Ayer mataron a un amigo en Bogotá, o el otro día, ¿qué importa? Se cruzó con más muertos: los del Cauca, los de Medellín, los de la Costa Atlántica y Pacífica, los de Boyacá. Unos salieron en los medios de comunicación, otros no. Todo depende de la importancia del que se murió. Así es Colombia. Supongo que el mundo también. Somos clasistas hasta para eso.
En la funeraria sentí ganas de ir al baño. Subí al quinto piso y descubrí una sala VIP.
¿Qué estamos haciendo mal? Luego regresé al espacio donde velaban a Darío. Muchas lágrimas. Su hermano dijo que nadie merecía morir asesinado.
¿Cuántas balas se dispararon ayer en nuestro país? ¿Cuántas dosis de escopolamina?
¿Cuántas puñaladas? ¿Cuántas mamás lloraron? ¿Cuántos amigos sintieron tristeza? ¿Y hoy? ¿Quién va a desaparecer?
Seremos notificados por noticias que pasan como un rayo. Ya los muertos no duelen igual. Han sido muchos. A diario. Por años y años. Ahora entiendo que se trata de paisaje. Se me viene a la mente el último muerto que me dolió de verdad.
Pero la vida sigue para todos. Eso sentí en el velorio. Éramos los de siempre, aunque no nos vemos mucho. Allí estábamos, aterrados por la muerte de un amigo. Todos con rabia, pensando que esta vez nos tocó demasiado cerca.
Y su mamá, doña Fanny, sintiendo todo ese amor alrededor. Pero ya vendrá la soledad.
Ya sentirá de lleno su partida.
Darío salió en su carro y apareció muerto en un parque al sur de la ciudad. Su cuerpo estaba intacto. ¿Qué pasó? Nadie sabe en realidad. Solo que la ciudad lo mató.
Así es Colombia. Pasan los años y uno va coleccionando muertos, normalizando la violencia. La violencia que todos llevamos dentro, me incluyo. De vez en cuando me aterro de lo que pienso, de lo que escucho.
Ayer fue el velorio de Darío. Se perdió el 28 de abril. Lo encontraron el primero de mayo.
El tema es que este muerto era mi amigo. Tenía casi cincuenta años. Fiestero, melómano, buen compañero, amigo de la vida. Se perdió como mi mirada viéndolo irse, como la de todos nosotros, que al final quedamos sin poder hacer nada, con un sentimiento de impotencia, tristes, tristísimos, sin nada que decir.
Así los vi en la funeraria: vulnerables. Como todos en esta realidad que se sale de las redes sociales, con la crudeza de nuestras caras que ya revelan los años. Ya pasó el tiempo. Uno menos.
Y en esta columna, una oportunidad para despedirme de él. También para hacerle un llamado a Colombia: no queremos morirnos mientras celebramos la incertidumbre. Ya mucho tenemos con cargar la vida para seguir corriendo riesgos de semejante gravedad.Y los políticos, ¿dónde están ustedes mientras nos matan? Acaban con nosotros mientras ustedes, en sus camionetas, reciben esas noticias. No les importa nada. No se les mueve un pelo si el muerto es un desconocido.
La guerra en Colombia está en todas partes. Los muertos suben al cielo haciendo fila.
¿Quién es el próximo?
Pataleta. Palabras de desespero. Agradecimiento al amigo, a los amigos, a la memoria.
La vida sigue. Aquí nada va a parar. Pero por lo menos quedan unas letras, un desespero y una reflexión.
Cerré los ojos y me pregunté por mí mismo.
Hagamos eso.
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