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La novia despechada

I

Mario Mendoza escribió hace poco un artículo que pretende ser un perfil o retrato del Presidente Gustavo Petro. El artículo, por cierto muy pobre a nivel de escritura (algo normal viniendo de Mendoza), no pasa de ser una sarta de tonterías y chismes de cocina que Mendoza usa para contar, como lo haría una novia despechada, que Petro lo desilusionó. Que él, Mendoza, votó por Petro lleno de ilusión y esperanza y nunca imaginó que Petro fuera vanidoso y maleducado. Obviamente, antes de llegar al despecho, Mendoza, en el estilo burdo e incoherente que lo distingue, exalta la valentía de Petro por fundar un club de lectura en la cárcel y dar ejemplo leyendo muchos libros (¿qué otra mierda puede hacer un lector encerrado en la cárcel y con libros a su alcance?). Y sigue con su retahíla de elogios gratuitos que no perfilan ni retratan un reverendo comino. Frases huecas como las que llenan sus libros y que nos hacen pensar que Mendoza albergaba por Petro extraños sentimientos… El artículo, como una cabra loca salta sin freno ni dirección hasta volver al despecho: “Yo jamás había entregado mi voto con tanta esperanza, Por eso, cuando dio su primer discurso como presidente, y citó a García Márquez y la posibilidad de una segunda oportunidad sobre la Tierra para pueblos como el nuestro, sentí una emoción difícil de explicar.” (En ese punto debo reconocer que me cagué de la risa). Y sigue Mendoza entre remilgos y suspiros, incluso se le escapan frases que envidiaría una telenovela mexicana de los ochentas: “Un héroe que venía de la biblioteca”. Imagino que en ese momento le temblaban las piernas de emoción. Por pudor renuncio a seguir citando esa densa y pervertida mermelada, creo que en vez de retratar a Petro lo que hace Mendoza es contar públicamente sus trastornos afectivos. El artículo continua por los mismos derroteros de dichas y tristezas, Mendoza habla con admiración de la apertura de Petro al dialogo con sus opositores que lo llevó incluso a incluir a algunos de ellos en su equipo de gobierno. Un gesto de máxima tolerancia que las personas en cuestión no fueron capaces de respetar obligando a Petro a echarlos (cosa que Mendoza dice lamentar tanto).

Y bla, bla, bla… La cháchara de Mendoza luego se reduce a decir que Petro es grosero, que se molesta si le llevan la contraria, que sufre de paranoia y luego, siempre como cabra loca, lo justifica diciendo que quizá todo se debe a las torturas que le hicieron en prisión. La falta de fantasía es latente porque en su “retrato” de Petro el desorientado Mendoza no hace más que repetir lo que los enemigos de Petro han dicho desde su primer día de gobierno. E imitando algunos pasajes de El otoño del patriarca habla de un delirante Petro encerrado en el Palacio de Nariño, pero el verdadero delirio lo tiene Mendoza llamando “prensa libre” a los medios que atacan sin descanso a Petro.

Lo cierto es que Mendoza, un miembro de segunda categoría de las élites pseudo intelectuales del país, se ha pasado la vida disfrazado de activista social o gurú de bolsillo y jugando con sus novelitas hasta creerse su propio personaje. Su verborrea árida y sin ritmo, la misma de sus libros (donde suele describir el mal con la ingenuidad de ciertos viejos cómics), no va más allá del lánguido panfleto. No hay una sola línea que refleje criterio o intención de ahondar en los propios argumentos que plantea. No hay una sola linea donde Mendoza abandone su insulsa prosa y en vez de adjetivos sin ton ni son nos dé una muestra de algún tipo de lucidez, sensibilidad o inteligencia. No hay una línea que conmueva o convenza, todo es tan plano como decir que Petro era bueno y luego lo torturaron y se volvió malo. No sé si a Mendoza lo han torturado (como sus libros torturan a cualquiera que tenga una mínima idea de literatura), no sé si fue bueno y luego malo, el sabor que me deja su artículo es que siendo como dice ser un fan de la lectura ya es hora que aprenda a escribir, carajo!

II

Más allá de los argumentos expuestos por Mendoza, que son de verdad pendejos, su texto no logra cumplir las expectativas que crea. Se supone, o al menos así lo presentan, que es un retrato. Y un retrato que yo sepa, es una reproducción fidedigna y minuciosa de algo o alguien. Borges, en uno de sus relatos, hablaba de un artista que se dedicó a pintar un vasto paisaje, quería retratar con fidelidad las montañas, ríos, árboles y todo eso que amaba y al final, después de largos años de labor, descubrió que había pintado su propio rostro. Quizá Mendoza, sin saberlo, ha tenido el sueño de ser Petro o, al menos, de poseer a Petro. El caso es que en las primeras líneas de su artículo Mendoza afirma que “No es fácil hacer un perfil de Gustavo Petro, quizás porque él mismo se encarga de desdibujarse y contradecirse. Pero, de todos modos, hagamos un intento.” En síntesis Mendoza parte diciendo que la tarea le queda grande, pero que igual quiere hacerla. Y, como veremos, tenía razón porque de su intento de retrato quedó solo un garabato. Enseguida nos cuenta Mendoza que para hacer  su “tarea” partió de la autobiografía de Petro, algo así como si Capote para realizar su magnífico retrato de Marlon Brando hubiera seguido las instrucciones de Brando. Dice Mendoza: “Cuando leí su autobiografía me sorprendí gratamente. Desde el colegio en Zipaquirá, cuando era un adolescente tímido y silencioso que estudiaba en una institución religiosa, buscó en los archivos y se tropezó con una información que le estaba dando vueltas en la cabeza: en efecto, en ese mismo colegio había estudiado un escritor que él admiraba profundamente: Gabriel García Márquez. Entonces, con otros compañeros, fundó el Club de Lectura Macondo. Por eso el nombre de guerra de Petro en el M-19 era comandante Aureliano. Un homenaje, por supuesto, al viejo coronel Aureliano Buendía.” Muy bonita la anécdota, pero mi mamá cuenta mejores chismes. Añade luego Mendoza que “Unos años después, detenido en la cárcel y sometido a una tortura brutal, Petro vuelve a fundar el club de lectura Macondo y se dedica a leer y a releer en la prisión para no enloquecerse. Una lección de valentía única. Una demostración de fe en la utopía. Admirable.” En esta parte del “retrato” empecé a sentir compasión por Mendoza, siempre he creído que leer, y literatura es lo de menos, sea algo natural para quienes queremos potenciar nuestros conocimientos, criterio y percepción de todo eso que somos o nos rodea. Pienso que la valentía de Petro como la de cualquier ser humano, le guste o no leer, es afrontar las dificultades de la vida con dignidad y sentido de la justicia. Es, por decir poco, cómico que el hecho de que alguien que ama leer libros los lea venga considerado “Una lección de valentía única. Una demostración de fe en la utopía. Admirable.” A partir de allí el texto de Mendoza se hace cada vez más aburrido y obtuso, da la impresión de querer terminar la “tarea” sin saber cómo: “Varios lustros más tarde, durante la campaña a la presidencia, lo primero que hizo fue mostrar una imagen muy sólida: la de un antiguo combatiente del M-19 que se había reintegrado con habilidad a la vida civil. Tantos años como congresista sobresaliente le habían labrado una reputación intachable. No era un Maduro ni un Ortega, era un intelectual serio que citaba con propiedad a Toni Negri y a Michel Foucault. No era un candidato de República Bananera. Se descartaba cualquier sospecha de que fuera un Tirano Banderas. Además, se acercó a Antanas Mockus y firmó con seguridad una serie de compromisos democráticos que nos auguraban un futuro prometedor. Y, contra todos los pronósticos, ganó. Yo jamás había entregado mi voto con tanta esperanza.”  Al tono anecdótico y pueril se agrega información trasnochada y sin contenido, nada que aporte una línea o un rasgo del presunto y prometido retrato y, para colmo de males, hecho en esa prosa floja, sin ritmo, esa prosa precaria y limitada tan característica de Mendoza. Si debemos reconocer algo a esa párrafo es la declaración de amor que Mendoza le hace a Petro: “Y, contra todos los pronósticos, ganó. Yo jamás había entregado mi voto con tanta esperanza.” Un sentimiento así de fuerte yo solo lo tuve cuando Freddy Rincón, en Italia 90, le hizo el gol a los alemanes. Y, como pasa cuando uno se enamora, Mendoza, desbordado por su pasión se olvida del retrato. Dice Mendoza: “Por eso, cuando dio su primer discurso como presidente, y citó a García Márquez y la posibilidad de una segunda oportunidad sobre la Tierra para pueblos como el nuestro, sentí una emoción difícil de explicar. No solo era un sobreviviente de un exterminio sistemático de líderes de izquierda en el país, sino que era un ilustrado, un lector que había luchado en defensa de unos ideales y que había entregado su vida por ellos. Un héroe que venía de la biblioteca. Asombroso. Creí con todas mis fuerzas que por fin íbamos a ser capaces de salir del analfabetismo funcional al cual nos había condenado una derecha mafiosa e ignorante. Creí en su discurso, en su programa y en una política del amor que buscaba la fraternidad como expresión máxima de la inteligencia emocional. Nunca nadie nos había convocado para un propósito tan noble: la bondad como revolución.”

No niego que también me pasó eso de: “sentí una emoción difícil de explicar”, pero tenía quince años y ella, la que me causaba semejante emoción, tenía las piernas más largas y lindas que vi en mi vida. ¿Será que Petro ha sido el primer amor de Mendoza? Eso explicaría que en esa parte de su texto lo describa como un superhéroe y “Un héroe que venía de la biblioteca” para rematar su frase con “Asombroso.” El mismo tono en que mi hijo pequeño se refiere a Spider-Man viendo las películas de la Marvel. Y en las líneas siguientes Mendoza enloquece de amor y fe por el superhéroe que el mismo ha creado: “Creí en su discurso, en su programa y en una política del amor que buscaba la fraternidad como expresión máxima de la inteligencia emocional. Nunca nadie nos había convocado para un propósito tan noble: la bondad como revolución.” Cuando Mendoza dice “nunca nadie” olvida que, a través de nuestra historia, muchos otros que han luchado por ideales símiles a los de Petro fueron asesinados por eso poder al que Petro está enfrentándose.

Y del amor insensato y del  “Yo jamás había entregado mi voto con tanta esperanza.” Y su ilusión de vivir en “una socialdemocracia de corte europeo.” Mendoza salta al despecho total. Dice Mendoza: “El problema es que poco a poco empezó a mostrar su lado más oscuro y siniestro: el del narcisista paranoico que no soporta que le lleven la contraria, que lo cuestionen o lo vigilen. Así que empezó a cerrar filas y, mostrando unos pésimos modales, sacó a Cecilia López, a José Antonio Ocampo y a Alejandro Gaviria. También echó sin contemplaciones a funcionarios eficientes que venían de sus huestes más leales, como Patricia Ariza. Fue el primero de tantos brotes de paranoia que vendrían después. Narciso empezaba a delirar atrapado en la Casa de Nariño.” En este párrafo Mendoza parece sufrir un ataque de histeria que lo lleva a disparar adjetivos e insultos sin ahondar en el argumento y en el hecho que Petro, como cualquier otro Presidente, puede tener en su equipo de gobierno a quienes considera más idóneos  y despedir a quienes no lo convenzan. Y, sobre que Petro sea: “narcisista paranoico que no soporta que le lleven la contraria” o que, según Mendoza, tenga “pésimos modales” siguen siendo requiebros de novia despechada porque, y creo que Mendoza lo sabe, los enemigos que atacan y acechan a Petro no tienen nada de imaginarios.

Y sigue Mendoza su retahíla basada en los chismes que ya todos conocemos, pero esta vez encarnando una especie de psiquiatra a la Chespirito. Dice Mendoza: “A partir de ahí la lógica fue la de un gurú religioso que ve enemigos escondidos dentro de su propia secta. Solo confiaba en su adepta más cercana: Laura Sarabia, que luego estaría involucrada en varios escándalos y que le cuidaba la espalda mientras él desaparecía de los hoteles en las giras, no llegaba puntual a ninguna cita e iba quedando cada vez más encerrado en sus alucinaciones de víctima perseguida, una herencia que quizás le queda de la tortura que sufrió en la cárcel.” Pienso que este párrafo de Mendoza, como ejemplo de idiotez, roza la perfección. Lo curioso es que quien va por ahí, disfrazado de gurú de panadería y vendiendo sus pueriles eslóganes es él. En la parte final del artículo Mendoza dedica su atención a otras personas”. Dice Mendoza: “Preocupa que el hermano del presidente, Juan Fernando Petro, haya visitado a altos capos en las cárceles; que su hijo, Nicolás Petro, vinculado a la campaña, esté investigado por recibir dineros del narcotráfico; que la senadora Piedad Córdoba, copartidaria suya, haya estado relacionada con Alex Saab, un integrante de la mafia venezolana; que el hermano de Piedad, Álvaro Córdoba, haya hecho negocios con carteles de la droga; y que el otrora embajador en Caracas, y ahora embajador ante la FAO, Armando Benedetti, haya amenazado de manera virulenta con denunciar la campaña por quince mil millones recogidos de un modo muy misterioso quién sabe dónde, cómo y con quién.” Esta bien que Mendoza se preocupe por todo eso, pero enumerar cosas que ya sabemos sin dar ninguna nueva información o análisis no solo es inútil sino que lo aleja de la “tarea”.

La ausencia de pericia como escritor de Mendoza va en sintonía con su incapacidad para elaborar conceptos o profundizar en la psique del personaje que en vano intenta retratar, ante esto su única salida es recurrir al chisme o hacer alarde de sus dudosas habilidades como psiquiatra. Dice Mendoza que Petro “llamó a su base política a que saliera a la calle a protestar en contra de la Fiscalía, frente a la Corte Suprema, en el momento en que esta debía elegir a la nueva fiscal general de la nación. Las protestas se salieron de control y fue necesario llamar a la Policía. Y entonces las preguntas saltaban a la vista: ¿quién era el jefe de los que protestaban? Respuesta: Petro. ¿Y quién era el jefe de las Fuerzas Militares? Respuesta: Petro. ¡Increíble! Parecía Doctor Jekyll y Míster Hyde. Un caso clínico.” Lo que Mendoza, ¿será ingenuidad?, no parece tener en cuenta es que Petro no es el Presidente de la “socialdemocracia de corte europeo” que él sueña sino de uno de los países más violentos del mundo donde poderosos y despiadados criminales, confabulados con buena parte de la estructura política y los poderes económicos, han construido un Estado paralelo que se rige por la ley del más fuerte y ellos son los más fuertes. Es Colombia quien tiene dos o más caras, dos o más realidades que, en muchos casos, se funden para crear el reino de terror e injusticia que padecednos y hemos padecido. Para un Presidente de Colombia que como Petro tiene la voluntad de cambiar la historia y que la justicia sea la misma para todos, desdoblarse y multiplicarse es una condición imprescindible.

El artículo de Mendoza va cerrándose exactamente como empezó, repitiendo el manido sonsonete del ego de Petro, etc, etc… Pero en una muestra de cinismo sin par nos pide estar alerta de una posible guerra civil a la que Petro quiere llevarnos y “no caer en la trampa y defender el país que con tanto esfuerzo hemos edificado en medio de la guerra.” Es probable y espero que se refiera a su país personal porque el país que yo he conocido y sufrido desde que nací, el país de donde debí emigrar para encontrar alguna alternativa de vida para mí y mi familia es un reino de injusticia y miseria, un reino de mezquindad y violencia de todo tipo, un reino de terror y zozobra, de ignominia, clasismo y pobreza donde solo una pequeña porción de privilegiados, de la cual Mendoza hace parte, puede vivir a sus anchas. Quizá tenía una intención cómica al hablar de “defender el país que con tanto esfuerzo hemos edificado en medio de la guerra.” Pero desgraciadamente la ironía y la comicidad tampoco están a su alcance.

En el último párrafo Mendoza supera cualquier previsión al afirmar que las dificultades que Petro ha tenido para sacar adelante su proyecto de gobierno “no es culpa de los banqueros ni de los burgueses, sino de Petro, que tiene una moral fluctuante y acomodaticia.” ¿Qué rayos quiere decir? ¡Maldita sea! Ni los banqueros mismos se atreverían a decir que no es su culpa. Lo putos banqueros existen para ser la culpa de casi todos los males de este mundo y Mendoza qué hace, ¿los defiende? Quizá sea que los banqueros, a diferencia de Petro, nunca le han causado desilusión y desesperanza.

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