Editor: Francisco Cristancho R.
No está mal imitar a otros, lo que está mal es imitar lo peor de los otros.
Hay individuos que son imbéciles, pero no tienen cara de serlo; y hay otros que, además de serlo, tienen cara de imbéciles. Me refiero a un personaje que, nada más al mirarlo, causa repulsión: el señor Donald Trump, presidente de los Estados Unidos.
Díganme quién puede sentir satisfacción al verle la cara a ese zanahorio. Este señor con esa cara de amargado, con esa cara de envidia, esa cara de creer ser el que más sabe, el creerse dueño de la verdad. Realmente, si la verdad existiera como algo absoluto, jamás tendría la cara de Trump, porque Trump tiene cara de mentira.
La prueba de que ese señor es todo mentira, es que nadie le ha podido comprobar ni una sola verdad. A él solo se le puede coger en lo que es: un mentiroso consumado. Pero además de mentiroso, es envidioso. Envidioso porque él le tiene envidia al que triunfa. Le tiene envidia a todo aquel que le va bien en la vida. Él cree que la única persona que tiene derecho a estar acertado en algo es él.
Quienes hemos podido seguir las metidas de pata de este individuo, llegamos a la conclusión de que nunca acierta en nada. Los asesores de él, esos lambe-micas que andan detrás de él, son los que le hacen el trabajo, son los que le dicen qué tiene que hacer y qué no. No he visto una sola cosa en la que él haya acertado. Él termina haciendo cosas porque sus asesores se las hacen, no porque él sepa.
Donal Trump es absolutamente incompetente. Sí alguna vez ustedes necesitan un cerebro, no pidan prestado el de Trump, porque ese sujeto no tiene cerebro. Ese sujeto tiene una coca, que podría llamarse cráneo, en la que le han echado un poco de agua y algunas sustancias maléficas, pero inteligencia no cabe en aquella coca.
En la cabeza de Donald Trump no puede haber inteligencia, porque la inteligencia es incompatible con temperamentos como el de este señor. Él es un hombre envidioso, un amargado, un sujeto que teme que a los demás les vaya bien. A él lo que le da miedo es que a la gente le vaya bien.
Donald Trump quiere que le vaya mal a todo aquel que está al lado suyo. Trump cree que el único inteligente en este mundo es él, y siempre que habla lo hace ex cátedra para que la gente siga el ejemplo de él; y yo le digo una cosa a mis amigos: nunca vayan a seguir el ejemplo de una persona como Donald Trump, porque eso sería seguir el ejemplo de la gente envidiosa, de la gente sin escrúpulos, de la gente que le quita a los demás sus méritos.
Trump no es un tipo que valga la pena imitar, es un tipo al que se debe rehuir. Es alguien al que no se le debe mirar ni siquiera para determinar qué gestos hace. Él es, como dice el entomólogo, un mal bicho.
¿Y por qué menciono al entomólogo? Porque el entomólogo es el que estudia los insectos, y yo estoy convencido de que a Trump solo se le puede dar ese tratamiento: el de insecto.
No creo que haya racionalidad dentro de esa coca desocupada, porque cuando lo escucho hablar me recuerda a los radios viejos. El radio viejo se cambia solo de estación, y así es Donald Trump: se cambia de estación sin saber por qué. Está hablando de una cosa y de pronto se brinca de dial y termina hablando de otra; pero él cree que lo hizo divinamente.
Donald Trump cree que él es perfecto y, eso sí, que no se le ocurra a alguien criticarlo. A él solo podrá usted alabarlo. Él nació solo para recibir alabanzas de esos lame-zuelas que hoy son sus ministros y secretarios de Estado, o como quieran llamarlos.
Cuando uno se pone a escuchar lo que él está diciendo y cómo hila una palabra detrás de la otra, llega a la conclusión de que no es más estúpido porque el grado de estupidez ya es el máximo.
Trump escupe envidia. Trump escupe rabia. Él no tiene nada más. Yo me he puesto con cuidado a escuchar las barbaridades que ese sujeto dice, ¿y cuándo habla bien de alguien? él nunca habla bien de nadie. Él solo habla bien de Donald Trump. Si le preguntan ustedes a Trump, ¿cuál es el tipo más inteligente que él ha conocido?, no vacilaría un instante en decir “¡Yo!”, porque el yoismo es la religión de él. Él es lo importante, él es el que sabe, él es el que puede, y él es el que hace. Los demás son ineptos.
Un mundo que es manejado por líderes de la talla de Donald Trump es un mundo llamado al fracaso. Y eso es lo que estamos viendo: el mundo cada día está peor, porque cada día hay más Trump’s metiendo las narices en todas partes.
Señores, si quieren seguir un ejemplo, sigan cualquier ejemplo, menos el de Donald Trump. Sigan si quieren, sigan el de los caníbales, que terminaron alimentándose del cuero de otros seres humanos, porque Trump solo se alimenta de la envidia que recibe y que le produce el ver que otras personas son mucho más capaces que él.
Espero que saquen alguna enseñanza de aquí, por lo menos lo siguiente: ser cualquier cosa en la vida, menos un émulo de Donald Trump.
Coletilla de Deisdre Constanza: Bogotá, capital del caos sobre ruedas. Donde salir de la casa es un acto de fe y regresar un milagro. Semáforos eternos, trancones creativos porque aquí se inventan a diario una protesta, vías en arreglo permanente. Buses, motos y carros compitiendo por quién ignora mejor las normas. Vivir en Bogotá implica aprender que la paciencia no es una virtud, es requisito de supervivencia, y mientras tanto el reloj avanza, el estrés sube y el tráfico jamás baja. Y no falta el toque poético, lluvia a la hora pico, un choque leve o un accidente de moto, que no falta, paralizando media ciudad. Obras que nadie ve terminar, pero que siempre están ahí, fieles como el trancón. En Bogotá el GPS no orienta, se resigna, antes de que se enloquezca. Aquí no se mide la distancia en kilómetros, sino en paciencia perdida y cafés fríos. Porque en esta ciudad moverse no es un derecho, es una prueba diaria de resistencia. Es mejor quedarse en la casa, que salir a desafiar la salud mental y el mejor plan es no tener que salir.
¡Hasta la próxima!
