Rara paradoja política provoca la corrupción. La izquierda prioriza lo colectivo, el bien común, la sociedad igualitaria y un Estado que regula la economía. Mientras el individualismo, la libertad de mercado y la propiedad privada sin regulación, identifica a la derecha. Así, en la medida que la corrupción beneficia bolsillos individuales, teóricamente debería estar circunscrita a la derecha y ser ajena a la izquierda, esto porque al ordeñar lo público para el lucro privado, en esencia se desconfía del futuro colectivo. Así, desde la teoría política, corrupciones zurdas serían contrasentido, sin embargo, echando mano al adagio sobre las brujas, podemos decir “que las hay, las hay”.
Un elemento irónico sobre la corrupción es que quienes la ejercen son marxistas, pero seguidores del cómico gringo Groucho Marx cuya consigna fue: “Estos son mis principios y si no les gustan… pues, les tengo otros”. Así que para las personas corruptas un programa o ideología son mero decorado, y por defecto ellas y ellos se acomodan a cualquier escenario y aplauden discursos en los 360° del espectro político. Su único principio es seguir al dinero, “follow the money“, no importa quien administre el Estado, estas personas siempre irán detrás de lo que consideran oportunidad de negocios, ellas ejercen un oficio de minería, donde las vetas son los presupuestos públicos.
El sentido original de la frase “follow the money“, lo dio en 1976 la película “Todos los hombres del presidente” la cual resume la trama de seguir -entendido como rastrear- el dinero oculto de la campaña de Nixon en el caso Watergate. Si bien, este rastreo es la herramienta básica para investigar el lavado de activos ilícitos (tanto de corrupción como de narcotráfico), aquí le daré un uso que en la línea de tiempo es previo al delito mismo. Así con el neoliberalismo, los recursos públicos son planeados más que como inversiones para solucionar necesidades insatisfechas, como carnada de negocios privados.
Demostrado está que la corrupción ha existido a lo largo de la historia, pero con el neoliberalismo dio un salto cuantitativo, porque al estigmatizar lo público como ineficiente, se centró la ejecución estatal en la contratación con operadores privados, lo que propicia un caldo de cultivo ideal. Es en esta teatro neoliberal del Estado donde debemos ubicar las tipologías de actores de la corrupción en un gobierno de izquierda, que, por la correlación de fuerzas fue obligado a coexistir con tal modelo.
Ante la oscilación del péndulo hacia la izquierda, fueron visibles políticos que antes fungían como defensores del uribismo, y hoy se autodenominan adalides inmarcesibles del cambio. Su médula corrupta se oculta, cuándo para lograr mayorías el progresismo se traga el sapo de sus antecedentes. Lo mismo con los partidos tradicionales que mantuvieron burocracia a cambio de votar en el congreso las reformas. Al alcanzar la administración, estos oportunistas terminaron copando con su maquinaria los espacios de gobierno para ejercer sin novedad sus cadenas de favores y la histórica contratación corrupta.
Justo debajo sin tanta visibilidad el segundo tipo, que llamo de corruptos Transformers. Como ejemplo imagino un personaje que llegó a la capital hace 3 décadas que como equipaje traía hipocresía y por credencial ser hermano de la secretaria de un gamonal departamental, quien lo puso a manejar contratos nacionales. En estos años rodó por Bogotá y la nación, y acomodose al péndulo citado, primero devino verde y luego progresista. Hoy coloniza una entidad nacional, donde maneja clientela e intermedia las comisiones de grandes contratos.
Una tercera tipología la encontramos en la entraña del progresismo. Dignatarios que desde dentro del proceso ejercen corrupción, la justifican alegando que es la forma de acopiar recursos para poder competirle electoralmente a la derecha, y no estoy hablando de los casos juzgados (Olmedo López etc.) sino de personajes que siguen dentro del gobierno y que incluso acusan de neoliberales a quienes se atreven a señalar sus robos. Este tipo de corruptela es la más peligrosa, funcionarios supuestamente de izquierda con altos salarios, presentan sus obligaciones al programa de gobierno como logros personales que acreditan sus coimas.
Alineado firmemente contra esta criminalidad se definió Iván Cepeda desde su segundo discurso de campaña[i], calificó la corrupción como “…un problema estructural… que coloniza instituciones, desangra presupuestos, destruye la confianza de la ciudadanía.”, definiendo que desde casos episódicos y sobornos en las últimas décadas se pasó a lo que define como macrocorrupción que es “…la corrupción generalizada de instituciones y poderes públicos (…) conciertos para delinquir en que actúan múltiples actores de distinta naturaleza.”. Además, dado el robo a los sectores populares y su extensión sectorial y geográfica concluye que “…la macrocorrupción infringe un daño estructural al país.”.
No estamos ante un típico discurso electoral sino, ante una estrategia política sin precedentes. Este análisis ubica la macrocorrupción como un salto en dimensiones, ramificaciones y coordinación criminal que “…nos está arrebatando el futuro”. Por esto Iván Cepeda hace un paralelismo con el genocidio, e igual que ante tal crimen el combate no puede limitarse a acciones aisladas, sino que requiere de nuevas herramientas integrales como el delito mismo, cárcel, devolución del dinero y reparación de víctimas. Además, se necesita la “movilización de la sociedad” porque no se “derrota la macrocorrupción solo desde los despachos”.
Finalmente, los años de gestación de esta macrocorrupción se traslapan con el neoliberalismo y su amarre con la ejecución vía operadores privados. Precisamente por eso quise aportar esta clasificación de corruptos que nefastamente han perdurado allende 2022. En el gobierno de Iván y Aída, para desmantelar este delito, es imperioso defenestrar a estos reverendos comemieldas.
[i] Cepeda (2025): “Primera propuesta: el sistema nacional contra la macrocorrupción”, disponible en https://www.youtube.com/watch?v=XB9gCY0BJvY&t=2655s
