Apariencia
Apoyar a La Nueva Prensa

El guardián que espía en la sombra y el oscuro expediente de la firma española Mnemo en las entrañas del endeble sistema electoral colombiano

Thomas Greg no es la única mano privada que toquetea y hurga los resultados electorales., MNEMO, firma española salpicada por espionaje internacional y contratos a dedo, custodia hoy sin garantías la ciberseguridad de la Registraduría Nacional del Estado Civil. Pese a operar bajo una opaca “caja negra” tecnológica tras el caos electoral de 2022, la multinacional expande sus tentáculos en el Estado colombiano.

La democracia colombiana descansa sobre un cableado invisible. En el subsuelo de los algoritmos, los servidores y el flujo de millones de datos que definen quién gana y quién pierde una elección, habita un guardián silencioso. Se llama MNEMO. Para el ciudadano de a pie, el nombre evoca una abstracción tecnológica más; para las altas esferas del poder, es el gigante español de la ciberseguridad contratado por la Registraduría Nacional del Estado Civil para proteger la infraestructura más crítica de la nación: el voto popular.

Sin embargo, cuando el encargado de asegurar los cerrojos digitales de la democracia arrastra un historial salpicado por el espionaje corporativo, las cloacas políticas internacionales y adjudicaciones multimillonarias a dedo, la promesa de “seguridad” adquiere el tinte siniestro de una amenaza. MNEMO, a través de su filial MNEMO Colombia S.A.S., se ha convertido en una paradoja viviente: el custodio de las urnas electrónicas bajo sospecha permanente de vulnerabilidad y abuso de poder.

Para entender cómo una firma de seguridad informática termina convertida en el epicentro de la desconfianza institucional en Colombia, es necesario viajar a Europa, al gen original de sus cuestionamientos. MNEMO no es un actor neutral en el ajedrez de la ciberinteligencia. Su nombre quedó grabado con tinta indeleble en las páginas más oscuras de la política española durante la era del presidente José Luis Rodríguez Zapatero.

Allí, en los pasillos de la Policía Nacional y las redes de inteligencia privada ibérica, la firma se vio envuelta en un ruidoso escándalo de corrupción y espionaje ilegal. Su know-how no se limitaba a repeler ataques de piratas informáticos; las investigaciones judiciales europeas apuntaron a que sus tecnologías e infraestructuras servían para penetrar comunicaciones, elaborar sofisticados perfiles ideológicos y ejecutar chantajes corporativos.

Con ese turbio historial a cuestas, la multinacional cruzó el Atlántico para venderle al Estado colombiano lo que en Europa se le cuestionaba: blindaje y protección. El contraste resulta asombroso. El país entregaba las llaves de sus datos reservados a una corporación que ya sabía lo que era operar en los bordes subterráneos de la ilegalidad.

Espionaje con dineros públicos

El desembarco de MNEMO en los contratos estatales colombianos dejó una estela de alertas tempranas que las autoridades prefirieron ignorar durante años. Un rastreo pormenorizado a la contratación de la Contraloría General de la República entre los años 2013 y 2014 desnudó el primer gran modus operandi de la firma en el país.

Bajo la eterna mampara de la “seguridad institucional” y la supuesta urgencia por proteger datos de carácter reservado, la Contraloría —el mismísimo ente encargado de vigilar la moralidad pública— amparó bajo la modalidad de contratación directa (el tradicional contrato “a dedo”) una serie de adjudicaciones express que superaron los 12.000 millones de pesos. Solo en un tramo del año 2014, MNEMO recibió cinco contratos consecutivos sin competir con nadie, eludiendo las licitaciones públicas que garantizan la transparencia del mercado.

Mientras la chequera pública se vaciaba en favor de la multinacional española, un fenómeno criminal paralelo se gestaba en los sótanos de la institución. Las investigaciones de la Fiscalía General de la Nación y revelaciones periodísticas de Noticias Uno destaparon una macabra coincidencia: con la tecnología contratada a MNEMO, supuestamente adquirida para defender los sistemas del ente fiscal, se estructuró un aparato de interceptaciones y seguimientos ilegales.

Los objetivos de las “chuzadas” no eran ciberdelincuentes internacionales, sino magistrados, líderes de la oposición y un grupo de periodistas de investigación independientes que resultaban incómodos para la administración de turno. Los recursos destinados a combatir la corrupción terminaron financiando el espionaje contra la prensa libre. MNEMO proporcionaba las herramientas; el poder local, las víctimas.

El apetito contractual en torno a la firma coincidió con épocas de intensa agitación política. El asombroso frenesí contractual registrado en la Contraloría, donde se firmaron 410 contratos por un valor de 26.000 millones de pesos en un margen de tan solo once días —justo antes de que entrara en vigencia el candado de la Ley de Garantías Electorales—, demostró cómo la contratación en seguridad se utilizaba para evadir los controles estatales.

Este comportamiento sembró una semilla de duda que jamás pudo ser erradicada: ¿Por qué el afán de amarrar contratos multimillonarios de ciberseguridad a las puertas de los comicios? La sospecha de que estos recursos y tecnologías se utilizaban para influir de manera soterrada en los procesos electorales comenzó a tomar fuerza entre veedores ciudadanos y expertos en transparencia, quienes vieron en estas maniobras un flagrante abuso administrativo para saltarse las leyes que obligan a la imparcialidad en tiempos de urnas.

A pesar de los antecedentes de espionaje en España y los ruidos de interceptaciones ilegales en la Contraloría, la Registraduría Nacional del Estado Civil decidió elevar a MNEMO a la categoría de socio estratégico para la democracia. La firma se encaramó en el corazón del sistema electoral, asumiendo la operación de los Centros de Operaciones de Seguridad (SOC). Su labor declarada: monitorear las plataformas las 24 horas del día, los 7 días de la semana, y desplegar capacidades de ciberinteligencia durante las jornadas de votación.

“Le entregamos las llaves de la casa al vecino sospechoso, esperando que nos cuide de los ladrones”, comentaba un analista político bajo reserva durante los tensos días de 2022.

El colapso de la confianza pública llegó en marzo de 2022. Las elecciones legislativas de ese año se convirtieron en un caos institucional debido a las profundas irregularidades, inconsistencias y desfases entre el preconteo y el escrutinio final. Aunque la Registraduría se apresuró a catalogar los hechos como errores humanos de los jurados o fallas de transmisión, los partidos políticos de todas las vertientes y las misiones de observación internacional posaron su lupa sobre el entramado tecnológico privado: Indra, Thomas Greg y, por supuesto, MNEMO.

La crítica contra la firma española no se centró en un hackeo masivo comprobado, sino en algo mucho más grave para la legitimidad democrática: la absoluta opacidad. Sectores de la oposición y veedurías ciudadanas denunciaron que los sistemas de defensa y los algoritmos provistos por MNEMO operaban en una “caja negra” inaccesible para auditorías públicas independientes. La seguridad que ofrecía la firma era, paradójicamente, una fuente de inseguridad jurídica. Nadie por fuera de la empresa y la cúpula de la Registraduría podía verificar a ciencia cierta qué pasaba con los datos de los votantes colombianos dentro de esos servidores blindados.

El desenlace de esta historia no registra sanciones drásticas ni contratos rescindidos. En el universo de la contratación tecnológica estatal, el cuestionamiento público rara vez frena el flujo del dinero público. Lejos de replegarse tras los escándalos de espionaje en la Contraloría o las dudas electorales de 2022, MNEMO ha consolidado a Colombia como su principal mina de oro corporativa en la región.

Hoy en día, la relación con la Registraduría se mantiene intacta bajo el argumento de la “continuidad del servicio”. En sus informes corporativos emitidos en Madrid, la multinacional saca pecho y asegura haber consolidado uno de los sistemas de infraestructura crítica electoral más sólidos de Latinoamérica. Mientras el país debate la fragilidad de su sistema de votación, la empresa reporta cierres exitosos y ganancias millonarias.

La ironía es absoluta. Quienes ayer fueron investigados por la Fiscalía por presuntamente facilitar el espionaje a periodistas y opositores en la Contraloría, hoy no solo custodian los votos en la Registraduría, sino que han diversificado sus tentáculos en todo el espectro del Estado colombiano. MNEMO opera actualmente los Centros de Operaciones de Seguridad de carteras tan estratégicas como el Ministerio de Hacienda y el Ministerio de las TIC (MinTIC).

El modelo de subcontratación electoral

La Registraduría Nacional no suele contratar a MNEMO de manera directa o individual, sino que la firma opera camuflada dentro de los megacontratos logísticos de la entidad. Específicamente, la multinacional entra como el aliado estratégico de ciberseguridad del gran consorcio DISPROEL (liderado tradicionalmente por Thomas Greg & Sons), asumiendo la responsabilidad técnica de montar el Centro de Operaciones de Seguridad (SOC) para blindar el software de preconteo y escrutinios en las jornadas de votación.

Más allá del frenesí electoral, MNEMO mantiene su vigencia en la entidad mediante contratos de soporte y mantenimiento para la infraestructura permanente del Estado, como las bases de datos de biometría y el archivo nacional de identificación. Bajo el argumento de proteger la “seguridad nacional” e “infraestructura crítica”, la Registraduría recurre con frecuencia a la contratación directa o adiciones presupuestales, justificando que cambiar de proveedor tecnológico pondría en riesgo la estabilidad y los datos de los colombianos.

En conclusión, la presencia actual de MNEMO en el poder electoral colombiano se asegura por dos vías: mimetizada dentro de las Uniones Temporales que ganan las licitaciones de logística de votación, o mediante contratos directos de soporte perimetral diarios para los servidores de la entidad. De esta forma, la cuestionada firma española ha logrado garantizar su continuidad y un flujo constante de recursos públicos a pesar del abierto clima de desconfianza política.

Los hilos del dinero del erario colombiano, las comunicaciones estatales y los votos de los ciudadanos confluyen en la misma matriz tecnológica de origen cuestionado. La crónica de la ciberseguridad en Colombia es, al fin y al cabo, la historia de un país que decidió confiar sus secretos más íntimos y su soberanía democrática a un guardián extranjero que ya ha demostrado, en más de una ocasión, saber cómo mirar a través de las cerraduras.