Colombia enfrenta crímenes desgarradores contra sus animales.
Dos perritos fueron asesinados con brutalidad y sevicia a manos de verdaderos monstruos sin figura humana: uno, en Antioquia, fue golpeado hasta la muerte por atreverse a pedir un bocado de comida; el otro, en Nariño, fue quemado vivo por su propio dueño, aquel que debía protegerlo y cuidarlo. Ambos casos reflejan lo peor de nuestra indiferencia y el fracaso de un sistema que no previene la violencia.
La indignación nacional es enorme —y justa—, pero no basta con sentirla: debemos convertirla en acción, en justicia y en prevención real.
Estos crímenes no son hechos aislados, ocurren a diario y son un reflejo de una violencia estructural que nos atraviesa como sociedad. Son manifestaciones de violencia extrema hacia los más vulnerables, que revelan grietas profundas en la integridad moral y social de nuestra comunidad. Prevenir la violencia animal es una alerta temprana para prevenir la violencia humana, y en ello debemos unirnos y trabajar sin descanso.
Reflexiones:
- El maltrato animal debe ser considerado un delito contra la sociedad
En Estados Unidos, la crueldad animal es un delito federal y no solo un delito contra el animal, sino contra la sociedad, porque su prevención es clave para evitar otros tipos de violencia. Colombia debe avanzar en esa dirección, pues cada caso, cada video, cada golpe nos duele a todos los colombianos, nos paraliza y afecta nuestros sentimientos de manera profunda y dolorosa. No más violencia.
- La reproducción sin control de animales debe llegar a su fin
Cientos de miles de animales terminan abandonados o en manos de personas sin capacidad emocional, mental o económica para cuidarlos. Si no puedes cuidar al animal y todas sus crías de por vida, no deberías tenerlo ni reproducirlo. Solo mediante un control estricto y responsable, Colombia podrá garantizar que no haya más animales vulnerables y que estén realmente protegidos, como lo manda el deber constitucional de nuestro país.
Hacemos un llamado fuerte a las autoridades para aplicar todo el peso de la ley, hacer justicia, implementar de inmediato la Ley Ángel y garantizar su cumplimiento; crear controles efectivos sobre tenencia y reproducción animal; actuar ante alertas tempranas de maltrato y sancionar la omisión institucional. Controlar la tenencia de animales no es solo cuestión de bienestar animal: es cuestión de prevención de la violencia en general.
El dolor de Sherlock y del perrito asesinado en Antioquia debe marcar un antes y un después. No se trata solo de defender a los animales, sino de reconstruir una sociedad que no tolere la crueldad ni la indiferencia, y que trabaje en eliminar las causas que condenan a los animales y a los colombianos a sufrir la violencia.
Como lo señala la filósofa norteamericana, Martha Nussbaum, uno de los pilares para una vida digna con carácter universal es “poder vivir una relación próxima y respetuosa con los animales, las plantas y el mundo natural”.
Ese principio no es solo filosófico: es un mandato moral y constitucional. Colombia debe asumirlo para sanar sus heridas más profundas y romper el ciclo de violencia que empieza, muchas veces, con un golpe, una patada o un grito contra quien no puede defenderse.