inventan contra él los mismos que decían que Petro nos convertiría en otra Cuba o Venezuela.
Votaré por Cepeda porque jamás ha sido investigado ni nadie ha presentado una prueba de que haya hecho algo ilegal.
Abelardo en cambio grita a los cuatro vientos que es el más avispado, el más vivo, el que aprendió leyes para pasarse las leyes por la faja. No olvidemos que de las firmas que recogió para ser candidato la mayoría eran falsas.
Votaré por Cepeda porque no quiero de Presidente a un bandido que se nacionalizó gringo y juró y firmó defender los intereses de Estados Unidos por encima de cualquier otro país.
Votaré por Cepeda porque es de dominio público que Abelardo es el títere de Trump y Uribe y no hay duda que si llega a la Presidencia le entregará el país a los gringos.
Votaré por Cepeda porque Abelardo representa volver al terror de Uribe, a los falsos positivos, los salarios de hambre, la miseria, la persecución y la incertidumbre. Abelardo representa un país sin futuro ni esperanza para los más pobres, representa la muerte de cualquier ilusión o sueño.
4.
Soy Abelardo y quienes voten por mí sabrán a qué atenerse porque destriparé a todo aquel que se opongan a mi voluntad.
Soy Abelardo y defenderé narcos porque es lo que mejor hice y haré.
Soy Abelardo y entregaré este país a Estados Unidos porque conseguí la nacionalidad gringa para que Estados Unidos fuera mi verdadera patria y la de mi familia.
Soy Abelardo y si ustedes colombianos que son una miserable y piojosa chusma no me eligen Presidente al día siguiente regresaré a Miami porque Colombia para mí es solo un negocio y nada más.
Soy Abelardo y si me eligen Presidente construiré diez megacárceles para llenarlas con todos esos jóvenes vagos y rebeldes que deambulan por ahí y los pequeños vendedores de drogas y los que protesten por mejores salarios y los que no quieran arrodillarse ante mí y los que se emborrachen y se den en la jeta.
Soy Abelardo y ni por el putas esperen que meta en mis diez megacárceles a grandes capos de la mafia porque los grandes capos son invisibles y no hay poder que valga contra ellos. Porque los grandes capos de la mafia son intocables. Y los grandes capos, no lo olviden, son mis clientes favoritos.
Soy Abelardo y si me eligen Presidente con la excusa de acabar con la mafia y la narcoguerrilla eliminaré líderes sociales, estudiantes revoltosos y obreros descontentos.
Soy Abelardo y si me eligen Presidente bajaré el salario y aumentaré las horas de trabajo como hizo mi ídolo Uribe. Y, no lo duden, aumentaré los impuestos de los productos de primera necesidad porque los pobres deben seguir pagando la fiesta de los ricos.
Soy Abelardo y si me eligen Presidente legalizaré las armas para que en Colombia se multipliquen las riñas y los muertos. Legalizaré las armas para que los delincuentes comunes se armen como se debe y quien no quiera ser atracado se defienda como pueda porque el Estado no está para proteger pobres y desamparados como piensa Cepeda sino para servir a los ricos como pienso yo y mis amados Trump y Uribe.
