Matías es un putas

11 Junio, 2026
  • El joven practicante de ciclismo extremo que desde los dos años de vida se ha enfrentado al cáncer, mal al que tiene por costumbre derrotar.

Matías es un putas Fotos. César Muñoz Vargas y archivo particular

Por CÉSAR MUÑOZ VARGAS

 Se desliza en su bicicleta por pendientes en las que puede alcanzar los cincuenta, quizá sesenta, kilómetros por hora. Pendientes de pasto, tierra, lodo, arena, cemento, asfalto, escalinatas, huecos. Cualquier zancadilla...

A lo lejos solo se ve una ráfaga, a un deportista que desafía el vértigo y el vacío en el estómago que debe producir estar montado en esa montaña rusa en la que convierte su bicicleta y su pista cada vez que sale a entrenar, o a competir. «¿Qué pasa? ¿Pasa algo?», pregunta un tanto prevenido cuando alguien, alentado por la curiosidad, se acerca para también preguntarle cómo lo hace, cómo se logra tal grado de irreverencia ―de irrespeto, tal vez― ante el peligro; y cuando ese alguien ni siquiera ha reparado en su condición física. Se llama Matías Ramírez y, en verdad, es un putas.

Lo es, pues con la misma naturalidad con que el evangelista Juan narró la resurrección de Lázaro ―cuando Lázaro se levantó y andó―, Matías  va por las pistas de ciclomontañismo ―modalidad downhill― superando sus propios registros, riéndose de sus miedos y fortalecido por unos ideales más poderosos que  las adversidades. Lo hace pedaleando solo con la pierna derecha, la que ha convertido en una de acero. «¿Qué sacaba yo con autocompadecerme? ¡Ay no, perdí mi pierna! No. Descubrí cómo hacer deporte. Descubrí cómo montar bicicleta». Y Matías se levantó y andó. Corrió. Pedaleó.

Matías es un putas ―permiso para hablar con la misma procacidad y distensión de las juventudes de hoy y los amigos de entrenamientos y competencia y que con desparpajo lo llaman el Mocho, el Mochito―. Lo es porque dieciséis de sus dieciocho años los ha dedicado a enfrentar y vencer una y otra vez el cáncer. Lo revela con la naturalidad de contar un asunto cotidiano como el de ir al colegio o jugar con los amigos.

Fotos. Archivo.
Fotos. Archivo.

 

Antes de que cumpliera los dos años, le descubrieron un tumor protuberante detrás de la rodilla izquierda ―«una pepota», describe Matías, «un rabdomiosarcoma», explicaría Olga Margarita, su madre―. Fue el primer diagnóstico de una enfermedad que, según el Instituto Nacional de Cancerología, reporta ciento quince mil nuevos casos cada año en Colombia. Matías, sin  tener aún conciencia, pasó entonces a engrosar la copiosa procesión que debe resignarse a la rutina oncológica, una realidad que rebate aquel adagio cliché del también ciclista Cochise Rodríguez, eso de que «en Colombia la gente se muere más de envidia que de cáncer».

A Matías le descubrieron un raro síndrome conocido como Li- Fraumeni, alteración genética causada por la mutación del gen TP53 y que expone el organismo a una posibilidad mayor de desarrollar distintos tipos de cáncer, sobre todo en los tejidos blandos y los huesos. No había cumplido los dos años cuando fue sometido a un agresivo tratamiento: primero de quimio y luego de radioterapia. Primera y segunda prueba.

Mientras transcurre la pausa del entrenamiento de esta mañana, Matías describe cómo aquella radioterapia hizo que la pierna izquierda creciera menos que la derecha. A los siete años fue sometido a una cirugía invasiva para extender el fémur, pero cuando estaba en proceso de recuperación sobrevino una fractura patológica y la recaída de la enfermedad. Olga recuerda la entereza de su pequeño hijo: «Si esta pierna no me sirve, pues toca quitarla». Matías entendía qué era eso de amputación y al mismo tiempo se ilusionaba con tener una pierna robótica. Habían pasado cuatro años con una enfermedad en receso. «Con problemas ortopédicos, pero sin cáncer». Tercera prueba.

 

*******

 

La bicicleta surgió en la vida de Matías como el más efectivo de los remedios. Su padre lo fue llevando, le fue enseñando, lo fue entrenando. En un principio salía a la ciclovía, pero comprendió que la vida había que aprovecharla al máximo, y así fue pasando de la práctica meramente recreativa a una de mayor exigencia. Saltó de la ruta al ciclomontañismo. Más vértigo, más riesgo, más peligro. Una relación binaria que Matías, a juzgar por su evolución y sus  logros, asume como un juego de niños. Se ha fortalecido ante el cáncer con la práctica de un deporte en el que ―vaya ironía― se expone a un permanente riesgo.

Matías llegó a los diez años. Otra palabra, otra situación diaria de la copiosa procesión resignada apareció en su vida: metástasis. Metástasis en la zona izquierda de su mandíbula. El tumor esta vez amenazaba con propagarse mucho más rápido y comprometer otros órganos como el cerebro. El peligro de muerte era inminente. Matías refiere al médico Gnecco ―debe ser el doctor Juan Pablo― como quien decidió, actuó y le salvó la vida. Cuarta prueba. Y, al tiempo que la sorteaba, venía madurando un sueño para ese niño fuerte y resuelto que quería ser astronauta.

La Fundación Make a Wish, con sede en Estados Unidos, hizo posible que conociera el centro de operaciones espaciales de la NASA en Cabo Cañaveral. Hasta allá llegó el 25 de junio de 2019, siete meses después de esa segunda cirugía, para ver el lanzamiento de la nave Falcon Heavy de la compañía Space X. Otro momento que hicieron posible el valor de Matías, la abnegación de su familia y la voluntad de los mecenas que suelen aparecer.

Foto Izq. Archivo. Foto Der. César Muñóz Vargas
Foto Izq. Archivo. Foto Der. César Muñóz Vargas.                      

 

Dijo  el periodista Ryszard Kapuscinski que para contar la historia del «otro», de los «otros», había que vivir y convivir con ellos y entender su realidad, por eso solía mudarse a donde los pobres por largos años en zonas inhóspitas de África, Asia y América Latina. Pero en historias como la de Matías y los suyos no queda más que la empatía para intentar comprender las luchas, las bregas, sus largas jornadas de desvelos e incertidumbre. Para entender cómo una madre no se desvanece cuando se entera ―el mismo día― del primer cáncer de Matías y de su segundo embarazo.

Resulta difícil entender cómo este joven, que ahora se prepara para una competencia en Yarumal, revela como si nada que cuando tenía doce años le retiraron dos costillas. Una nueva metástasis. Quinta prueba.

Lleva su mano al tórax y recalca que los tumores que le han aparecido han sido visibles. «¿Qué tal en el estómago? ¿O en el cerebro? Honestamente, lo mío es pura suerte». Suele tener una palabra para evitar la autocompasión, suponer escenarios peores y contrarrestar  las preocupaciones. «Eso ha permitido que el cáncer se detecte y se trate a tiempo». Su vida ha sido sobreponerse y seguir, aunque eso no obsta que su realidad es la de miles de familias en el país del resignado eslogan «Que roben, pero que hagan algo» que debería estar colgado en el escudo nacional. La realidad de las quimios, las radios, las recaídas, las metástasis. El cáncer como producto de la canasta familiar.

Desde el último diagnóstico, la enfermedad no ha vuelto a aparecer. Matías y su familia lo saben porque tiene que estar en permanentes controles médicos. En el entretanto, sigue aferrado a su vida: la bicicleta, el colegio, los amigos, los video juegos, la literatura de ciencia ficción, el fútbol  ―Matías juega fútbol― y el proyecto de grado en el que ya está trabajando: una aplicación que involucra telemetría, aceleración y cálculos de cuánto se demora un cuerpo comprimido en volver a su estado normal. Un intríngulis ininteligible para el que no sabe; sin embargo, él lo ve sencillo. Lo hace tan sencillo como lanzarse en bicicleta desde la cima de una peligrosa pendiente a muchos kilómetros por hora. Ahora está en un apacible parque, mañana puede estar en una pista de Cucunubá, de Zipaquirá, del parque Nacional o de La Mariposa, el escabroso barrio de Bogotá donde la marginalidad y el desarraigo se disimulan con pintura.

 

Puro vértigo le ha sido la vida. No pierde un segundo. Todo va rápido. Ya no es el niño prodigio que aprendió a montar bicicleta a los siete años. Es el joven autónomo e independiente que recién cumplió dieciocho y a veces va solo a las citas médicas. Cuenta con su destreza y con unas muletas convertibles que dispone en su morral para reemplazar una bicicleta con la que no le es permitido subir escaleras o entrar en consultorios y oficinas.

Está en proceso de conseguir una prótesis ―la pierna robótica que lo ilusionó a los siete años―. A veces piensa que no la necesita tanto, si acaso para «coger el platico», metáfora que utiliza para describir la libertad de sus manos. Es hábil, tremendamente hábil. Una lección permanente de agallas, sobreviviente de un mal que a diario cobra la vida de miles de personas en el mundo. Un mal que se volvió rutina en el sumiso país de los tratamientos oncológicos y que toca campanas en señal de pruebas superadas.

Matías hace unos ajustes a la bicicleta, a la aplicación que está probando en el celular; ahí va de nuevo. Se desboca hacia una meta que está en el descenso y unos sueños que están en lo más alto. Son opciones a corto plazo la ingeniería mecánica, la ingeniería mecatrónica o la ingeniería aeroespacial. «Matías en el espacio», así se llamó la campaña en redes sociales que lo llevó al Centro Espacial John F. Kennedy. Allá en la villa de Cabo Cañaveral está la estrella que testimonia su visita. Matías es un putas con una estrella que lo ilumina.