Buen viaje Gustavo, atesoramos tu condición de luchador de toda la vida, de ciudadano ejemplar y de amigo entrañable

01 Julio, 2026

Por HERNÁN DARÍO CORREA

 En 1971 o 1972 llegaron al Externado de Colombia expulsados de la Universidad Javeriana, si no recuerdo mal a tercero de derecho, un grupo de estudiantes que se distinguieron por su brillantez y su activismo político y cultural de izquierda dentro de la Tendencia Socialista, entre los cuales estaba Gustavo Gallón, tan vertical como claro en sus opiniones, que fueron dándole un lugar de dirigente de la Unión Revolucionaria Socialista a mediados de dicha década. Como tal, fue también conocido por sus primeros libros, entre los cuales el ya clásico de ciencia política, Quince años de Estado de Sitio, 1958-1978 (Editorial América Latina, 1979), referido al análisis histórico, jurídico y político del Estado de Sitio, figura constitucional que predominó durante el Frente Nacional; y la compilación que coedité en el Cerec con el Cinep, Entre movimientos y Caudillos, 50 años de bipartidismo, izquierda y alternativas populares en Colombia (1988).

Desde entonces nos hicimos amigos, y compartimos espacios familiares y vacacionales con nuestras primeras esposas, muy amigas entre sí de toda la vida, Fabiola y Consuelo; y trabajamos juntos cuando, ya en mi caso convertido en editor al haber abandonado la universidad, me invitó a editar gran parte de la serie de libros de la Comisión Andina de Juristas y luego de la Comisión Colombiana de Juristas sobre los derechos humanos, que inauguraron en el país la fundamentación y la pedagogía en ese campo, originalmente desdeñado por muchos sectores de la izquierda, dentro de la tradición política de la Tercera Internacional que veía en ellos un dominio liberal y burgués. Pionero en la defensa de dichos derechos, Gustavo asumió esa tarea en muchas ocasiones con un tesón y una altura que se distinguían por sí mismas, pero además por el ejemplar estoicismo que mantuvo dentro de una cierta soledad política, y por supuesto por la persecución personal y por la intensidad de las violaciones propias de los regímenes políticos de la seguridad nacional y del "desarrollo" extractivista y despojador a sangre y fuego que imperó, y que ahora promete recuperar sus lógicas atroces desde el nuevo gobierno 

Nunca dejamos de conversar, con las intermitencias propias de la vida, y siempre disfruté de su amplia mirada sobre la historia y la política, recreada de forma tan coloquial como llena de humor y perspicacia. A comienzos del Siglo XXI, tanto él como Victoria Ballesteros, lideresa wayuu que murió unos años después de los sucesos, me convocaron a apoyar el proceso judicial de la masacre de Bahía Portete, infringida a la comunidad wayuu con la cual de mi parte trabajé durante muchos años. Su rigor y seriedad con el asunto me permitieron palpar cómo aquel militante y abogado pionero de los años 70, ya era el curtido defensor de casos complejos como el de aquella violación masiva de derechos colectivos y étnicos. Pasada una década volvimos a encontrarnos con cierta frecuencia cuando, incansable, fundó el espacio cultural y gastronómico de la 76 con 5a en Bogotá, donde se dedicó entre otras cosas a socializar el Informe de la Comisión de la Verdad, y luego, cuando desde su lugar en las Naciones Unidas, nos recomendó a Gladys Jimeno y al suscrito ante la pregunta que le hizo la Empresa de Energía de Bogotá respecto de quién podría ilustrarla sobre las exigencias y los mandatos constitucionales de reconocimiento del pueblo Wayúu en sus agencias en La Guajira. 

Esa trenza de mirada política progresista, de jurista y de defensor de los derechos humanos, ya plenos en la agenda de la izquierda mundial, y su incondicional y riguroso empeño en sus tareas de justicia en un mundo enloquecido de sangre, acumulación capitalista salvaje y crisis del sistema de aquellos derechos, seguramente se tensó al máximo en su alma durante estas semanas, cuando el país llegó al colmo patético de sus clases dominantes y medias, de haber preferido sumarse al camino electoral y político del delito y de las mafias, antes que el progresismo. 

Descansa Gustavo, y gracias por tu pasión por la verdad y la justicia, por tu amistad, por tu eterna sonrisa y tu humor siempre develador de la falta de autenticidad en este país de la simulación. Gracias por tu estoicismo ejemplar, y por tu tesón inquebrantable en la lucha por la superación del capitalismo, por la paz y por los derechos fundamentales de todos.