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Hacia la acción cultural

Esta propuesta nace de la experiencia. En ella se detecta la incoherencia, el desequilibrio, la falta de armonía y de justeza en las partes que conforman el todo social. Surge desde un impulso intuitivo al percatarnos del sufrimiento que se ha convertido en el común denominador de la conducta social. Lo que aquí se plantea no busca una reforma, sino una revolución cultural. Una revolución que parte de una mirada distinta sobre el concepto y el sentido de aquello que hemos asumido, durante siglos, como cultura. Aunque el trabajo técnico y estratégico será determinante para su realización, no es allí donde ponemos el énfasis. La intención de esta propuesta es ponerla a consideración, no para que sea aprobada, sino para que sea puesta en cuestión, discutida y enriquecida por todos.

Reforma del concepto

Antes de que existiera lo que llamamos cultura, existió una acción en la que el ser humano preñaba la tierra con semillas para obtener el alimento. En realidad, no era solo alimento lo que obtenía: también se llenaba de todo el conocimiento que esta actividad le brindaba. Paciencia, silencio, una manera de estar conectada al ahora que le permitía comunicarse a niveles muy elevados consigo mismo, con los demás y con el entorno. Todo esto lo mantenía conectado a la maravillosa conciencia de unidad. A través de la inteligencia intuitiva, la humanidad recibía el conocimiento esencial venido de la tierra, que guiaba su conducta individual y social.

La vida sedentaria permitió el tiempo libre en el que la inteligencia racional se encargó de catalogar con rótulos y definiciones todo lo existente y por existir. De esa labor no se escapó el sembrado de la tierra, al que llamaron colere (cultivar). Y aquí viene la enorme argucia de la inteligencia racional, cuando hace una separación entre el cultivar la tierra, que llamó agricultura, y un nuevo cultivo de la mente y el espíritu al que llamó cultura. Además de la separación, el sembrado de la tierra dejó de ser verbo para convertirse en sustantivo y, en el caso del nuevo cultivo de la mente, el verbo pasó a ser un sustantivo abstracto, es decir, uno que no es persona, animal ni cosa, sino un sustantivo sin sustancia.
¿Cómo cultivar la mente desligada de la experiencia con la tierra que les proporcionó tanto conocimiento a aquellos hombres? Esa experiencia, que les permitía aprender desde el universo de las sensaciones, fue echada a un lado para, desde la cultura sin tierra en las uñas, intentar el desarrollo humano.
Siendo la cultura un sustantivo sin sustancia, se convirtió en una enorme caja vacía en la que cabe todo. 

De tal manera que cualquier conducta, costumbre o tradición en la sociedad puede asumir el rótulo de cultura. Así hablamos de la cultura del narcotráfico, cultura de la corrupción, cultura del sicariato. Expresiones como: “Los colombianos son agresivos, eso es cultural”; “El día de las madres es el más violento en Colombia, es algo cultural”.
Si este particular proceso no hubiese ocurrido, no habríamos roto con la única actividad que nos lleva a la conciencia de unidad: cultivar. No estaríamos hablando de guerra, destrucción y sufrimiento, fatales acciones que solo son posibles cuando no somos conscientes de pertenecer al todo.

Dos definiciones oficiales

Detengámonos en el concepto de cultura de las Naciones Unidas:
Cultura es el conjunto de rasgos distintivos, espirituales, materiales, intelectuales y emocionales que caracterizan a los grupos humanos y que comprende, más allá de las artes y las letras, modos de vida, derechos humanos, sistemas de valores, tradiciones y creencias.

Este concepto de cultura abstractamente sustantivado se refiere a un grupo de rasgos que caracterizan un grupo social. De ninguna manera a una experiencia concreta y precisa. ¿Qué rasgos caben en este concepto de cultura abstractamente sustantivado? Cualquiera: desde el arte hasta los derechos humanos, desde los sistemas de valores hasta las creencias. ¿Cuáles sistemas de valores, cuáles derechos, cuáles modos de vida? Cualquiera cabe en esa caja vacía hecha de conceptos.

El Ministerio de Cultura de Colombia, por su parte, afirma que la cultura es:
La cultura es el aprovechamiento social del conocimiento, pues la cultura no solo está expresada en múltiples dimensiones, en una forma no homogénea, sino que nos permite abordar la identidad cultural colombiana desde una forma más amplia, en donde aparecen los valores culturales de todos los territorios.

En esta definición del Ministerio de Cultura no hay un concepto que nos proponga una mirada concreta sobre la llamada cultura. De lo que nos hablan es del aprovechamiento que podemos hacer de ella. Eso no sería cultura; eso sería simplemente citar que la cultura nos es útil porque nos brinda conocimiento. Luego se hace referencia a cómo se expresa la cultura y que ello nos permite relacionarnos con la identidad nacional de muchas maneras. Nos hablan aquí de aprovechamiento y formas múltiples de expresión en nuestro país, pero siento que no se aborda el concepto.

Cuando no hay agua, energía, salud o educación, la necesidad es evidente y la transformación resulta urgente. Pero ¿cómo proponer una transformación cultural cuando no hay conciencia de qué es aquello que debe transformarse. La actividad fuente del conocimiento que nos permite construir armonía se convirtió en un concepto indeterminado, cuando es una acción absolutamente precisa.

Intentar reformas culturales sin un concepto real de cultura es, por ello, un contrasentido. No se trata de reformarlo: se trata de establecerlo. La revolución cultural comienza reemplazando la cultura como sustantivo abstracto por una comprensión viva, concreta, encarnada: la acción cultural.

Propuesta de concepto

El siguiente concepto no pretende determinar qué es lo que llamamos cultura; eso sería caer nuevamente en las abstractas y estáticas definiciones. Proponemos un concepto que nos ayude a darle sentido, no a definirla.

La razón no puede dar el sentido al fenómeno, es decir, no puede decir hacia dónde apunta, porque el sentido no es vacío. El sentido del fenómeno ocurre porque la suma de sus partes entra en interacción, y esa interacción es energía, es decir, materia que no vemos, pero que es materia. Ese flujo energético es el que marca el sentido hacia dónde va el fenómeno. Podría decir que conociendo el sentido del fenómeno estoy conociendo el fenómeno, ya que sentido y fenómeno están íntimamente ligados. El sentido es una proyección energética del fenómeno; entonces, conozco el fenómeno cuando entro en relación con su sentido, con la conjugación de sus partes. Conocer el sentido es conocer el fenómeno y conocer el fenómeno me permite conocer el sentido.

Buscamos un concepto que tenga en cuenta la cultura como acción y así poder establecer su sentido, es decir, hacia dónde apunta. Eso es posible si, de entrada, consideramos la llamada cultura como algo en movimiento. Esto nos lleva a no hablar de cultura, sino de acción cultural. Frase que nos permite que lo definido desde hace más de dos mil años como un sustantivo abstracto vacío pase a ser un sustantivo verbal, materia en acción.

Concepto de esta propuesta

La acción cultural es la dinámica que permite el encuentro natural entre los seres humanos, de forma lúdica, creativa y armónica, haciéndonos conscientes de quiénes somos y dónde estamos.

La acción cultural, entonces, no genera división entre los seres humanos ni entre ellos y su entorno.

La acción cultural es lúdica en la medida en que no obedece a la seriedad de los objetivos mentales a futuro, ni la motiva el dolor del pasado; es lúdica porque obedece a dinámicas en el ahora que, a través de la creatividad, conducen a la armonía: al equilibrio dinámico de las partes de un todo.

La dinámica de la acción cultural implica toda la información celular en nuestro cuerpo, llevándonos a darnos cuenta del universo de sensaciones que nos habita, fuente de nuestra inteligencia intuitiva. La dinámica de la acción cultural disuelve lo que creemos ser para ponernos en relación con lo que somos. De igual manera, nos permite darnos cuenta de que todo lo que nos rodea y quienes nos rodean también son un fluir energético de sensaciones que nos atraviesa y atravesamos, constituyendo una unidad indisoluble.

Tener un concepto visto como acción cultural nos permite salir de la confusión generada por la idea de cultura sustantivada y abstracta. Ahora sabemos que cualquier conducta, costumbre o tradición no es un hecho cultural. Y que, si bien el arte es una forma elevada de la cultura —no superior, sino elevada porque su naturaleza lo requiere—, nada tiene que ver con el negocio de las mercancías.

Implicaciones prácticas de este concepto para el Estado

Adoptar este cambio conceptual permite rediseñar políticas, programas e inversiones culturales con un norte claro: toda acción llamada cultura o artística deberá ser evaluada según si produce o no encuentro, creatividad, armonía y conciencia de unidad.

La técnica y la estrategia surgirán después; pero solo pueden construirse con coherencia si primero se establece este sentido. Sin esta claridad, cualquier política cultural —por bien intencionada que sea— seguirá reproduciendo la confusión que pretendemos superar.

La acción cultural naturaliza la sociedad

Establecido un concepto que muestra de qué se trata el sentido de la acción cultural, el paso siguiente es descubrir la aplicabilidad que tiene este concepto en la sociedad.
Lo que ha ocurrido con la sustantivación abstracta de la acción cultural es que dejó desconectados los dos componentes que intervienen en el proceso: individuo y naturaleza. Cuando esa separación se da, lo que ocurre necesariamente es la desnaturalización del individuo y de la sociedad.

Pero ¿qué es desnaturalizarse, sino otra cosa que olvidar el carácter orgánico de nuestra existencia? Perdemos la conciencia de que somos una suma de órganos que, conjugados, crean el milagro humano. Una vez que esto ocurre, abandonamos nuestra inteligencia intuitiva y fundamentamos la existencia solamente en la inteligencia racional.

La razón racionaliza, es decir, hace raciones de la realidad.

Se genera el individuo aislado, que se olvida de que es parte de un todo natural. Cuando no recordamos que somos unidad y percibimos el entorno de forma dividida, olvidamos nuestra riqueza; ocurre la creencia de estar perdiendo algo, de que estamos en carencia, incompletos. Nos desestabilizamos y el miedo toma posesión. Intentamos acumular compulsivamente bienes materiales para completarnos.

El deseo de cada integrante de la sociedad por tomar lo suyo y asegurar su bienestar futuro nos hunde en la competencia y en el conflicto que nos lleva a la guerra, al sufrimiento. Situación absurda porque nos hacemos daño peleando por lo que siempre ha estado ahí y es de todos. En ese desespero por apropiarse de la riqueza material, esta sociedad se hace verdugo de sí misma.

El sentido que propone finalmente el concepto de acción cultural apunta a que el individuo recuerde su riqueza, tranquilice la mentira de su miedo y, así, la armonía regrese para que las partes de esta existencia se ajusten. Para que haya justicia.

Una barrida a lo que hemos creado y cómo lo hemos creado

Necesitamos darnos cuenta de que nuestras acciones se llenaron de artificio. Lo que debe ser natural en la sociedad —alimentarnos, vestirnos, educarnos, aprender, tener salud, hacer política, trabajar, comunicarnos, enseñar, el arte y la acción cultural—, todo lo que hacemos se volvió artificial.

Llega la incoherencia: “artistas” y “hacedores culturales” que generan separación y no encuentro, que no juegan, no crean, solo repiten un esquema mecánico. Nos damos cuenta de que quienes consideramos “artistas” y “hacedores culturales” buscan fundamentalmente el éxito, el dinero, el poder. Pocas son las excepciones libres de esta conducta.

La tarea es detectar dónde está desconectada la acción cultural de la naturaleza. Dónde no genera encuentro, si no es lúdica y creativa, si no nos recuerda quiénes somos, si no nos da paz, tranquilidad, conciencia, si no nos recuerda que somos el planeta. Si no es así, entonces hay desconexión.

No se trata de imponer una conducta; quien quiera actuar desde lo que han llamado cultura, que lo haga. Pero las políticas públicas deben velar porque la acción cultural se fortalezca, para que la unidad social y la unidad con la naturaleza se restablezcan.

El arte, expresión de la cultura que constituye un espejo para mostrarnos qué tan perdidos estamos de nuestro origen, debe dejar de hacerse y verse como un espectáculo y constituirse en esa acción que nos muestra cómo estamos y cómo regresar a donde pertenecemos.

No planteamos una reforma sino una revolución. No cambiar solo la forma como concebimos nuestra relación con el planeta, sino revolucionar toda la estructura en la que se sostiene actualmente esa relación. Tumbar un sistema artificial (sustantivo-abstracto-cultura) e instalar un sistema natural (sustantivo-verbalizado-acción cultural) para que recordemos todo lo que se nos olvidó y se detenga la autodestrucción.

Aclaración de la confusión para que el apoyo vaya a donde debe ir

Resulta soberbio hablar de llevar cultura a las poblaciones; no llevamos cultura, contribuimos a generar las condiciones para que la acción cultural que se halla sembrada en la sociedad germine y florezca. Por otro lado, no es suficiente la intención de llevar los recursos para la acción cultural. También hay que aclarar si donde se ponen los recursos se trata realmente de una acción cultural. Por consiguiente, se hace necesario aclarar si ciertas actividades son acciones culturales o no, por más que históricamente las hayamos visto así. A continuación, algunos ejemplos para considerar:

La historia y los museos son actividades que miran al pasado, y la acción cultural es presente; de tal manera que esta actividad pertenece a la academia, no a la acción cultural.

El turismo usa la acción cultural con la finalidad de producir dinero, la despoja de su sentido fundamental. Por lo tanto, el turismo no es acción cultural.

El deporte, como funciona en nuestras sociedades, tampoco podemos meterlo en las acciones culturales: no genera encuentro y perdió el carácter lúdico.

Los espectáculos musicales son eso: espectáculos, shows para espectadores que miran algo inalcanzable, y la acción cultural es posible para todos.

Los “artistas” tendrán que repensar su rol en una sociedad que necesita hacerse consciente de la acción cultural. Si su objetivo es dirigirse al estrellato, es imposible que puedan contribuir con el propósito de generar conciencia; quedan por fuera de las acciones culturales.

En general, la acción cultural no es mercancía ni herramienta ideológica.

Bajo el sentido que nos propone el concepto de acción cultural, hay que darle una mirada a muchas conductas, costumbres y tradiciones que históricamente han sido consideradas como acciones culturales y que podrían no serlo. Disolver toda esa confusión nos permitirá que los recursos del Estado lleguen a donde deben llegar.

El eco de la acción cultural debe retumbar en toda la sociedad

Se requiere urgente una pedagogía social intensa que marque el nuevo sentido. Hay que romper con la idea de que la cultura se transformará en el futuro y que para ello lo más importante es trabajar con los niños. Hay que trabajar con todas las edades. Porque la acción cultural es ya.

La transformación debe invadir toda la sociedad: salud, economía, educación, política etc. Si todos entramos en relación con la acción cultural, todos recordaremos que el otro es parte nuestra y nos comunicaremos con él con respeto, transparencia y compasión.

Una vez inmersos en la acción cultural, cualquier acción que ejecutemos en la sociedad, si se hace sin desnaturalizarnos, si se ejecuta desde una relación íntima con la naturaleza orgánica que somos, será una acción ejecutada en el ahora y con conciencia de unidad. Así, todas nuestras acciones tendrán el sentido que nos brinda la acción cultura.

La revolución es real cuando impacta todas las actividades de la sociedad

Necesitamos que la acción cultural no se quede en los artistas y hacedores; toda la sociedad debe experimentarla. Si se vuelve parte de la cotidianidad, se transforma la manera como nos comunicamos con los demás. La acción cultural brinda con su dinámica las herramientas que lo permiten. Mueve nuestra voluntad hacia el encuentro con los demás, nos permite construir silencio y nos muestra cuándo expresarnos y cuándo contemplar. Esto es posible porque transforma la manera de estar de nuestro organismo. Cuando esto ocurre en una persona, su forma de relacionarse con todo cambia. Tendremos médicos que ven a su paciente como seres humanos, no como cifras; profesores que desarrollan su pedagogía sin atropellar a los estudiantes; políticos que no olvidan que están al servicio de su pueblo; artistas con los pies en la tierra, etc. Una sociedad que vive la experiencia cultural vive en armonía.

Así como la matemática no es exclusiva de los matemáticos ni la ciencia de los científicos, sino que son parte de la vida de todos, así debe ocurrir con la acción cultural. Para ello se debe hacer uso de todas las herramientas posibles para que esto ocurra. Se requiere de una actividad pedagógica que transmita el discurso de la acción cultural por todos los medios de comunicación posibles: televisión, radio, prensa, cine, teatro, internet, redes sociales, etc. Aclararle a la gente de qué se trata eso que llamaron cultura hará que comprendan la importancia que tiene en sus vidas. Se requiere adaptar el discurso a todas estas formas de comunicación. A la par de lo anterior, penetrar la cotidianidad de las personas en las ciudades, los barrios y poblaciones, con dinámicas que les permitan darse cuenta de que la acción cultural no es exclusiva de los artistas, que todos tenemos a nuestro alcance lo que se requiere para experimentarla. Desde una hamaca hasta la  elaboración colectiva de un sancocho son experiencias culturales y, por ende, nos brindan un conocimiento que va más allá de los conceptos y las definiciones. Disolver la idea de que la acción cultural solo es posible en los grandes escenarios y con gente especial debe ser prioridad.

Y por último…

Una revolución de lo que llamamos cultura que nos conduzca a la acción cultural requiere de un depurado trabajo estratégico y organizativo para que esta ocurra. No significa esto un gasto enorme del presupuesto. Me atrevería a decir que cuando la acción cultural se aclare, nos daremos cuenta de que las grandes inversiones económicas en luces y escenarios suntuosos serán reemplazadas por inversiones en elementos tan sencillos que no nos habíamos dado cuenta de que estuvieron allí desde siempre, esperándonos para transformarnos de adentro hacia afuera.

Muy importante anotar que este conocimiento propuesto no necesita ser demostrado ni probado con cifras y datos. Y esto no tiene que ver con la soberbia de quien cree tener una verdad absoluta; tiene que ver más con que no funciona así la acción cultural. En esta manera de llegar al conocimiento no hay espacio para verificar; la verificación sucede con la acción misma. Acá la forma de conocer termina con la relación del sujeto separado del objeto para conocer.

Puede llegar a pensarse que lo aquí planteado es utópico y, por ende, imposible de concretar, pero para quienes vivimos en la cultura y el arte, la mirada sobre lo utópico es absolutamente indispensable, no como una llegada a futuro, sino como aquello que nos muestra el sentido de la acción concreta y presente hacia lo posible.
Una vez compartida, discutida y acordada esta transformación conceptual, el paso sería desarrollar toda la estrategia y el trabajo técnico para intervenir lo que en este momento se tiene funcionando. Y por supuesto iniciar los nuevos procesos para la revolución propuesta.

Clarificación final: el concepto como sentido, no como reemplazo de lo técnico. Esta reflexión no sustituye el trabajo técnico, administrativo ni programático del Estado.

Los orienta. Les da sentido. Define el “para qué”. Y solo cuando el “para qué” es claro, lo técnico puede construirse con coherencia, eficacia y profundidad.

Bienvenidos a caminar en unidad orgánica como individuos y como sociedad.

Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan necesariamente la posición de La Nueva Prensa.