El departamento de Córdoba fue escenario del horror paramilitar pero también fue laboratorio de un desmembramiento del tejido cultural. Laboratorio de una violencia más profunda y menos nombrada: la que no solo mata cuerpos, sino que arranca pueblos enteros de sus prácticas, de sus sonidos, de sus formas de celebrar y de llorar juntos.
Aquí se despojaron tierras. Se despojaron memorias. Se despojó el arraigo. Se silenció la cultura como quien apaga una fogata para que nadie vuelva a reunirse alrededor del fuego.
El paramilitarismo —y los poderes políticos que lo sostuvieron— entendieron antes que el país algo fundamental: destruir las culturas es una forma eficaz de dominar. Callar un tambor. Prohibir una fiesta. Sembrar miedo para que nadie se junte.
El desarraigo cultural no fue una consecuencia. Fue un objetivo.
Así lograron quitar tierras y reducir las manos que siembran. Bajaron el volumen del porro, de las gaitas. El tejido social se apaciguó a la fuerza. Los pueblos indígenas Zenú y EmberáKatios tuvieron que esconderse, como si fueran forajidos.
Pero no pudieron con todo.
Lo que sobrevivió lo hizo en silencio. En las cocinas. En los patios. En los cuerpos que se negaron a olvidar cómo se baila, cómo se canta, cómo se cuida al otro. Cómo se siembra, cómo se teje un sombrero vueltiao… y cómo se teje, también, el cuidado de la vida.
Hoy recuerdo el 6 de abril del 2024, cuando en San Pelayo firmamos entre el ministerio de las culturas, las artes y los saberes y ocho municipios del Caribe – cinco de ellos de Córdoba – el tercer Pacto Cultural por la Vida y la Paz: no como ceremonia, sino como afirmación política de que las culturas reparan, animan, abrazan, ante la inclemencia del mundo, ese día más de tres mil personas en una sola comparsa llenaron de teatro, fandango, porro, artesanías en cañaflecha y trajes típicos las calles de San Pelayo, Córdoba, recordando al mundo con colores y danza que las culturas sostienen cuando todo parece derrumbarse. Que las culturas tejen paz.
Ese pacto fue, sobre todo, un reconocimiento a las culturas campesinas que se reconstruyen y resisten desde sus prácticas, colores, sabores y sonidos. Desde la terquedad de seguir vivos, desde una convicción profunda de hacer arte y parte de una cultura de paz.
Hoy Córdoba vuelve a doler bajo el agua. Las inundaciones golpean a comunidades que ya habían sido desplazadas, empobrecidas y olvidadas. El agua busca su rumbo y sólo nos damos cuenta de ello cuando los afectados por su naturaleza somos humanos. El agua es la herida estructural que se abre, una y otra vez, sobre los mismos cuerpos, cuerpos que ya en otras vidas habían advertido que esto podía pasar.
Hoy no solo pienso en Manuel y Delia Zapata Olivella, en David Sánchez Juliao o en Guillermo Valencia. Hoy se me clavan en el corazón los nombres y los rostros de los maestros y maestras que conocí en la construcción de ese PactoCultural: quienes han entregado su vida a una cultura de paz sin cámaras ni aplausos. El maestro Miguel Emiro Naranjo,director de la banda 19 de marzo, a Margarita Huyke, gestora cultural y cantante, en los diablos de Uré, en Reinel de Tuchínquien tejió mi gorra vueltiaa, en Einer del grupo de teatro de Tuchín y en cada una de esas personas con las que bailamos los porros de la banda 19 de marzo, demostrando que las artes y las culturas sostienen el mundo cuando el mundo se cae.
Por eso la solidaridad hoy no es caridad. Es responsabilidad histórica.
Elegir la vida implica estar ahí. Ahora. Con acciones concretas. Con presencia. Con recursos. Con afecto organizado. Aportando desde lo que tenemos y podemos.
Córdoba ya perdió demasiado como para seguir perdiendo sola.
La cadena de afectos se activa cuando entendemos algo simple y urgente: la solidaridad es la ternura de los pueblos.