Los medios de comunicación registraron ayer la muerte del filósofo alemán Jürgen Habermas, a los 96 años, uno de los más influyentes del siglo pasado, pero plenamente vigente.
Su vasto pensamiento crítico sobre la sociedad impulsó candentes debates en torno a cómo nos aproximamos al verdadero espíritu de la democracia y las razones por las cuales, el ciudadano común pierde casi todo interés por lo público, por lo político y social. El filósofo argumentó que en la racionalidad moderna se conjugan diversos tipos de intereses, el técnico o instrumental, cuya finalidad es manipular y controlar; el práctico, anclado en el análisis de lo social para comprender sus dinámicas y, el emancipador o crítico, que persigue una comprensión integral de la sociedad para escudriñar los mecanismos de dominación y tomar conciencia de ellos con el fin de impulsar sus reformas y transformación.
Estimó que en las sociedades actuales se impone el interés técnico que persigue convertir a los ciudadanos en objetos para dominarlos y controlarlos con claros propósitos particulares. Para hacerle frente a esa realidad, propuso el ejercicio de ética discursiva o comunicativa, vale decir, la discusión consciente y racional que promueve la responsabilidad solidaria de los asociados y recuperar el valor del análisis ético como un ejercicio público. El juicio ético del entorno social, político y económico debe salir de la esfera de lo privado y ubicarse en el ámbito de lo colectivo, de lo que a todos concierne.
Hacia tales propósitos, el filósofo resalta la importancia de la dimensión comunicativa que no tiene más finalidad que el entendimiento de los ciudadanos. Nada diferente que conducir el diálogo social sobre razones, dejando de lado la manipulación o la violencia, para centrarse en la argumentación que lleve a alcanzar acuerdos de beneficio general. Ese ejercicio ético del consenso exige que los ciudadanos estén en condiciones de igualdad y libertad para esgrimir sus diversas convicciones. De esta manera se edifica el discurso sobre los fines y los valores que deben guiar a la sociedad.
Este muy ligero barniz del pensamiento de Habermas nos confronta de forma aguda con el panorama de nuestra débil democracia y la contienda electoral que envuelve al país por estos días. Sin duda, el verdadero debate político que repose esencialmente en la racionalidad está más que ausente. El espectáculo electoral, lejos de buscar consensos sobre los valores y metas más sentidas de nuestra sociedad, se orienta hacia la descalificación visceral de los oponentes generando mayor polarización sobre mezquinos intereses de castas electorales, aumentando las grietas que permean lo poco común que nos identifica.
En perspectiva de la teoría de la acción comunicativa expuesta por Habermas, pareciera que candidatos y candidatas, en general, se empeñan con ahínco, no en construir de forma colectiva y exponer a los electores las más sólidas razones y argumentos, sino en caricaturizar sus propias imágenes y las de los oponentes para buscar el like de los votantes en las redes sociales.
Con asombro se observa a diferentes aspirantes a los cargos de elección empeñados en el lenguaje visual burlesco, carente de contenidos, no para mostrar un derrotero común, sino para ridiculizar a sus contradictores. En efecto, el ejercicio político de hoy es un juego calculado de imágenes mayormente grotescas. El ágora, donde los griegos debatían razonadamente los asuntos colectivos, aquí se ha convertido en un raído circo de malabaristas electorales y bufones apresurados tras el voto vacío de opinión. Los medios así lo registraron copiosamente en la pasada jornada de elección legislativa.
Las opciones presidenciales son copiosas sin duda, más de una docena, pero muestra a unos candidatos más centrados a definir estrategias proselitistas que en plantear un debate ético sobre el rumbo del país y, lo peor, pareciera que a la inmensa mayoría no le interesa saber de argumentos o análisis racionales sobre los graves problemas que nos aquejan, sino que su candidato resulte más hábil para descalificar a su oponente y ganar simpatizantes emocionales. Por ejemplo, algunos candidatos hábilmente se acercan al discurso religioso, habida cuenta de que este es un país de muchos credos y de una práctica espiritual constante, lo que les representa una masa importante de electores.
Es el ejercicio político, no de construcción de parámetros universales válidos para la inmensa mayoría -ética del consenso a la manera de Habermas-, sino la manipulación de la opinión pública, para continuar controlándola y perpetuar así el estado de cosas inequitativo que nos diluye como sociedad y proyecto colectivo.
Que la reciente muerte del pensador alemán sirva para revivir su pensamiento crítico sobre la responsabilidad que todos y cada uno tenemos con lo social y posicionar la racionalidad discursiva como eje de construcción de lo público. Si no rescatamos el ejercicio ético práctico en nuestra cotidianidad, seguiremos cavando la fosa en que enterramos las posibilidades de edificarnos como colectivo con un norte común.
