“La ciencia ficción es el lugar donde nuestra imaginación se puede proyectar y organizar”: Luis Carlos Barragán

25 Septiembre, 2026
  • El 11 de septiembre, la Fundación Fahrenheit 451 realizó el prelanzamiento de la XV edición del Festival de Literatura de Bogotá, titulado Vendrán lluvias suaves. Allí, se introdujo el sitio web del festival, homónimo al cuento de Ray Bradbury, y se llevó a cabo un conversatorio con el autor Luis Carlos Barragán, una de las voces más reconocidas de la ciencia ficción latinoamericana.


Por FAHRENHEIT 451

 Javier Osuna, director del Festival de Literatura de Bogotá, estuvo conversando con el autor de El Gusano (2018), Parásitos perfectos (2021), Tierra Contrafuturo (2021) y Eidolónica (2026), en la Universidad El Bosque. La conversación tomó como eje dos libros de Bradbury —Crónicas marcianas (1950) y Fahrenheit 451 (1953)— para recorrer la obra de Barragán.

Osuna abrió recordando que en 2026 se cumplieron 76 años de la publicación de Crónicas marcianas, un libro prologado por Jorge Luis Borges y cuyos tres últimos relatos ocurren justamente en 2026. A continuación, se presentan algunas de las preguntas realizadas durante el conversatorio.

Sé que Fahrenheit 451 y Crónicas marcianas son dos libros muy importantes para usted, ¿qué le dejó ese primer acercamiento a Ray Bradbury?

Lo primero que leí fue Fahrenheit 451, con esa idea de bomberos que en vez de apagar incendios los provocan, y con esos personajes que memorizan libros enteros y adoptan sus títulos. Pero de Crónicas marcianas me quedó otra cosa: la ironía con la que Bradbury se pregunta por qué habríamos de llevar a Marte el mismo estilo de vida, la misma cultura de colonización que ya fracasó en la Tierra. Esa escena de los teléfonos sonando sin que nadie conteste (cuento “Los pueblos silenciosos) es exactamente eso: la crítica más filosa, envuelta en una imagen casi cómica. Ahí entendí que un tema serio no deja de serlo por hacerle chistes, y que se puede construir todo un mundo deshabitado a partir de un solo gesto absurdo. Ese tono terminó marcando buena parte de lo que escribo.

Sus últimas tres novelas transcurren en Colombia: Cauca, Vaupés y La Guajira, ¿por qué decidió anclar sus creaciones en estas regiones?

Cuando empecé a escribir ciencia ficción, a los dieciocho o diecinueve años, ya tenía la pregunta de por qué esos futuros solo ocurrían en Estados Unidos, Europa o Japón. En Colombia, entre los noventa y comienzos de los dos mil, casi toda la literatura que se producía era crónica, narconovela o relatos sobre el sicariato —sentía que teníamos un déficit de imaginación, aunque en los setenta habíamos tenido la explosión del realismo mágico—. Quería imaginar cosas gigantes, monstruosas, cósmicas, y que un robot vendiera arepas o una nave saliera de Chiquinquirá sin que sonara a chiste. Hace un año hice un taller para chicos que se llamaba "El Imagimnasio", con esa misma idea: tomar lo que ya existe y llevarlo más lejos. Y hay otra capa: la tecnología nos llega desde afuera, la hacen personas ricas para hacer negocio, pero casi nunca tenemos el espacio para preguntarnos si realmente la queremos. Escribir desde acá es también reclamar ese espacio —y no lo hago solo: entre los que escribimos ciencia ficción en América Latina nos conectamos mucho, nos prestamos portadas, aprendemos unos de otros.

En Tierra Contrafuturo Barragán presenta un arma de destrucción masiva capaz de producir una felicidad tan profunda que la gente muere de inanición sin dejar de sonreír. Osuna vio ahí un eco directo del soma de Fahrenheit 451, esa felicidad fabricada que adormece a una sociedad y la hace fácil de manipular.

 

¿Puede la felicidad convertirse en una amenaza para la supervivencia de la especie?

Ya lo vivimos a menor escala con el scroll infinito de Instagram: una dopamina constante que, además, sale de territorios destruidos en algún lugar del planeta para sostener los centros de datos. Siempre hablamos de que la tecnología nos va a hacer la vida mejor usando medios que requieren explotación y un montón de carbono, y eso me parece muy contradictorio. Hace poco estaba en un taller sobre futuros alternativos, y noté algo curioso: apenas alguien imagina un mundo donde ya resolvimos el problema climático, inmediatamente le inventa a la gente problemas más pequeños —que la dejó el ex, por ejemplo— para que la historia siga teniendo sentido. Porque si todo el mundo es absolutamente feliz, no hay que hacer nada más, y ese es justamente el final de mi libro: gente tirada, sintiendo oleadas de felicidad hasta morir. Ese es el punto omega de la historia. Ahí uno se pregunta para qué es la vida, si vale la pena ese juego de la felicidad inalcanzable o si es mejor vivir de una forma más madura, aceptando que todo está hecho de texturas, no de blanco y negro.

Eidolónica combina ficción con una voz ensayística que rastrea la historia de la coca en la América colonial. Una de sus frases —"sin coca, no hay Cervantes"— resume una idea potente sobre el origen del dinero que financió la literatura del Siglo de Oro español.

Uno de los cuentos de Crónicas marcianas tiene como protagonista a un astronauta que siembra árboles en Marte, y su libro se hace una pregunta parecida: ¿es el insecto un resultado evolutivo, o una construcción consciente de la planta para sobrevivir? ¿Qué hay detrás de "sin coca, no hay Cervantes"?

La coca les permitió a los españoles explotar el Cerro Rico de Potosí sin que los trabajadores indígenas necesitaran comer ni dormir: se llevaban toneladas de coca diarias, no de comida, para mantenerlos activos. Esa plata financió, a través del Quinto Real, a poetas como Cervantes, Lope de Vega y Calderón de la Barca, universidades como la de Alcalá de Henares, e incluso construcciones como el monasterio de El Escorial. De ahí salto a una escala más grande: si pensamos que todos somos una especie de circuito que recibe un input y produce un output —condicionado por todo lo que nos ha pasado y no por una voluntad pura—, entonces las plantas que lograron enlazarse con nosotros, como la coca, el trigo, la caña de azúcar o el café, son actores tan poderosos como cualquier humano en la historia. Y no todas corrieron la misma suerte: las que no se enlazaron con nosotros están perdiendo la guerra, como se ve en el Amazonas cuando se reemplaza la megadiversidad por monocultivos. A esas plantas dominantes las pienso casi como una especie de planta fascista que quiere civilizar campos enteros. Y si le damos la vuelta del todo, los humanos terminamos siendo el arma de destrucción masiva de esa guerra, la herramienta que unas pocas plantas usan para reproducirse por todo el planeta.

Cerca del final, alguien del público le preguntó por el valor de la ciencia ficción frente a una experiencia humana tan limitada.

Para mí el valor de la ciencia ficción está en la posibilidad de imaginar, criticar, divertirse y, a veces, sanar: ayuda a que alguien procese un trauma a través de una historia. Después de la nueva ola de los setenta, con Ursula K. Le Guin, J. G. Ballard y Philip K. Dick, el género dejó de tratarse solo de naves espaciales para entender que el futuro que más nos interesa explorar está dentro de nosotros mismos. Nunca he querido escribir un libro aburrido, y creo que ese sigue siendo el punto de partida de todo lo demás.

Osuna cerró el conversatorio invitando a la audiencia a seguir la programación que tendrá el festival del 5 de octubre al 10 de noviembre de 2026 con una variada parrilla de actividades de entrada libre que incluye talleres virtuales, conversatorios, teatro y presentaciones en distintos puntos de la ciudad. Entre los invitados internacionales están Isabel Allende, Andrea Chapela, Fernanda Trías y Maru Lombardo, junto a autores nacionales como Andrea Salgado, Rodrigo Bastidas, Daniel E. Monje y Federico Díaz-Granados, entre otros. Más información, agenda completa y registro en www.flbogota.com.