¿Qué es la memoria, Joe?
para Joe Broderick
¿Qué es la memoria, Joe? ¿Cuándo empieza? ¿Acaso, como tú dices, con lo primero que recuerdan los ojos?
Si esto fuera así, ¿cuál es la primera imagen tuya que tengo? ¿Cuál es mi memoria de Joe Broderick?
Un libro: Camilo Torres El cura guerrillero, en la edición del Círculo de lectores (la primera que se hizo en Colombia). Me lo regaló un profesor de filosofía de mi colegio. Me escribió en la primera página: “Para Alvaro Castillo, Deseando que siga creciendo en amor a la poesía, en amor a nuestro pueblo oprimido, en amor a la amistad que hace a todos los hombres iguales y hermanos. 19-Julio-85”. No la firmó. No sé por qué. Por eso no escribo su nombre, lo recuerdo, para respetar ese silencio.
Fue un libro que devoré y me marcó para siempre. La puerta de entrada a esa figura inmensa que es Camilo Torres Restrepo. Ahora que lo pienso, para todos los que no tuvimos la oportunidad de conocerlo, el Camilo que llevamos todos es el suyo, el de Joe Broderick. Qué tampoco lo conoció. Siempre va a ser un misterio el cómo este aprendiz (en ese momento) de biógrafo fue capaz de construir y contar a un personaje, logrando que se transformara en la imagen que todos llevamos con nosotros. Su Camilo es nuestro Camilo. Esta es una hazaña inexplicable que sólo el talento y la pericia de un escritor puede lograr sin pretenderlo. Tal vez el camino para conocerlo y contárselo a sí mismo, primero en un idioma que no es el nuestro pero sí el suyo, y después traducirlo a una lengua que es la nuestra y terminará siendo la suya, hizo que ese descubrir al personaje se convirtiera también en la experiencia del lector.
Lo he visto muchas veces a lo largo de estos casi 40 años de librero.
La primera vez no fue como el autor de la biografía sino como el editor de las Cartas de Ripol (Editorial El Labrador, Bogotá, 1989), el epistolario entre Fernando González y Andrés Ripol. Más que como el editor, como el distribuidor. Ya llevaba un año de empezar en mi oficio de librero. Iba a la librería a dejarlo en consignación. Hablaba con Gloria Moreno, la dueña. Yo lo veía sabiendo quién era y cuánto le debía pero sin atreverme a decírselo. Este pudor, esta timidez, de no atreverme a hablarle a un escritor para agradecerle lo que le debo a la lectura de sus libros me acompañó durante mucho tiempo. En ese entonces yo era un joven delgado, lampiño, con pelo y pelo largo.
Pasaron ocho años para que me atreviera a pedirle una dedicatoria. No fue en la biografía de Camilo. Fue en su traducción de los poemas de Seamus Heaney. Recuerdo que lo llamé para pedirle que nos la llevara, en consignación, a la librería. Ya para entonces no era Enviado Especial Libros sino Norma Ramos Libros. Nuevamente fue como distribuidor. Me regaló un ejemplar. Escribió: “Para Álvaro Castillo a quién, lo sé, le van a gustar estos versos -y mis versiones- con el más cordial del editor/traductor Joe Broderick Bogotá / 22 marzo 97”. No le dije, tampoco, ni una palabra de lo mucho que le agradecía y le debía. También, esta vez por su oficio de traductor, el primer Seamus Heaney que conocimos en Colombia fue el suyo. Que se transformó en el nuestro.
“Y pasó el tiempo, y pasó / un águila por el mar”. Cruzándome, cruzándonos, de cuando en cuando. Me llamó a la librería. Ya era San Librario Libros. Habían pasado nueve años. Era el 2009. Necesitaba la versión que hizo León Felipe de Canto a mí mismo (la suya se llamó Canción de mí mismo). La estaba traduciendo. Se la conseguí. Fue a la librería. Estaba feliz. ¿Quién le habrá hablado de mí? ¿Quién le dijo que yo podría conseguirle ese libro? Esa respuesta no habita en mi memoria. Mejor. Eso hace posible la invención de una leyenda.
¿Qué es la memoria, Joe? ¿Cuándo empieza?, vuelvo a preguntarme ahora, que estoy sentado escribiendo este texto que me viene habitando desde hace tiempo y que hasta hoy, 20 de octubre de 2026, encontró la primera frase que le permitiera empezar a desatarse. A convocar recuerdos para construir una historia, la de alguien que una vez tuvo dieciséis años y un profesor le reveló, al regalarle un libro un mundo que se transformó en el suyo.
Una persona, cuyo nombre no me interesa escribir acá, me hizo el favor en el año 2001 de llevarle dos libros suyos para que me los dedicara. Esto lo veo ahora, cuando los recuerdos comienzan a encaramarse unos sobre otros para construir un muro, un muro que permite ver el pasado, para construir el futuro, contando el presente. Eran las biografías de Camilo (en la edición de El Labrador, de 1987) y el Cura Pérez (Intermedio Editores, 2000). Le escribió a alguien que conocía y no tenía cómo recordar: “Álvaro, estas páginas de historia patria. Con un abrazo de Joe Broderick” y “Para Alvaro un saludo del autor”, los dos fechados en enero, en Bogotá.
El pasado 15 de octubre fui invitado, por primera vez, a una actividad en la Universidad Javeriana. Debo agregar, sin vergüenza de algún tipo, que no tengo título universitario. Nunca me gradué de literatura. Debí hacerlo ahí, en 1993, más o menos. Hubo cosas más importantes en mi vida que hacer. No me arrepiento. El único diploma que poseo es el de bachiller (de milagro, claro). Lo aclaro para evitar confusiones y que alguien salte y afirme:
-¡Mentira! ¡Álvaro Castillo nunca se graduó de literatura en la Universidad Javeriana!
Gabriel Riascos, joven y curioso lector, estudiante de literatura, me sorprendió con una invitación: participar en un homenaje a Joe Broderick en la Javeriana. Lo primero que le eché, me imagino, fue la cantaleta de que nunca me habían invitado a la universidad. Lo segundo: que claro, que muchas gracias, que era un honor parta mí.
Se trataba de conversar con él, junto a Luis Fernando Afanador y Óscar Torres (éste último aprobó mi participación en el evento. Fue mi profesor de Formas II y recordaba, no tan vagamente, mi obsesión por Pablo Neruda, el Che Guevara y Iron Maiden).
El jueves 15 de octubre llegué temprano a la universidad. No entraba en ella desde hacía muchísimos años. El homenaje era en el Auditorio Santiago Páramo, en el Edificio Barón. Para mí totalmente desconocidos. No existían cuando estudié allí. La universidad (o al menos la que consideraba mía) terminaba en el campo de fútbol y en la pista de atletismo. Estaba rodeada, en el costado oriental y sur por un pequeño bosque (o ahora quiero verlo así). Lugar ideal para refugiarse cuando no se iba a clase y no se podía evitar besarse sin parar con la mujer amada de ese entonces. Miraba por la ventana buscando a los que fuimos: ya no quedaban tantos árboles que nos refugiaran.
Llevé una carta de Joe a Isabelita que encontré en el Archivo de Camilo Torres, que se conserva en la Oficina del Historiador de La Habana. Tuve el inmenso privilegio de consultarlo en octubre de 2022, gracias a la complicidad de Félix Julio Alfonso López. Era una carta de dos páginas a la que le había tomado una foto con la esperanza, postergada infinitamente, de entregársela algún día a Joe Broderick.
Luis Fernando Afanador habló, entre otras cosas, de cómo algunos de los personajes de la biografía de Camilo se habían quedaban fijos en nuestra memoria. Nombró a Guitemie. Y Joe añadió:
-También Isabelita.
Lo miré fijamente sin que él supiera por qué.
Cuando llegó mi turno conté algo de mi inexperiencia con él a lo largo de casi cuarenta años. De cómo lo conocí gracias a su libro y de cómo fue después, para mí un editor y un traductor. Saqué mi celular, abrí una foto, me quité las gafas y dije:
-Esto no está planeado. Es, como diría José Lezama Lima, “azar concurrente”. Voy a leer el último párrafo de una carta de Joe Broderick a Isabel Restrepo de Torres, el 8 de septiembre de 1972. No se preocupen. Voy a leer solamente el último párrafo.
Me miró asombrado. Yo estaba sentado a su izquierda.
“Tengo que ponerte esta cartica ya. Te recuerdo mucho y con todo el cariño que tú sabes. Siento haber partido tan rápido de uds, pero creo que podría volver algún día tan pronto tenga el proyecto del libro llevado a término. Espero que estés bien, Isabelita, y tranquila. Sé que sufres a veces de la soledad y no olvidaré jamás esa última noche y nuestra despedida que me emocionó muchísimo porque me daba tanta pena que te sintieras tan sola cuando de hecho hay tantísima gente que te quiere, algunos por Camilo, pero montones por ti – y yo soy, como sabes, uno de ellos. Saludes a Aleida. Dile que sus billetes del Che que me regaló han sido muy apreciados aquí. Mil gracias por ellos.
Tan pronto pueda te mando otro saludo. Por ahora, un gran beso y un abrazo fuerte de Joe”.
Mientras la leía no podía dejar de observarlo. Ver como el asombro, la emoción y el tiempo recobrado se apropiaban de ese momento. Estaba profundamente conmovido. Con lágrimas en los ojos. Yo también, claro, porque comprendí que habían tenido que pasar casi cuarenta años, desde cuando leí por primera vez su biografía de Camilo, para encontrarme con él y entregarle, como regalo, un fragmento de su memoria. Una luz que iba a iluminar otras luces. Y así, agradecerle todo lo que le debía y pedirle, por fin, que me dedicara su libro: “Para Álvaro Castillo muchos años después con afecto Joe Broderick 15 oct. 2026 Bogotá”.
¿Qué es la memoria, Joe? ¿Cuándo empieza? ¿Acaso, como tú dices, con lo primero que recuerdan los ojos? Sí, puede ser. La nuestra, la tuya y la mía, comienza cuando un hombre le lee a otro hombre una carta que este último escribió hace cincuenta y cuatro años, y todo el tiempo se viene encima y no hay palabras más claras para decirlo que las que salen silenciosas de unos ojos que se miran mientras lloran.