La élite caníbal y la lucha existencial

28 Noviembre, 2019

Por DANIEL MENDOZA LEAL

@elquelosdelata

A Salvatore Mancuso muchos lo vieron al desayuno, terminando su café junto a la piscina, mientras miraba la ciudad desde el último piso del Club el Nogal. Para esa época pesaban ya varias órdenes de captura en su contra, la DEA lo tenía en la mira por narcotráfico y ya escurría sobre la corbata Ferragamo que lo adornaba, el llanto de los familiares de tantos campesinos que encontraron la muerte en las masacres y asesinatos selectivos que desangraron el país. Después, entre el vapor del baño turco, los rumores me enteraron de que ese Club era el lugar donde se reunían los altos mandos del gobierno de Álvaro Uribe con los cuadros paramilitares. Se decía que allí, donde se divierte la realeza rural llegada a la ciudad tras la polvareda de dólares cochinos que nos llovieron encima en los 80, muchos hacendados que tenían un pie en la capital, se reunían a planear masacres y a organizar cocteles en los que les recogían fondos a las AUC cuando la consigna era limpiar con motosierra esa maleza socialista que corroía el suelo patrio. Estas obras de beneficencia al parecer eran bendecidas y santificadas por los directivos del Nogal, lugartenientes Álvaro Uribe Vélez, presidente Innombrable y eterno que no tuvo vergüenza en trasladar a su jefe de escoltas de palacio, el Coronel Juan María Rueda, como jefe de seguridad de tan magna institución sociocultural, cuna del naciente jet set capitalino.  

El Nogalito le dicen al patio de la Picota donde tienen guardados a los parapolíticos y a la casta de condenados por corrupción estatal más selecta del país. A los del Carrusel de la Contratación, a los de Agroingreso Seguro, Yidis política, del Cartel de la Toga, Odebrecht, el Fraude a la Salud y a la mayoría de aquellos vándalos perfumados que destrozan la ley a pedradas y entran en las arcas públicas a tragárselo todo. Así le dicen al patio de esa cárcel porque alguna vez alguien fue a visitar a uno de los presos y dijo que había sido como si hubiera entrado a una sucursal del Club, por la cantidad de socios e invitados frecuentes que se encontró en sudadera haciendo ejercicio en el gimnasio que les tenían montado, antes de que iniciaran el día en prisión brindando con el primer cóctel de la mañana.

En la junta directiva del Nogal había políticos asociados a paramilitares genocidas con los que hacían millonarios negocios, lavadores de dólares, funcionarios públicos corruptos que utilizaban el lugar para recibir sobornos de empresas que les regalaban carnets y les pagaban sus consumos estrafalarios e incluso, directivos que intrigaban contratos de la misma corporación en procura de coimas y beneficios personales. En conclusión, una Colombia en chiquito metida en esa mole prepotente de ladrillo que desde sus ventanales mira con desprecio a los demás edificios.

De allí, del Nogal, me echaron porque decidí no atragantarme más y vomitar la verdad enterita en varios de mis escritos publicados en las Dos Orillas, El Tiempo y La Nueva Prensa. Ninguno de los implicados se atrevió a decir que mentía y por eso tampoco nadie me denunció. Sin embargo, decidieron que yo había violado una norma de un reglamento que hicieron a la carrera para tener de donde sancionar y que prohíbe hablar, escribir, publicar o  mandar emails, si allí se menciona el nombre del Club o de alguno de sus socios. Entonces vino la amenaza: O dejaba de escribir, o me echaban. Decidí no callarme y sacar a marchar mis párrafos que empezaron a gritar más duro. 

Esa Colombia enana con nombre de árbol vetusto, obró como acostumbra la grande, reprimiendo y hostigando a quienes protestan en contra de una realidad oscura. Terminé expulsado y entrando en un proceso judicial para que me pagaran el precio de la acción que además, para dejar bien sentado el escarmiento, decidieron apropiarse.    

Lo peor vino después. Varios amigos y familiares muy amados no solo me dieron la espalda sino que abiertamente aplaudieron a los malosos y vieron con muy buenos ojos mi expulsión, me tildaron de subversivo, demente y sobre todo se esforzaron por hacerme sentir como si hubiera traicionado hasta el último eslabón de mi genética y sacado al sol los calzones cochinos de mi abuela. “A usted le va ir mal” me dijo alguna vez uno de ellos, por la sola razón de haber destapado la vocación paramilitar, mafiosa, genocida y corrupta de esa nueva élite nacional que nos dirige.

Para llegar hasta allí, al punto exacto de mi vida en que decidí traicionarlos a todos y delatar los desmanes despóticos de quienes ostentan el poder, mi consciencia tuvo que haber comido mucha carroña, la misma que se tragan los principitos dorados de aquel mundo que se reparten en tajadas todos esos monarcas locos, que son los sociópatas deslinderados pertenecientes a la clase alta, dueña del poder político y empresarial de este país. Yo fui alimentado por los mismos simbolismos podridos que nutren a esa seudo aristocracia emergente, proveniente del capitalismo voraz. Esas raciones de boñiga conceptual terminaron indigestándome y es la hora que no he podido sacarlo todo.

A mí me salvó el amor. El amor por Carmen, mi empleada de servicio, que fue mi novia secreta cuando yo tenía 12 años. Empezaban los problemas de mis papás que terminaron en un divorcio descorazonado e inhumano que me llenó de rabia. Esa sensación de quererlo destrozar todo y que el psicoanalista no me ha podido quitar, terminó convirtiéndome en un matonzuelo que brincaba de colegio en colegio. Para esa época, antecitos de la separación, importada del campo, llegó Carmen a mi casa en donde la arrumaron en un cuarto de dos por dos del que salía los domingos a caminar de ocho a cinco hacia ninguna parte, después de estar lavando, arreglando, cocinando durante toda la semana, recogiéndome del bus, sirviéndome la comida y llevándome de su mano a todos esos lugares paradisiacos que un preadolescente precoz tanto ansía conocer.

Después de trapearme con su lengua para luego guiarme por el bosque frondoso que crecía entre sus robustas piernas de percherón, y de enseñarme lo más importante que puede haber en la vida, entre las sabanas y muy pendientes de oír el pito del carro de mi mamá, me contaba de su pueblo en el Magdalena Medio, de las cosechas, del ganado y de sus amigas con las que cantaba en el río. Ella no paraba de hablar y yo no dejaba de escuchar. Carmen embelesaba mi existencia con algo tan sencillo pero a la vez tan autentico como su vida, compuesta por un universo tan vital que a mí me parecía maravilloso. Todo empezó cambiar. Mis derroteros internos se transformaron para dejarme ver que esa mujer también era un ser humano.

Algunos hechos comunes y cotidianos empezaron a desencajar. Ese sentimiento se había convertido en un potente misil que estaba tumbando los cimientos con que habían edificado  mis creencias. El amor tiene la capacidad de desmoronarnos por dentro. Empecé a buscar respuestas que no llegaban. En mí solo quedaban los cuestionamientos. ¿Por qué tiene que dormir en semejante mazmorra sin vidrios? ¿Por qué no se sienta con nosotros en la mesa?  ¿Por qué no habla ni opina nada si cuando estamos empelotos en la cama, dice las cosas con tanta gracia? … ¿Por qué los fines de semana en la finca tenía que verla achicharrándose al sol, mientras yo nadaba con mis primos que no entendían el semblante lánguido que por momentos agarraba mi cara, cuando la veía observarme con su sonrisa resignada?  

Y allí, en lo irracional de mi arquitectura psíquica, quedaron latentes todas esas p