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La ONIC y el movimiento indígena de Colombia, una historia no contada

Cuando estamos en el ojo del huracán, no se percibe la fuerza con que la naturaleza desata su energía. No es sólo que no se sufran los vientos poderosos, es que (especulan algunos) ni siquiera se puede percibir lo que hay alrededor. Lo mismo podríamos decir de la historia. 

En medio de una protesta no sabemos si estamos frente a una movilización masiva o ad portas de una revolución. Mucho más difícil es leer estos momentos cuando no se pueden señalar como si de un suspiro se tratase, sino que hacen parte de un proceso que implica distintas etapas para la maduración de un resultado, así estamos hoy en el movimiento indígena colombiano. 

Desde su nacimiento, la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC) ha luchado por la autonomía. En su primera etapa, el mayor Trino Morales visionó que en la unidad estaba el camino para respetar nuestra indianidad. Es así como comenzó un proceso de hermanamiento que seguía la guía de los mayores para enfrentar las circunstancias nacientes y vigentes en los tiempos modernos: violencia sistemática, fortalecimiento de grupos armados legales e ilegales, consolidación de la explotación minero-energética con afectación de los territorios, entre otros. 

Posteriormente, el país dio un salto en búsqueda hacia la paz que llevó a una Constituyente y después, a la promulgación de la Constitución de 1991. El compañero Alfonso Palma Capera, con agilidad inigualable, posicionó a la ONIC en el debate y abrió espacios para la participación de importantes líderes indígenas. Una breve, pero exitosa campaña abrió las puertas para que el mayor Rojas Birry, junto con los hermanos Taitas Lorenzo Muelas y Alfonso Chepe Peña, pudieran sembrar su voz en la naciente Constitución. 

Por primera vez, entramos por la puerta de adelante en un texto fundacional que reconocía la diversidad étnica y cultural (art.7), obligaba a la protección de dicha diversidad (art. 8), garantizaba la estabilidad jurídica de los territorios (art. 63), reconocía los sistemas de conocimientos propios (arts.246 y 330) y, como gran avance, abría la puerta para la autonomía e igualdad como mayores de edad (arts.286, 329, 330 y transitorio 56). Desde luego, como muchos otros aspectos de una Constitución avanzada para un país que se debatía entre la premodernidad y la Edad Media, los artículos más importantes durmieron el sueño de los justos, siendo mera letra muerta. 

El movimiento indígena no claudicó, por el contrario, se reorganizó usando sus nuevas armas de la mano de las viejas: la Constitución, la Corte Constitucional, el diálogo político y la movilización. Hoy, gracias a las luchas de décadas, de miles de personas, pero sin lugar a dudas de los hitos históricos antes mencionados, nos encontramos en medio del huracán de la historia, transformándolo todo sin que todavía sea claro siquiera, para algunos, que está pasando. 

Es en el periodo del consejero mayor Orlando Rayo Acosta, hijo del pueblo Yagua, nacido en la selva amazónica, que hemos logrado instrumentos jurídicos y operativos que permiten dar un tercer momento histórico para el movimiento indígena en general. Un paso que no termina un camino, sino que, como cada uno de los pasos anteriores, lo que hace es abrir 20, 30 o 100 años más de lucha. 

Tras décadas de diálogo interno, fue gracias a la orientación de este consejero que finalmente se tuvieron textos terminados del Sistema Educativo Indígena Propio (SEIP), del Sistema Indígena de Salud Propio Intercultural (SISPI), de la Coordinación de Justicias, y de las Entidades Territoriales Indígenas. No fueron producto exclusivo del esfuerzo de este período, sino de mucha discusión en territorio, pero sin la mano firme (a veces demasiado firme) de esta Consejería, es posible que siguiéramos en discusiones que nutrían a la academia pero que no aportaban al movimiento indígena. 

Con los textos finalmente construidos, se fue a concertar, escogiendo equipos capaces, no solo con claridad política, sino con conocimiento técnico, cancha en la negociación y firmeza de carácter. Así se concertaron los decretos antes mencionados, excepto el de ETI; esa es otra historia. 

Desde luego, las circunstancias históricas y la elección de un presidente cercano y conocedor del movimiento indígena incidieron en el resultado final: así se mueven los hilos de la historia. Pero la concertación de estos instrumentos no se hacía realidad, en gran medida por la presencia de actores nefastos dentro del Gobierno Nacional que, con su racismo evidente bajo la piel de oveja, realizaron actos de dilación (muchos de ellos ilegales) que impedían que los instrumentos vieran la luz. 

Con voluntad política se logró expedir el decreto de autoridad ambiental indígena (1275 de 2024). Pero era evidente que el resto no serían expedidos si se dejaba al garete. Al entender esto, con una mirada aguda y con la firmeza característica de los hijos de la selva, se comprendió que era momento de la movilización. Muchos criticaron la acción, otros la aceptaron solo de palabra, a causa de conflictos internos, incapacidad o meros celos, no participaron como era el llamado. 

Sin embargo, era el momento del todo por el todo, y así lo entendió el Consejero Mayor. La apuesta fue elevada: lograr la expedición de todos los instrumentos protocolizados, más aún, que se habilitara el proceso para implementar las ETIS del país. Una minga organizada y liderada por la ONIC, una agenda impulsada por el movimiento indígena, la fuerza de los abuelos del país y la mano firme del Consejero Mayor, llevaron a la primera minga en la que el resultado fue conseguir todo lo soñado y aún más. 

Como Wayúu, resaltamos que nuestra propuesta de tener un territorio indígena en la Zona Norte Extrema de La Guajira, el primer territorio indígena en pleno del país, jamás fue tomada a la ligera. Durante 18 meses de trabajo, la ONIC y este Consejero Mayor dieron todo su apoyo, incluyeron el tema en la minga e hicieron de nuestra lucha su prioridad. Después de 15 años de lucha de nuestras autoridades, de la mano de un Yagua, logramos consolidar nuestro territorio. 

Pero allí no paró el ejercicio, podría haberse interrumpido el caminar con tanto ganado, pero se habían iniciado otros caminos que se veían necesarios. En el entendido de que los instrumentos normativos y administrativos no serán suficientes hasta que no existan mecanismos económicos y financieros que conduzcan a la autonomía, se iniciaron diálogos con diferentes entidades para materializar el antiguo sueño de contar con un Banco Indígena. Gracias a ese esfuerzo, en el mes de mayo, el Ministerio de Hacienda y Crédito Público firmó un documento apoyando y avalando esta iniciativa. 

En un documento tripartito (pueblos indígenas, Gobierno Nacional y Banco Mundial) se estableció que el objetivo de este Banco será “promover la autonomía económica indígena a través del desarrollo de capacidades y un mecanismo financiero específico alineado con las visiones indígenas de buen vivir”. Es decir, que lejos de intentar doblegarse frente a una economía capitalista, se avanzará en crear un mecanismo que reivindique las apuestas históricas del movimiento indígena. El mismo Banco Mundial reconoce que, a pesar de la existencia de existir otra experiencia en el mundo de banco indígena (en Canadá), la nuestra es una propuesta original, innovadora y relevante para los pueblos indígenas y la sociedad en general. 

En concreto, ¿Qué significa todo esto que ha pasado en los últimos cuatro años?… Que con el liderazgo de los pueblos amazónicos hemos transformado la estructura del Estado; hemos dado el salto más grande hacia la consolidación de la autonomía de los pueblos indígenas desde la Constitución del 91. Simultáneamente, avanzamos como nunca antes (ya con compromiso de entidades internacionales y nacionales) en generar un instrumento para nuestra autonomía económica. Hoy tenemos territorios indígenas, sistemas propios, reconocimiento de nuestros sistemas de conocimiento y la posibilidad de seguir luchando por décadas por venir. Ganamos no solo en normas y autonomía. Ganamos, sobre todo, en dignidad, en futuro, en historia. 

A veces sentimos que nada pasa a nuestro alrededor, que nada cambia. Por eso repetimos lo que hemos dicho y hecho por décadas como un libreto grabado en nuestras mentes y corazones. Hablamos sin pensar, pensamos sin sentir. Pero a veces no sentimos ese cambio por estar en el ojo del huracán. 

En este momento, con esta consejería mayor, se hizo un huracán que debe transformar las raíces del movimiento indígena colombiano, si es que de verdad queremos autonomía y salir de la minoría de edad. 

Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan necesariamente la posición de La Nueva Prensa.

Delegado presidencial para la paz – Presidente de la Organización Nacional Indígena de Colombia ONIC (1999-2003).

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