Editor: Francisco Cristancho R.
No estoy plagiando a Dostoyevski. Fiódor Dostoyevski escribió El idiota, famoso por la historia del bondadoso príncipe Lev Nikoláievich Myshkin; pero aquí me referiré a nuestro propio idiota, aquel a quien dentro de muy poco tendremos que aguantar todos los colombianos, este sí muy lejos de cualquier bondad.
Nuestro idiota es alguien que acaba de ser dudosamente elegido como presidente de la República. Un individuo que quiere darse el lujo de que su posesión se haga en una brigada militar. ¡A nadie se le había ocurrido tamaña estupidez! Solo al idiota que nos tocó aquí en Colombia. Si Dostoyevski lo hubiese conocido no habría escogido como idiota al príncipe, hubiera elegido a este, cuyo sueño es que lo posesionen como presidente en un cuartel, olvidándose que el poder civil es el que prevalece en las democracias. Los poderes militares siempre han sido características de las dictaduras.
Dostoyevski, levántate de la tumba y escribe El otro idiota. Te quedaría perfectamente bien.
Pero, además de querer que su posesión se haga en un cuartel, el idiota quiere que sea en un lugar distinto a Bogotá. Si no le gusta Bogotá no entendemos qué vino a hacer aquí; ha debido quedarse en su pueblo de origen. Estoy seguro de que allá haría menos daño que aquí. Pero al idiota no le gusta Bogotá, no le gusta el ajiaco ni la changua, entonces debería hacer como los burros: ¡que coma pasto! Tal vez eso le guste un poco más al idiota que tendremos como presidente.
Las cosas hay que decirlas cuando se sienten, y no más sino eso es lo que uno puede sentir cuando ve que, a más de ese derroche y de falta de cerebro, este idiota quiere crear dizque una capital alterna: que un tiempo la capital sea Bogotá y al otro Barranquilla. No hay ninguna razón para eso, solo que a él se le ocurrió; y a este idiota, como al príncipe de Dostoyevski, también se le ocurren tonterías.
A nuestro propio idiota se le ocurrió lo de la capital alterna porque se le dio la gana. No existe ninguna tradición democrática ni nada que justifique eso, pero como la plata es la del presupuesto y no la del bolsillo de él, cualquier cosa se puede inventar. ¿Se imaginan ustedes lo que cuesta montar una capital paralela? Eso implicaría adecuar o construir otra residencia presidencial, despachos para ministros y sus gabinetes; duplicar todo lo que hay en Bogotá para llevarlo para allá; lógicamente todo con la plata de nosotros los contribuyentes. Eso quiere hacer este individuo.
Pero el idiota también quiere acabar con la Unidad Nacional de Protección. Seguramente cree que los magistrados de las Cortes y que los políticos de diferentes partidos no requieren protección. Como según él hay que destripar todo lo que sea democrático y todo lo que huela a izquierda, entonces, pensará que acabando con la UNP se les facilitará la labor a sus destripadores, que irán persiguiendo por todo el país a aquellos que piensen distinto a él.
Qué tristeza que este país haya elegido a ese individuo en reemplazo de un nombre sensato, de un nombre modesto y sencillo como Iván Cepeda. El único cargo que este idiota le pudo hacer a Cepeda durante la campaña fue que Cepeda es comunista. Que es izquierdista, ¿y por eso se merece entonces que le robe las elecciones? ¿Se merece que lo destripen? Porque todo eso es lo que quiere hacer con quienes no están a su servicio.
Dostoyevski, por favor, levántate de tu tumba, recoge este nuevo idiota y escribe El idiota II. Este se acomodaría más a la idea que tenías tú cuando comenzaste a garabatear tu libro original. Aquí le pondríamos El idiota II o El idiota doble, porque en tu obra original el protagonista es un príncipe, aquí el idiota es un pendejo, porque de príncipe no tiene nada.
Este país no está bien, pero está mucho mejor que otros. Así le duela al idiota, nuestro actual presidente, Gustavo Petro, está catalogado como uno de los mejores gobernantes de la historia. Petro es quizá el mejor presidente que ha tenido la República de Colombia desde su independencia; así figura en los anales mundiales. Y cuando uno está en el exterior se siente orgulloso cuando por él le preguntan, porque Petro ha sido un hombre que ha despertado admiración por su capacidad, y porque si miramos, el país que más progresó en estos últimos cuatro años en Latinoamérica fue Colombia. Su moneda se valorizó; el dólar no se disparó; puso la economía en el lugar que le corresponde, y el manejo de esta fue reconocido ampliamente. Obviamente eso no le puede gustar al idiota porque a él no le gusta que al país le haya ido bien.
El idiota va a recibir un país saneado económicamente; con la deuda externa al día. Aquí no se le debe plata a nadie; todo se pagó. La economía es estable. Le subió el sueldo a las Fuerzas Armadas: se le comenzó a pagar a los soldados durante el servicio militar una suma más o menos decente para que puedan subsistir; lo que nunca se había hecho. Petro incrementó los salarios de la Fuerza Pública y le dio el estatus que merecía sin necesidad de hacer aspavientos ni de haberse posesionado en un cuartel.
De una cosa estamos seguros: de que ni El idiota, de Dostoyevski -o sea el príncipe-, ni el pendejete de acá, prestaron servicio militar. El príncipe Myshkin no estuvo en la guerra, ni siquiera en parada militar; mientras que el idiota de aquí se la ha pasado de quirófano en quirófano, haciéndose implante capilar aquí y allá. A eso se ha dedicado, a eso y a engañar a sus clientes. A tumbar a estafadores. El idiota ha defendido delincuentes, pero esos delincuentes han terminado tumbados. Si no me creen, pregúntenle a David Murcia Gurmán, el DMG, el de la pirámide. Pregúntenle qué le pasó y quién se quedó en últimas con la plata que era de los inversionistas. A los colombianos nunca les devolvieron nada. Se hizo una liquidación de esa compañía, se les ha pagado uno que otro centavo, pero la suma gruesa, la suma chévere, la que más valía, se la llevó el idiota; y la guardó en alguna de esas corbatas que usa, o en esos zapatos elegantes, o esos relojes de no sé cuántos millones. En fin, en lo que a él le fascina: la fantochería. Allá fue a parar la plata de los inversionistas de DMG.
Tampoco sabemos qué pasó con la plata de ese lavador de dólares que tenía el presidente Nicolás Maduro en Venezuela. Sabemos que a ese señor lo tienen preso, o lo tuvieron preso y lo extraditaron, lo trajeron acá y plata le sacaron. Y entre los que le sacaron plata está el idiota, -no precisamente el de Dostoyevski-. Ese personaje hoy está siendo procesados en los Estados Unidos. Raro que el señor Donald Trump -tan amigo de él- no le haya puesto el ojo, porque si ellos querían coger la plata que se había esquilmado el señor Maduro, pues debieron agarrar a este, que manejaba la plata y era su tesorero, el señor Alex Saab. A él nuestro idiota también le pegó una buena tumbada.
Yo tal vez me quedaría con El idiota de Dostoyevski, porque ese, además de enfermo, sí era idiota. Lo prefiero a él y nunca a este, que es un ‘vivo’ que quiere pasar como idiota. Si usted está leyendo esto y fue los que cometió -yo no diría la osadía- sino la estupidez de votar por este idiota, lo lamento y lo lamento mucho, porque las consecuencias las va a pagar todo el país.
Coletilla del director. En junio de 1953 Colombia entera se vistió y se puso de fiesta porque el general Gustavo Rojas Pinilla nos salvó de la sangrienta dictadura de “el monstruo” Laureano Gómez. Recuerdo que el pueblo estaba feliz como nunca. “El godo” salió del país con destino a España, donde gobernaba el sátrapa Francisco Franco, dictador perpetuo ultraderechista correligionario de Laureano. Pasaron muchos años y ahora, a falta de un dictador, Gómez el payaso nos trae a su gabinete a tres nietos de Laureano Gómez. De verdad que somos un país de malas, y al que no quiere caldo se le dan tres tazas. En otras palabras, al país que no quería un Gómez, se le dan tres nietos Gómez.
Coletilla por Deisdre Constanza. En política la lealtad es un valor escaso, y la traición suele llegar disfrazada de estrategia. El distanciamiento de Laura Sarabia y Angie Rodríguez con el proyecto político de Gustavo Petro, que las llevó a ocupar posiciones de poder, reabre un viejo debate. ¿Hasta dónde llega el compromiso con un gobierno y dónde comienza la conveniencia personal? Los cargos públicos no son patrimonio de quienes los ocupan; son una responsabilidad conferida por un proyecto respaldado en las urnas. Cuando las diferencias aparecen, existen caminos institucionales: el debate, la renuncia o la crítica abierta. Lo que nunca deja de generar preguntas es cuando, quienes fueron parte del círculo de mayor confianza, terminan convertidas en sus principales contradictoras. La política necesita más convicciones y menos cálculos. Porque la historia demuestra que las lealtades verdaderas se ponen a prueba en los momentos difíciles, mientras que las conveniencias cambian con la dirección del viento. Al final, serán los ciudadanos quienes juzguen si lo ocurrido responde a una legítima diferencia de criterios o una ruptura con el proyecto que un día decidieron representar.
Hasta la próxima.