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El doble rasero de La Silla Vacía y la hipocresía como método

La moral selectiva de ´La Silla Vacía´, su opacidad financiera, sus sesgos políticos y su cargante estigmatización de periodistas respetables y competentes, ha llegado al límite. Maneja a escondidas redes de poder mediático que socavan la independencia y la credibilidad de quienes le caen mal y destruye la cohesión gremial.

Durante años, La Silla Vacía se ha otorgado a sí misma el despreciable papel de gran fiscalizador de la moral pública y privada en Colombia, dictando cátedra desde un pedestal de cartón.

La reciente revelación sobre su asombrosa estructura corporativa y los desmesurados intereses de sus propietarios la han puesto frente al espejo; el portal mide con un látigo la transparencia ajena, y, al mismo tiempo, oculta, bajo un velo encubridor, sus propios nexos financieros multimillonarios y políticos.

Es una ironía democrática que haya tenido que ser una columna de opinión de Germán Calderón —abogado de la campaña de Abelardo de la Espriella, quien ha perseguido judicialmente a periodistas como yo— la que terminara por desnudar un hecho de incuestionable interés público.

Más allá del mensajero, los datos expuestos abren un debate necesario sobre la hipocresía de La Silla Vacía y, en especial, la de su presuntuosa dueña, Juanita León y sus adláteres, quienes pretenden ser jueces morales de todo el mundo mientras omiten sus propios conflictos de interés. Tienen doble rasero: uno para juzgar a los demás y otro para justificarse a sí mismos.

El periodismo que realmente incomoda es el que no tiene vacas sagradas ni ídolos de pedestal. Sin embargo, en ciertos sectores de la prensa, cuestionar a determinadas figuras sigue siendo un tabú que se paga con el aislamiento, el ultraje, el señalamiento o la estigmatización.

La independencia de los periodistas —y me incluyo en primera línea— es un terreno pantanoso, especialmente cuando se ejerce sin el respaldo de grandes capitales.

El papel de La Silla Vacía en la desunión del gremio ha sido sistemático, al recurrir a la peligrosa estrategia de calificar como “activistas” a quienes nos hemos dedicado a documentar los hilos del narcotráfico y el paramilitarismo. Esta etiqueta no es una simple discrepancia profesional en un país como el nuestro, es una malévola sentencia de riesgo.

La sucia estigmatización que el portal promovió en mi contra y en la de Gonzalo Guillén, director de La Nueva Prensa —tras destapar escándalos como la “Ñeñepolítica” o los vínculos del Cartel de Sinaloa con la campaña presidencial de Iván Duque— tuvo consecuencias reales, como las amenazas de las “Águilas Negras” que recibí por escrito en noviembre de 2020.

Mientras para ellos existen opiniones e investigaciones “calificadas y honestas” si provienen de sus círculos cercanos, para el resto solo hay el repugnante calificativo de “activismo mamerto”.

Ese mismo rasero se observa en la profundidad de sus investigaciones. Mientras fungen como árbitros de la verdad, publican piezas como la de los computadores de Raúl Reyes, un trabajo que, en mi opinión, resulta incompleto y funcional a ciertos intereses.

Al omitir que esos archivos fueron utilizados por el DAS de Álvaro Uribe para perseguir y desprestigiar a figuras de oposición como el hoy presidente Gustavo Petro, Piedad Córdoba o Iván Cepeda, La Silla Vacía dejó de lado elementos clave que prefirió ignorar.

Yo mismo aporté esos datos en un reportaje en mi canal de YouTube; lo hice no por un afán de colaborar con la campaña de Cepeda, sino por la convicción de que es injusto dejar las ideas —y la historia— incompletas.

Su evidente militancia política, demostrada en la vieja cercanía de Juanita León con campañas del Centro Democrático —partido financiado por su propio emporio familiar—, explica por qué su lente se desenfoca cuando el investigado pertenece a sus ideologías de extrema derecha.

Esta red de influencias ha permitido consolidar lo que, en la práctica, es una “rosca” mediática, integrada por figuras como Daniel Pacheco, Carlos Cortés y, de manera muy cercana, Laura Ardila, quien parece compartir la petulancia de su mentora, pero no su músculo financiero.

Mi experiencia con las organizaciones que deben defender al gremio confirma este patrón. Aunque hice parte de la asamblea de la FLIP, renuncié en 2020 al entender que la organización estaba siendo cooptada por la inefable visión sectaria de Juanita León.

Resulta paradójico que el entonces director ejecutivo de la FLIP, Pedro Vaca —a quien considero un hipócrita movido por intereses particulares—, haya sido premiado con la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la OEA. Cargo en el que, hay que decirlo, no hizo nada útil.

Es difícil comprender cómo alguien con su mediocre manejo gremial superó a una figura brillante de la talla del argentino Carlos Lauría, un auténtico defensor de la prensa. Cualquier ciudadano que compare las trayectorias de ambos llegará a la misma conclusión: el sistema de premios internacionales parece favorecer la lealtad a ciertos círculos de poder.

La independencia no es un estatus que se hereda por apellido o por cercanía al poder bogotano; es una transparencia que se demuestra día a día.

Si bien La Silla Vacía ha tenido aciertos a veces, el ocultamiento de sus intereses corporativos deslegitima su desagradable discurso de superioridad.

Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan necesariamente la posición de La Nueva Prensa.