Con el nacimiento de mi hija, he podido atestiguar la maravilla que significa la vida. La primera vez que la vi, en su nacimiento, fue tal vez el momento más intenso que he experimentado en mis treinta años de vida. En este año de su existencia he experimentado la maternidad de una forma tan emocionante como agotadora, sin restarle su profundidad y su belleza. En este tiempo también he experimentado mi fuerza; se me hace increíble pensar en las noches que llevo sin dormir, y sigo con lucidez escribiendo esto.
Mientras lo escribo pienso en otra madre que me lee, (penso en ti, esa otra madre) pues sé que esta experiencia del cuidado también es compartida, y que en la mayoría de los casos solo recae sobre las mujeres. Hace algún tiempo le compré un cartel a una amiga, también madre, que decía “soy madre y soy muchas”, esa frase resume justo eso: que nuestra experiencia es colectiva y que ese trabajo del cuidado recae sobre nosotras, sobre nuestros cuerpos.
Es esa experiencia compartida la que me anima a escribirte, querida madre de otro lugar, que seguramente leerás esto. Esa experiencia compartida me permite imaginar la de María, madre de Jesús, en su huida por el desierto con la incertidumbre de resguardar un nacimiento que se aproxima y la muerte respirándole en la nuca hasta el final en la cruz. Esa muerte y otras de tantos hijos, como aquellos que no fueron crucificados pero sí engañados hasta su final, siendo una cifra más de los 7.837, me hacen ponerme, no en los zapatos de esas madres, llamadas por ellas mismas MAFAPO, si no en su corazón. Es el corazón en donde cargamos a nuestros hijos, como dicen las abuelas.
No quiero imaginarme, querida comadre, que sabiendo el infinito amor que tenemos por nuestros hijos, alguien desde la voz presidencial se atreva a dar la orden para “destripar” al que podría ser tu hijo o mi hija, y tampoco quisiera imaginarme que, de ser realidad la elección de quien promete hacer legal el porte de armas, una bala perdida, una discusión acalorada o un error, alcance la vida de alguno de nuestros hijos.
Creo, también, que el discurso implacable de atentar contra la vida de alguien por “justicia propia” merecería reevaluarse teniendo presente que esa cruz en la que María lloró a su hijo nos permitió entender que hay una segunda oportunidad sobre la tierra. También creo que en este país, en el que habitan tantas especies, nuestras hijas merecerían poder contemplar esa belleza.
Por eso a ti, querida madre, comadre, si los ojos de tu hijo, de tu hija, como me pasa a mí, te han permitido conocer lo infinido de la divinidad y la belleza del mundo, te invito a que siempre elijamos la vida, a elegirla en el discurso, en la acción y en LA ELECCIÓN. Mi experiencia de madre hoy me permite elegir a un hombre que antes ha cuidado a esas madres a las que las políticas de la muerte les arrebataron sus hijos, ese hombre que ha sostenido a esas madres, ha luchado con el poder de la verdad para ellas y ha dedicado su vida a cuidarlas, que también es cuidarnos y cuidar el país.

