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La novia casi arrepentida

Leí el nuevo artículo de Mendoza en Cambio y, aunque parecía imposible, resultó ser más pueril y aburrido que el anterior. En lugar de aprovechar la oportunidad para hacer un ejercicio de autocrítica, Mendoza opta por la gastada fórmula del victimismo y la queja:

“Me insultaron, me calumniaron, me atacaron de derechista, inventaron intereses espurios que no tengo, escupieron sobre mis libros, los quemaron en pantalla, en fin, la lista es larga. Tuve que salir de la ciudad mientras los ánimos se apaciguaban.”

Y, por supuesto, después de la queja llegan las justificaciones:

“En primera instancia, me gustaría precisar que un perfil no es un análisis político. Este tipo de texto no pretende en ningún momento hacer un balance de la gestión de la izquierda en el poder. Ese no es su objetivo. Un escritor suele hacer perfiles para guiones, crónicas, relatos o novelas. Toma notas, estudia al personaje, lo revisa desde distintos ángulos, investiga sus móviles más secretos para poder entenderlo mejor, y, después de muchos bocetos, tiene por fin un dibujo interno y puede narrarlo a cabalidad. Eso mismo hice con Gustavo Petro. Es un ejercicio bastante subjetivo, por supuesto. Además, varios de mis libros giran en torno a temas psiquiátricos que he estudiado a lo largo de los años.”

Queda claro que, según el propio Mendoza, nunca quiso escribir los que escribió ni decir lo que dijo, que era solo un ejercicio de escritura (y si, juzgamos por sus libros, no debería parar de ejercitarse hasta que aprenda a escribir). También da a entender que su artículo sobre Petro era un texto de ficción y que fue “un ejercicio bastante subjetivo” porque “varios de mis libros giran en torno a temas psiquiátricos que he estudiado a lo largo de los años.”

No sé si la intención de Mendoza en este nuevo y fláccido artículo sea la de escribir su propio perfil, pero eso parece:

“Empecé describiendo sus méritos desde que era apenas un estudiante, sus logros como congresista y el hecho de que fuera el sobreviviente de una masacre de todos los líderes de la izquierda en el país. Ese tono demostraba, abiertamente, que no provengo de la derecha.”

Si seguimos la ¿lógica? De Mendoza podríamos entonces deducir que el tono que utiliza en la parte de su articulo donde llega a afirmar que “no es culpa de los banqueros ni de los burgueses, sino de Petro, que tiene una moral fluctuante y acomodaticia.”, demostraría que si proviene de la derecha.

Hasta leer este artículo de Mendoza nunca supe que el mejor test para saber si alguien proviene de la derecha o de la izquierda no son sus acciones sino su tono.

En su inconsistente justificación recurre de nuevo a una melodramática anécdota, de la que supuestamente fue testigo, sobre la impuntualidad de Petro. No entiendo, si  como dice dedicó mucho tiempo a ese perfil, por qué no investigó las razones de esa y otras impuntualidades de Petro que menciona. En vez de eso sigue con sus patéticas pesquisas seudo psiquiátricas en un tono que envidiaría la Carioca.

Más adelante, con la misma incongruencia de sus libros, Mendoza se aventura en un apresurado relato donde mezcla la figura de Petro con “padres ausentes o maltratadores, el caudillo suele reemplazar la figura paterna agresiva, déspota y abusiva. Las mismas madres participan activamente de esta situación:”

Y luego se explaya en otra de sus retahílas usando y abusando de la palabra lógica hasta perderse en su delirio:

“¿No hay una opción de izquierda que no pase por el patriarca? ¿No hay un relevo generacional, no hay una sangre joven que esté cansada de las mañas del padre maltratador? ¿No es posible cuestionar ciertas conductas del mandamás del país? ¿Estamos condenados a pasar de un gamonal a otro? Entonces, ¿cuál es la diferencia entre la derecha y la izquierda, si esta última se comporta con el mismo sectarismo y el mismo fanatismo caudillista?”

Y toda esa verborrea de borracho en mercado público, todo ese alarde, ese sí, de caudillo trasnochado para volver de inmediato al tono lastimero: “Si la derecha despotricó de mí y de mis libros con un furor tribal, y ahora hace lo mismo la izquierda con sus sicarios y sus pistoleros digitales, ¿cuál es la diferencia entre las dos?”. Creo que Mendoza conoce la respuesta: significa que tanto en la derecha como en la izquierda hay gente que sabe de literatura.

El resto del artículo es un disco rayado, Mendoza acusa a Petro de narciso, intolerante, afirma que incita a la violencia y que Petro no es Gandhi ni Martin Luther King (sin Mendoza nunca habríamos podido llegar a semejante conclusión). Por supuesto, la palabra lógica vuelve al ruedo:

“No todos los jóvenes comulgan con sus lógicas de matones bodegueros. La democracia que hemos construido es imperfecta, por supuesto, pero el remedio no es el fanatismo y la confrontación, sino más democracia. A la izquierda le está faltando autocrítica y creatividad. Lo que las nuevas generaciones están esperando es una reforma a la educación que les permita estudiar sin endeudarse. No los van a seducir llamándolos a la confrontación callejera o a que se matriculen en las bodeguitas gansteriles. Los muchachos no necesitan que los convoquen para hacer gavilla. Lo que necesitan es becas, libros y computadores.”

Quizá Mendoza viva en una realidad paralela, o padece del fanatismo que achaca a otros. La verdad es que está tan obstinado en demonizar a Petro que incluso niega lo esencial de este gobierno y los ataques indiscriminados que ha tenido que soportar desde el primer día. En ningún momento su artículo reflexiona sobre el estupendo programa que, contra viento y marea, se está aplicando, la coherencia del mismo y la voluntad de superar errores. Esos logros que la oposición, que Mendoza amplifica, se obstina en desconocer a pesar de la evidencia y que Alejandro Quintero Galeano resaltó en un reciente artículo:

“Superando los errores propios (principalmente del inicio) y a pesar de los obstáculos, el gobierno del cambio ha venido adelantando su gestión, puede que lenta, pero intentando ser coherente con su programa. En estos dos años se resaltan varios logros, tanto en el manejo económico (control de la inflación, estabilidad fiscal, reactivación de la economía, donde sobresale el sector agrícola y el turismo), como el social (disminución de la pobreza, bono pensional a la tercera edad, reforma pensional y laboral, reforma agraria con la restitución de tierras a los campesinos desplazados, rescate de la educación pública y reforma a la salud, Ministerio de la Equidad), en defensa (incautación de droga, recuperación de territorios dominados por actores ilegales, respetar el derecho a la protesta social), ambiental (aprobación del acuerdo de Escazú, búsqueda de proyectos para energías limpias, competencias ambientales de las autoridades indígenas, COP16), energético (trabajo por acuerdos para disminuir tarifas de energía), administrativo (gran participación de las mujeres, sectores afros e indígenas en los cargos administrativos), entre otros. Falta mucho, sí claro, pero la realidad es que en el momento actual colombiano la rama ejecutiva no es la que domina el poder del Estado y, aun así, a pesar de todas las adversidades citadas, los proyectos van caminando.” 

Mendoza, como era de esperarse, cierra su texto manteniendo su línea quejumbrosa y llamando “manso rebaño obediente” a quienes apoyamos a Petro. Aclarando, ay la delicadeza de Mendoza, que lo hace “con mucho respeto”:

“Atacándome a mí intentan matar al mensajero. Comprensible, pero equivocado. Así que, a todos estos militantes y funcionarios de izquierda, yo les diría con mucho respeto: recuerden que su deber no es con el caudillo, sino con la Utopía. Si quieren seguir defendiendo a su patrón y comportarse como un manso rebaño obediente, está bien, háganlo, están en todo su derecho, pero sean al menos conscientes de que esa mansedumbre los va a llevar a perder las elecciones en el 2026.” 

No sé que pensarán ustedes, pero la sensación que me queda es haber leído un montón de idioteces. Ni un puto concepto, ni una maldita idea, nada que se avecine a un análisis, ni siquiera como diatriba funciona. Y no sé por qué, a pesar de sus novelas, imaginaba a Mendoza un poquito más lúcido. En realidad nunca he cruzado más que algunas palabras con él, y había leído un par de sus libros y pasajes de otros. Como lector opino que Mario no es un mal escritor, es pésimo. Y en eso sí que ha sido coherente, sus errores formales, falta de ritmo y de visión poética. Su incapacidad de delinear personajes consistentes, sus diálogos faltos de sustancia que se repiten como desteñidos eslóganes, sus reflexiones plenas de lugares comunes, su incapacidad de crear conceptos, de dotar a su prosa de un mínimo nivel de inteligencia es algo que ha mantenido a lo largo de su floja y, si hablamos de ventas, exitosa carrera. Y me alegra mucho y me alegra de verdad que venda sus libros, es producto de su esfuerzo, de visitar colegios y cualquier lugar donde quisieran escucharlo, es un excelente promotor de lo que hace y se merece lo que obtiene. Y espero que eso le dé la alegría y el consuelo necesarios por qué es imposible que incluso él, en la intimidad de su mente, pueda negar sus limitaciones: una gran voluntad y disciplina en un ser sin ningún talento o habilidad para el oficio de escribir. En vez de otorgar a Petro la etiqueta, Mendoza debería auto proclamarse un sobreviviente y “el héroe que salió de una biblioteca” para convertirse en uno de los más potentes vendedores de libros de Bogotá y sus alrededores. 

Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan necesariamente la posición de La Nueva Prensa.