En Colombia nos distinguimos por ser echados pa’ lante y recursivos. Menos disciplinados que los japoneses, pero más despiertos que cualquiera. De aquí han salido inventos serios: la válvula de Hakim, el marcapasos externo, la Bolsa de Bogotá. Y, al lado de eso, nuestras joyas criollas: el tinto con panela, la empanada bailable, el sancocho trifásico.
Pero, como buen país creativo, también hemos parido innovaciones más tenebrosas: el cartel de la toga, las chuzadas del DAS, el proceso 8.000, los falsos positivos… Siempre encontramos la forma de usar el Estado como laboratorio. Y ahora, a ese catálogo de “grandes hitos nacionales”, podemos sumarle una creación muy de esta era de redes y rating: el emprendimiento de Day.
No es una sociedad anónima ni una SAS, pero tiene todos los elementos de un negocio bien montado: una protagonista con dolor real, un ex con valor simbólico, una Fiscalía con silencios oportunos y una precandidata con micrófono. El piloto se hizo con Nicolás Petro; la prueba de escalabilidad llegó cuando se supo que la ex de Miguel Ángel del Río, en un chat, decía que ya había buscado a Day y que Day, muy diligente, la “canalizaba” con Vicky Dávila. Y sí, señores: empezó la misma terapia que se aplicó desde Semana a Nicolás, pero con nueva víctima: la dignidad de Miguel Ángel del Río.
El libreto se ve clarito: si el hombre tiene peso político, jurídico o mediático, el dolor se vuelve materia prima. Puede que Nicolás no tuviera gran prestigio ético en el país, pero ser hijo del Presidente lo hacía un objetivo perfecto. A golpes contra él, se golpeaba a su padre y, de paso, se alimentaba la narrativa de la oposición. Ahora, con Del Río, la cosa no es tan distinta: penalista mediático, enemigo útil para cierto uribismo y símbolo incómodo para otros. Cambia el muñeco, se mantiene la fórmula.
Mientras tanto, Day crece en seguidores y trending topics: más vistas, más entrevistas, más influencia. Ya se volvió una marca. Ya no es solo “la ex de Nicolás”, sino una especie de gurú del despecho judicial.
Porque el modelo no es solo emocional: tiene su componente institucional. Day fue beneficiaria de un principio de oportunidad, con delitos graves en juego. Eso, en teoría, debería implicar discreción, lealtad procesal, entrega completa de bienes, respeto a las víctimas.
En la práctica, lo que ve el país es otra cosa: una testigo que administra su historia como franquicia, dosifica chats, se burla de Nicolás (al que ha presentado como mantenido, flojo, inútil) y, cuando le hacen preguntas técnicas, se refugia de inmediato en el discurso de violencia de género, como si toda crítica jurídica fuera un acto machista.
A la vez, están las conversaciones con su propia madre, donde, según se ha revelado, no se habla de justicia, sino de venganza: dejar a Nicolás “en la calle”, no dejarle nada. Todo mientras él es el que aparece cargando con la imputación por carros, casas y dineros, y ella se mueve con mucha más comodidad entre el rol de víctima, testigo y personaje mediático.
En el borde del escenario aparece otra figura olvidada: Laura Ojeda, la amiga que terminó siendo pareja de Nicolás. Si el emprendimiento de Day tuviera términos y condiciones, Laura sería la afectada principal: datos personales, chats, intimidad, todo convertido en combustible para el drama. En teoría, Day debería responder penalmente por lo que se hizo con la información de Laura; en la práctica, la Fiscalía de Laborde parece más preocupada por mantener sana y salva a su testigo que por garantizarle justicia a esa mujer concreta. Celestina institucional, pero celestina selectiva.
Y, por supuesto, nada de esto funcionaría igual sin la pieza clave del ecosistema: la precandidata–periodista con medio propio. Vicky Dávila recibió, guardó y explotó la información entregada por Day cuando el objetivo era Nicolás. Ese material, que en cualquier sistema serio sería objeto de discusión sobre reserva procesal y ética periodística, aquí se recicló como contenido y ahora como capital político. Por eso, cuando la ex de Del Río va donde Day, la ruta es obvia: “te pongo con Vicky”. Sin altavoz, no hay emprendimiento.
Todo esto ocurre, hay que insistirlo, sin que exista todavía una sola condena en firme contra ninguno de los nombrados. La presunción de inocencia es de ida y vuelta: para Day, para Nicolás, para Del Río, para Vicky, para los fiscales de turno. Justamente por eso el fenómeno es tan peligroso: se mueve en el terreno previo a cualquier decisión judicial, donde la reputación puede quedar destruida para siempre, aunque más adelante el derecho termine absolviendo.
Por eso, cuando hablamos del “emprendimiento de Day”, no estamos describiendo un chisme más, sino un formato perverso: el dolor íntimo convertido en arma pública; la Fiscalía convertida en socia silenciosa; el periodismo transformado en plataforma de campaña; y la justicia convertida en escenario de serie por entregas.
Colombia, país de inventores, ya tenía suficientes patentes luminosas y suficientes horrores judiciales en su historial. No necesitaba este nuevo invento. Pero aquí está, funcionando a plena marcha. Y mientras nadie le ponga freno, y sí, hablo de la fiscal general que la respalda, la frase seguirá flotando en el aire, medio en chiste, medio en serio:
“Si tiene un problema pasional, quiere vengarse y el tipo tiene algún valor político… llame ya. Los emprendimientos de Day están al servicio de su despecho.”
Adenda: qué vergüenza con las mujeres que realmente sí enfrentan violencia de género y con abandono total de la Fiscalía; qué vergüenza que este emprendimiento no se compadezca de la lucha histórica de las mujeres que han dado todo por su reconocimiento e igualdad. Ahora digan que opinar esto es machismo.