Decía Mafalda en una de sus frases célebres: “Como siempre: lo urgente no deja tiempo para lo Importante”.
Y esto es lo que creo que pasa ahora en Colombia cuando intentamos adaptar el legado que nos ha dejado el feminismo de occidente. El problema es que siempre hemos querido tomar varios modelos y comportamientos europeos y hacerlos encajar a la fuerza con urgencia, esperando que tengan el mismo éxito en esta sociedad tan macondiana y esquizofrénica como la nuestra. O creyendo que los problemas de allá son también prioridad acá. Se nos ha olvidado algo: sí bien valores como la libertad y la igualdad no deben ser subjetivos porque representan la esencia misma del hombre (y en cualquier lugar del mundo deben tener la misma importancia), la manera de procesarlos en cada sociedad debe ser diferente. En este caso específico, aunque el feminismo nazca de un lenguaje universal, debe tener procesos individuales dependiendo del arquetipo histórico y cultural de cada nación.
Y digo esto, porque el feminismo es un movimiento en esencia, del espíritu humano: busca que hombres y mujeres sean vistos como iguales, en deberes y en derechos, en participación y en oportunidades, pero, sobre todo, en dignidad. Algo que claramente se ha deformado históricamente, y que ahora, en este siglo, se busca normalizar.
Hace unas semanas leía con total desconcierto un tweet de la periodista Paola Ochoa, la cual hacía un llamado con total desazón: “A ella se le ven las piernas… A él sólo la chaqueta. ¿En serio @RedMasNoticias , @JuanLozano_R? ¿Otro noticiero con la mujer como objeto? ¿Como mercancía que vende sexo? Esto es endémico y con raíces muy profundas. Y ustedes deberían empezar por cambiar la escenografía.” (sic). La fotografía era un panel de un noticiero donde una periodista estaba sentada con sus piernas cruzadas, las cuales eran visibles, al lado suyo se encontraba su colega varón y desde su sección solo podía apreciarse del torso para arriba. La queja era porque al parecer, la ubicación de la mujer era mal intencionada y llamaba a verla “como objeto” y como “mercancía que vende sexo”. Me pregunto yo, en un mundo habituado a transgredir lo que es censurable: ¿Podrá tener hoy en día tal efecto de provocación sexual las canillas de una periodista? Seguramente exista un tipo de parafilia para este órgano del cuerpo, pero más allá de algunas aberraciones (que para todo las hay), no encuentro cómo puede asociarse esta “intencionalidad” (que no sabemos si fue mera coincidencia), con lo que significa en realidad tomar a una mujer y volverla un objeto sexual. Igualmente, hace un tiempo, esta misma periodista nos hacía un llamado a nosotras las mujeres, a no caer en la trampa de seguir fomentando la fantasía del sexo con niñas, esto porque según ella, el depilar nuestro vello púbico, alimentaba el modelo que la pornografía había sembrado en la cabeza de los hombres, al presentar a estas mujeres depiladas como objeto de deseo, algo que era una característica propia de las menores de edad, ( como sí en la pornografía no existiera los tipos de fantasía asociados a una mujer velluda). Al depilarnos, contribuíamos a que un pederasta naciera, desafiando todo tratado de psiquiatría que se haya podido escribir sobre esta enfermedad. Aquí dejo el artículo completo para que saquen sus propias conclusiones (ver aquí).
Es claro que en Colombia ha sido el periodismo, el campo que ha visibilizado las problemáticas machistas, y en consecuencia, ha impulsado el discurso feminista. Celebro y aplaudo cuando se hace con responsabilidad: creando una sinergia adecuada entre los principios universales de dignidad e igualdad, con las problemáticas sistemáticas y reales que ocurren en el país: feminicidios, violencia intrafamiliar, pederastia, pornografía y prostitución infantil, abusos sexuales a menores de edad, abusos sexuales a mujeres de todas las edades, reclutamiento forzoso a niñas y adolescentes por parte de grupos al margen de la ley, abusos psicológicos y físicos dentro de las relaciones de pareja, acoso sexual en ámbitos laborales. No celebro tanto el periodismo que deforma con ligerezas cualquier comportamiento como sexista y lo antepone para visibilizarlo y denunciarlo, antes que darle espacio a los miles de problemas anteriormente mencionados, problemas en los que Colombia lamentablemente siempre lidera la lista y que, en mi opinión, deben ser siempre prioritarios en la voz y letra del periodismo.
En países como Islandia, Noruega o Suecia, protestan por el lenguaje incluyente, por los derechos individuales y personales de la mujer; protestan por su derecho a no depilarse, a no usar falda, se pronuncian contra el coqueteo torpe y puedo entender por qué exploran activamente estos temas, que aunque son muy cuestionables para mi visión feminista, son adecuados según el propio proceso de su sociedad; según el Informe Global sobre la brecha de género, éstos países y otros europeos son lideres en la equidad de género; la maternidad, la participación política, económica, laboral son asuntos casi resueltos donde la mujer es vista como un igual al hombre. Ni que decir de los feminicidios o la violencia física contra la mujer, aunque como en cualquier lugar del mundo pueden y lamentablemente deben existir casos aislados, no se convierten en un problema sistemático, que debe ser tratado social y estatalmente tal y como ocurre en Colombia.
Camilla Plagia, feminista estadounidense, altamente cuestionada por otras colegas suyas por no incurrir en lo políticamente correcto, afirma que existen elites feministas desde los años 70’s quienes empezaron a imponer una corriente “que se centraba en las burguesas de profesiones liberales, principalmente profesoras y periodistas”. Decía algo que me recuerda a mujeres como Paola Ochoa, como algunas otras periodistas, activistas y políticas colombianas, con columnas enteras y formatos digitales light, con propuestas y discursos que dedican su tiempo a reproducir una visión alterada de feminismo, que lamentablemente está pegando acá, sin ningún rigor de fondo y es replicada por miles de jovencitas influenciables como una verdad absoluta: “Ese tipo de feministas creen saber qué es lo mejor para las mujeres. Pero lo cierto es que sólo están centradas en hacer carrera y no se dan cuenta de lo distintas que son sus vidas de las mujeres de clases trabajadoras que pretenden representar. Hay una actitud muy elitista en el feminismo. Y las periodistas y las que se llaman intelectuales tienen mucha culpa.”
El pasado 8 de marzo, activistas iraníes y varias mujeres del común de países del golfo pérsico, protestaban por la desigualdad social que existe en sus países y que a veces, por hacerla visible, comprometen sus propias vidas; protestaban por sus derechos civiles y patrimoniales; por las brechas salariales diferenciales entre hombres y mujeres, en Irán, ser mujer significa ser ciudadano de segunda categoría. En Sinyar, una pequeña provincia de Irak, hace unos años empezaba a surgir un movimiento de liberación de guerrillas conformado por mujeres kurdas, quienes no solo le hacen frente al Estado Islámico militarmente, sino son ejemplo de liberación femenina para las mujeres que sufren fenómenos como la violencia doméstica y las leyes como el matrimonio forzado. Estos países son una muestra de cómo se puede establecer un feminismo universal que confluya naturalmente con las necesidades propias de su sociedad y no con las del vecino.
Acá en Colombia, existen mujeres con voz e influencia, que en lugar de dedicar su potencial periodístico o social para denunciar sin cesar los casos DIARIOS que comprometen la integridad física y emocional de las mujeres y niñas, dedican su preciado tiempo a protestar por el vello, por el “todos y todas” o por unas piernas en televisión, como si fuéramos Islandia.