El policía se secó las lágrimas y, mientras trataba de retomar su postura de fortaleza, me aconsejó:
—Señorita, no vuelva a hacer eso, usted no puede ir persiguiendo a cuanta mujer se le cruce por el camino, por el solo hecho de tener el mismo olor de su madre. No siempre va a salir bien librada, se puede meter en líos.
Le agradecí (por pura cortesía) su consejo y salí de aquel barrio, mientras internamente sostenía un diálogo en el que concluía que, si se me presentara la oportunidad, lo volvería a hacer nuevamente.
Esa mañana, hace varios años, iba al centro de la ciudad a hacer una diligencia. Tomé el transporte público y durante el viaje me dormí. Pero de un momento a otro, algo me despertó sobresaltada: sentí un aroma muy particular, sabía que no era extraño, por el contrario, era algo muy familiar; recordé de inmediato a mamá.
Creo que cada uno tiene una imagen y un recuerdo únicos de su propia madre, y que el olor es una de esas características exclusivas. Tal vez por eso evoqué los años en los que viví con ella. Entonces, ¿cómo no intranquilizarme con esa sensación? Mi olfato no podía fallarme, pensé. Me puse muy ansiosa y busqué de dónde provenía el olor, y a unas cuantas sillas estaba una mujer a quien le calculé la edad y, luego de que la emoción me llevara a hacer toda clase de conjeturas, deduje que podía ser ella, “mi mami”, quien años atrás había desaparecido en la tragedia de Armero.
Decidí que no me bajaría del bus hasta que esa mujer no se bajara. Y así lo hice, aunque no era mi destino final, pues ella iba hasta un barrio a las afueras de la ciudad. Sin pensarlo dos veces, pero sin tener el coraje de hablarle, de preguntarle, de manifestarle mi duda, la seguí. Caminé detrás de ella unas cuadras hasta que entró a una papelería. Decidí ubicarme en una silla del parque situado enfrente.
Tenía la intención de esperar a que saliera del lugar para acercarme y contarle mi inquietud. Estando ahí sentada, se aproximaron dos policías en moto y uno de ellos se bajó.
—Señorita, buenos días, ¿vive usted en el sector? ¿Podemos ayudarle en algo?
Intuí que algo no iba bien y me asusté. Lo único que se me ocurrió fue sacar la cédula y presentarme. El hombre la miró, consultó algo con el otro y vino otra vez a mi lado. Me dijo que alguien los había llamado por una persecución.
—Pues sí señor, la verdad es que llevo siguiendo a la mujer que está en ese negocio desde que veníamos en el bus.
Le conté además que durante mucho tiempo he buscado a mi madre y que cualquier presentimiento o pista, por pequeñas que sean, representan una esperanza. Me preguntó por qué había seguido a esta señora y le dije que su olor me era muy familiar. El hombre me contó que ella estaba asustada y por eso los llamó. Mi cara se transformó y él se sentó a mi lado como queriendo escuchar más de mi relato.
Armero, el Armero que ya no es un espacio geográfico pero que ocupa un lugar en mi corazón y cuyos recuerdos atesoro y nunca quiero dejar escapar, fue el sitio donde la tragedia hizo que mi familia, mi colegio, mi barrio… desaparecieran. La noche de la avalancha todo lo físico se acabó bruscamente para miles de personas. Muchos murieron allí, otros escapamos del horror y así hemos pasado los años… buscando, buscando, buscando, tratando de darle un final a esta historia; rogando por que alguna mañana despertemos sabiendo dónde están nuestros seres amados, si alguien los habrá ayudado luego de la avalancha, si formaron nuevas familias, si nuestros niños recuerdan algo de ese horror, si los adoptaron y les prodigaron el amor necesario para hacerles más llevadero el recuerdo de esta noche trágica. Navidades, años nuevos, cumpleaños, días de la madre, días del padre, tantas celebraciones que se nos quedaron pendientes…
A medida que yo iba avanzando en detalles sobre mi amado pueblo, sobre mi madre y mi hermanita desaparecidas y sobre mis fallidos intentos de encontrarlas, él se fue solidarizando hasta el punto que sus ojos empezaron a aguarse. Estando en esta charla, vi que la mujer se fue del lugar y lamenté no haberle hablado.
Me despedí de los policías y salí de ese barrio desconocido, al que llegué por pura sospecha.
Después, reflexionando largamente, caí en cuenta de que era solamente el olor lo que me había llevado a eso, pues en su aspecto físico no había ninguna coincidencia. Pero… también era posible que ella hubiera cambiado. ¡Vaya uno a saber qué tantas cicatrices y maltratos le hayan podido quedar a mi madre luego de la catástrofe!… Lo único de lo que tengo certeza es que sí sobrevivió, pues personas conocidas me aseguraron que la vieron viva, muy herida y desubicada mentalmente, pero viva al fin y al cabo.
Después de tantos años me siguen rondando las dudas: ¿Dónde estará? Y si la encuentro… su mente será mi cómplice ¿y le permitirá recordarme?
Así, buscando, recordando, imaginando, creando finales para mis seres desaparecidos, han transcurrido varias décadas. Tal vez nunca las encuentre y entonces esa incertidumbre de no saber qué pasó con ellas es algo que me acompañará por siempre.
A María del Carmen, a miles más…Feliz día de las madres.