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Pecados capitales

Editor: Francisco Cristancho R.

Soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza, son los siete pecados capitales que la religión católica enseña a sus seguidores. Un ejemplo de soberbia es Donald Trump, quien se cree el único que no acepta que pueda ser derrotado, y cuando lo derrotan, dicen que le hicieron trampa, porque él es él y punto. Ese es el ejemplo del soberbio estúpido: Donald Trump. Y como Trump, acá en Colombia tenemos a ‘el gran colombiano’, soberbio al mandar y soberbio al no perdonar.

La avaricia, que la encontramos en buena parte de nuestros compañeros de coexistencia, donde ahorran hasta lo que podrían haber gastado en su propia salud, solo por el hecho de tener. No les importa sino tener. No importa qué hagan, siempre y cuando tengan.

La lujuria es un pecado inherente a los seres humanos en general; es la pasión por el sexo. La ira es lo mismo que una piedra; piedra que a uno a veces le sacan cuando no le cumplen una cita; piedra que le saca a uno aquel que no le paga lo que le debe; piedra que le saca uno el mentiroso. La gula, es es un pecado del cual no gozan los colombianos, porque los colombianos a veces no tienen ni qué comer.

La envidia, ese es el pecado capital de los colombianos. Ese es el principal pecado, el rey de nuestros pecados capitales, porque el colombiano es envidioso. A un colombiano no le importa la suerte de los demás, en cuanto no les vaya bien. Si a algún colombiano le va bien, el resto de quienes lo rodean comienzan a sentir envidia. Dice el catecismo que la envidia es un pesar del bien ajeno. Es cierto. Les da pesar que a los demás les vaya bien. Cuando ven que un vecino triunfa, lo aplauden, pero en público, porque por debajo dicen “¿y por qué tenía que ser para él y no para mí?”. El colombiano no perdona que, a su vecino, que su prójimo o próximo le vaya bien, porque quiere que sea todo para él. Los honores que otro ganó han debido dármelos a mí.

En eso Trump parece colombiano, porque se puso verde de la envidia porque no le dieron el premio Nobel de la Paz. Semejante criminal aspiraba al Nobel de la Paz. Y le dio envidia de que se lo hubiesen dado a otra persona. Obviamente a quien se lo dieron tampoco lo merecía, porque María Corina Machado no se merecía ese premio. Una persona que pide ante en el mundo entero que invadan a su patria no merece ningún premio de la Paz. Eso demuestra por qué el Nobel está tan desacreditado. Porque si el señor Trump consideraba que tenía méritos y que se lo habían dado a quien no se lo merecía… ¡Eso es envidia! Tanto Trump como Machado compiten por el premio a la maldad. Pero, en fin, se lo dieron a esa tontarrona que no sabe ni qué hacer con él.
 
Cuando uno se reúne y conversa con los políticos activos escucha cosas como “ese salió elegido, ¿pero con qué méritos?”, y dice uno, este como con qué méritos habla mal del otro, pero eso sí, si no habla mal de su vecino entonces ¿de quién lo hace? Quien más mal habla de su amigo es el colombiano que dice ser su amigo. No hay sinceridad en esa manifestación. La envidia les corroe el alma.

Vi en días pasados que a una persona -que es de mis afectos- la escogieron para determinada cosa, porque se lo merecía, y sus mismos compañeros afirmaban, “eso fue porque hizo quién sabe qué cosas”, “quién sabe qué trampa hizo”, “eso es porque tiene amigos en tal parte”, jamás le reconocerán el mérito. Es la envidia de que no son ellos los que se hicieron acreedores a ese premio.

¿Usted no se ha puesto a mirar a quién tiene al lado? Mire a quién tiene al lado y pregúntese si ese que tiene ahí ha hablado alguna vez bien de alguien. Ahora, si a esa persona le va mal, ahí sí dice… “pobrecito, es que era tan bueno, ¿cómo le va a pasar eso?” Pero cuando a ese le está yendo bien y le van a dar algo, dice “¿y por qué se lo van a dar a él si yo tengo más méritos? Ese es el pecado capital de los colombianos: la envidia.

Les duele que al vecino le vaya bien; que al próximo le vaya bien. Y digo próximo porque es lo mismo que prójimo. Prójimo es a quien se refiere la religión como mi compañero de existencia en el mundo, pero está bien, como la J se cambia por X, es mi próximo. Así como se escribe México o Méjico, próximo o prójimo se puede escribir con la X o con la J, y el resultado es el mismo. Es aquel que está cerca de mí y quien debería ser mi amigo, a quien debo servirle, pero no. Yo lo aprecio mucho cuando está vaciado… “ay, pobrecito, tan buena persona. Hay que ayudarle”, pero cuando ese pobrecito se gana la lotería… “¿Y por qué tenía que ser él? ¿Ahora quién se lo va a aguantar?”. Ese es el colombiano frente al triunfo de su prójimo.

 

Dejemos un poquito la envidia. Seamos más generosos. No seamos tan colombianos.

Valdría la pena que repasáramos la lista de estos pecados capitales para que ubicáramos a muchos de nuestros amigos o enemigos en esa listica; porque ejemplos para todos hay.

Adenda: Cuando esta columna salga a la luz pública ya habrá pasado la jornada electoral, y es cuando uno se pregunta cómo este país puede votar por un miserable que se dice El Tigre, que no es más que un vulgar mata-gatos. Un tipo que le ponía voladores a los gatitos y los mataba y hoy se jacta de eso… y se dice El Tigre. Si usted votó por ese mata-gatos, arrepiéntase. ¡Arrepiéntase! No se puede votar por una persona que goza con el placer de maltratar a seres inferiores. Los animales están ahí para acompañarlos, no para que los maltratemos. El perrito está para ser su amigo, lo mismo que el gatito, no para ponerle voladores. Si usted apoya al tal tigre, ¡arrepiéntase!

Adenda II: Para sacar conclusiones de lo que pasa en el mundo y conocer a las personas, hay que mirar el comportamiento cobarde del sionista Netanyahu, que apenas comienzan a acercarle las bombas sale corriendo y se refugia en Alemania; mientras que el otro, un anciano de 85 años, se quedó en su tierra, afrontando su situación, defendiendo su pueblo, y prefirió morir antes que salir corriendo, como aquel sionista que desapareció en Alemania, mientras que a su pueblo lo están masacrando por culpa de sus imprudencias.

Frase del editor: … y mirando a Miranda, ¿cómo le quedó el ojo? ja, ja, ja.

Coletilla por Deisdre Constanza. Las urnas también cobran. Las pasadas elecciones de congreso y consultas, dejaron muchos más que cifras y celebraciones. Dejaron un mensaje claro de los ciudadanos, que una vez más acudieron a las urnas para expresar su incomodidad, sus expectativas y también su paciencia agotada frente a quienes creen que el poder es un cheque en blanco. La jornada electoral volvió a demostrar que en democracia el voto no es solo un derecho: es también una herramienta de control bien ejercido. Con él, los ciudadanos premian, castigan, corrigen rumbos y recuerdan a los dirigentes que el poder que ejercen no les pertenece y no es vitalicio. Luego de conocer resultados preliminares, muchos celebraron victorias, otros intentan explicar derrotas, pero detrás de cada resultado hay una realidad inevitable, el elector observa, recuerda y toma decisiones. Las promesas incumplidas, la soberbia política, el distanciamiento con la gente y la desconexión con los problemas reales del país, terminan pasando factura. Por eso, cada proceso electoral es una rendición de cuentas. No ante los partidos ni ante las maquinarias, sino ante el verdadero dueño de la democracia que es el pueblo. Porque en política el poder puede sentirse eterno…Hasta que llega el día de elecciones y los ciudadanos deciden cobrar.

Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan necesariamente la posición de La Nueva Prensa.