Ha corrido barro bajo los puentes en Colombia, y con ese barro están amasando a través de los medios masivos de comunicación un sucio pan que pretenden convertir en el pan de cada día. “Por ti, Colombia”: La aséptica figura de los ídolos sentimentales del pueblo administra la turbia imagen de la muerte y añade embotamiento a la conmoción; los programas oficiales de televisión, y los noticieros, basan su edición de las imágenes de los asaltos al Palacio de Justicia en la técnica llamada sin fin, y la metódica repetición de los despojos sacraliza el desgarramiento. El fútbol es superpuesto abruptamente en las emisiones nacionales, en cadena, al momento de iniciar el incendio del Palacio, y los goles matizan cruelmente el desbordamiento oficial del odio y la sed de venganza que anuncian al país la voluntad de incinerar al enemigo y a quien este tenga cerca. Las reinas, que no lo son ni de su propia imagen, venden otra vez ilusiones de felicidad en ese mar de angustia recreada e intensificada.
¿Para qué seguir? La maratón, la repetición, la superposición como mecanismo. El terror como política y como medio de comunicación. El escarmiento como arma oficial de guerra. La muerte como espectáculo ejemplarizante. La catarsis y el anonadamiento como negocio. El banquete del millón. Y, por supuesto, “Resurgir”, el nombre de la empresa encargada de la reconstrucción de Armero, creada con los dineros de la solidaridad mundial. Promesas de resurrección que aten los cabos sueltos del doloroso proceso. Los medios, y no la comunicación, al mando. Ellos, su lógica, determinando la construcción misma de los sucesos. El proceso social sustituido por los hechos sueltos, o sacados de su contexto por la publicidad: lo que pasa, pasa por la pantalla; es diseñado previamente para impactar y ser proyectado. El “sí se puede”, con el que ganó las elecciones el presidente de turno, reducido a la macabra omnipotencia de los medios: el espejo ha liberado la imagen, y el país entero, inerte como el televidente, está a merced de su propio y deformado reflejo que se mueve al tenor de la voraz carrera impuesta por el modelo y la técnica de los medios masivos de comunicación.
La incomunicación y el afán de distinción
Habría que hacer el inventario completo, no tanto de los sucesos y su cronología, sino de los símbolos tejidos alrededor de ellos, o en su misma génesis, que revelan en todos los casos algunos de los rasgos más acusados de nuestra idiosincrasia, y con ellos el cínico y atroz afán de la sociedad oficial por manejarlos y ponerlos a disposición de sus mezquinos e implacables intereses; o el profundo desespero de quienes, abismados ante la actual disociación de nuestras gentes, apelan angustiados a esa lógica de la publicidad para abrirse o abrirle paso a nuevos horizontes.
Colombia es un país sin comunicación. La histeria de sus locutores intenta día por día sepultar a fuerza de ruido el melancólico silencio de sus gentes. Somos una desarticulada sociedad que, como anotaba uno de nuestros pensadores, sustituye el vacío creado por la ausencia de una necesaria y real construcción de destinos comunes, por la violencia escueta, puntual, y por la palabra que no dice nada pero que otorga distinción a quien la pronuncia. Y ese es el afán primordial de quienes se disputan hoy el protagonismo de la cosa pública. Tengan o no las armas directamente (porque todos, hoy por hoy, cuentan con ellas), sin excepción intentan distinguirse. Se trata de destacarse nítidamente y a como dé lugar sobre el trasfondo oscuro del desconcierto, el caos, la crisis, la implacable carrera individualizada por la vida, y la indefensión ante el sistemático asedio levantado a través de los medios de comunicación. Se trata de vender, imponer y aprovechar una propia imagen inventada al vuelo en el grosero sin fin de la circulación mercantil; del culto a los hechos, a la improvisación; de una primitiva y retardada reacción contra la retórica de los viejos gramáticos, que no se percata que esa retórica descendió hace mucho tiempo a los hechos mismos, y ahora está siendo cruelmente recreada por el afán de la ganancia y la inmediatez de los políticos. Distinguirse, y no diferenciarse, ni diferenciar. No se reconocen sectores ni clases sociales, ni intereses específicos qué conjugar ni articular en pos de identidades que mutuamente se enriquezcan y se construyan en la lucha. Ya no se intenta pensar que a este régimen social lo sostienen algo más que los fusiles oficiales; así como los portadores de éstos, si bien piensan o dicen que la insurgencia tiene “causas profundas” (sic), no le reconocen más que la entidad policiaca de la conspiración. Entonces hay que extrapolar: son “el pueblo” y “la nación” las que se promueven y enfrentan, y tras esos fantasmas, cínicas o desesperadas voluntades afanosas de esa distinción. “Sí se puede” como principio común en el aislamiento y en la carencia de perspectivas y objetivos en la lucha social. La guerra no como prolongación: la guerra como sustitución de la política social.
El espectáculo
Y sí se puede en función del espectáculo. En el Palacio de Justicia, por ejemplo; más allá de si hubo razones de hecho para una u otra toma habría a estas alturas que preguntarse sobre la escogencia de ciertas tácticas de lucha y lo que simbolizan: Se incendia públicamente el Palacio de Justicia con doscientas o más personas dentro para reducir a cenizas lo que complejamente representan, y se cualifica el camino de la política de exterminio; en el Valle del Cauca, por ejemplo, se incendiaron a comienzos de los Ochenta extensos cañaduzales donde supuestamente se escondían guerrilleros. Ya no se pregunta por qué se llegó a imaginar un asalto al Palacio de Justicia para juzgar al presidente desde allí. Se buscó también por parte del M-19 un chivo expiatorio; pero, en general, ¿ingenuidad? ¿locura?, ¿atrevimiento? No lo creemos. Más bien el summun de una lógica demostrativa basada, también y a su manera, en ese espíritu de conmoción. El impacto. La fuerza de los hechos fabricados y difundidos por prensa, radio y televisión, y no la fuerza de los hechos sociales de los cuales todos tenemos, hoy, nostalgia inconfesada. Ni tampoco se pregunta por qué los dejaron entrar. Como imágenes simétricas, estas lógicas se juntan y se apoyan mutuamente: se necesitaba un escarmiento contundente, definitivo, en un escenario central, de primer plano, previamente escogido y cerca de los actores de primera línea, que por definición están distanciados del grueso del público. Se trataba para ambos bandos de “actuar” en y sobre el mutuo fetiche del “centro” de la República.
Y no solo escarmentar a los guerrilleros: también a quienes, dentro del gobierno, o del establecimiento, aún dudaran de entrar en el juego; también a los magistrados, a los ilusos, al mundo entero, a quienes pudieran encarnar o exigir matices. El espectáculo no admite sino grandes brochazos; caricaturas de personajes; prototipos ejemplarizantes, la pedagogía de los hechos, los buenos y los malos. Y los malos, al infierno. Es la política de las mutuas condenaciones, con el acumulativo efecto de ir imponiendo un estado de alma en el vasto arsenal de esos rituales de la destrucción: incendios; ataques alevosos frente al desprevenido público y en condiciones de indefensión del contendiente; saqueos en los desastres; exhibición de los cadáveres (vieja forma de escarmiento de nuevo promovida); revanchismo, trivialización del combate social y del complejo enfrentamiento militar; ediciones extraordinarias de prensa sobre los desastres, y programas especiales de radio y TV sobre la agonía de víctimas estereotipadas en su tragedia, con pautas publicitarias de altísimo precio; fusilamientos en los barrios, ejecuciones de los prisioneros de guerra o de los saqueadores… Todo va conjugando y buscando un estado de alma en el cual todo sea legítimo y permitido. Embotamiento, exaltación de las reacciones primarias, consolidación de un vasto escenario que retoma centenarias costumbres (¿qué fue la Inquisición? ¿Qué hicieron con Galán, el de los Comuneros?), donde la muerte con vertida en espectáculo, se hace socialmente vacua pero particularmente cobra sentido como camino redentor o imagen terrorífica. Hacerse víctima o verdugo, pero participar. No quedarse atrás: estar en primer plano.
El público
Y entonces claro, campean la pasividad de “las masas” y el activismo ciego y especializado de los individuos, en complementaria ronda. Golpes simbólicos contra dirigentes políticos o militares, granadas en medio de asambleas obreras, tanques en el palacio y en las calles: todo para demostrar poderío e intimidar, además de los propios y nefastos efectos de cada golpe. Confusionismo, revolver más el río con la propaganda negra, golpear y firmar por otro, noticias falsas, contra-información, simulacros no anunciados de emergencia sobre supuestos aludes y erupciones del volcán en plena noche, en el área de refugio de las víctimas del desastre real: terrorismo sistemático para exacerbar el miedo y reafirmar el poder del aparato organizado con base en el miedo. Ostentación, envanecimiento ante cada pírrica victoria, pues si esta lo es se debe al puntual aniquilamiento del enemigo ante el público contemplativo que responde como autómata al estímulo: silbidos a los tanques al aparecer en escena, y aplausos al salir. Las “masas veleidosas” cortejadas por machos heridos en su amor propio. Enjuiciamientos, búsqueda de responsables de la situación cuando todos, aplaudiendo o chiflando, nos hacemos dramáticamente cómplices de ese neurótico afán de distinción en el pantano. Y una vez más, ¿para qué seguir? ¡Qué violenta está resultan do la asunción de las pautas de la sociedad del espectáculo en nuestro medio! Frente a la pasividad y el estupor predominantes, lo que no está en la prensa no cuenta. La realidad prensada, televisada, estúpidamente voceada. Y se llega al extremo, inevitable por ese camino, de fabricar y simular los hechos en función de su divulgación, cuando no de omitirlos con el silencio. Que la realidad camine frente a nosotros, no nosotros construyendo el entorno. Todo en vitrina iluminado, filmado y proyectado: la circulación de las mercancías y la violencia. Cultura o, mejor, violencia y simulación.
¿Hasta cuándo?
Hay que contar con los efectos reales de los sucesos trágicamente fantasmales que nos asuelan; con que en esta situación sigue corriendo el barro, pero de hecho amalgamando el cierre de un país rural, disperso, que ya vivió una violencia generalizada que se aprovechó de esa dispersión, con la apertura dramática de esta patética desarticulación social en el hacinamiento y la concentración de las ciudades. Hay aprendices de brujo jugando al escarmiento de unas almas que hace lustros conocen la parafernalia de sus trucos. Y el escenario por más que se quiera no es el mismo: La “violencia en Colombia” de los años Cincuenta se vivió en el campo y se manejó desde las ciudades. Hoy, cuando la mayoría estamos ya volcados en estas, tal vez esa cruel apelación a los medios de comunicación esté sostenida por el imposible afán de algunos de repetir la historia, de mantener las riendas de todo el proceso en algún lugar soñado a salvo de las avenidas del barro. Pero esos mismos medios se vuelven, a la postre, inasibles y obligan a bandazos desesperados: del populismo al autoritarismo, por ejemplo, y así, cada aprendiz de brujo va quedando envuelto en los propios vericuetos de su violenta magia. El público, por su parte, nosotros, cada uno, estamos confrontados a quebrarla. Ha corrido y está corriendo barro bajo los puentes en Colombia; y con ese barro quienes inspiran y manejan los medios de comunicación, metidos también en el pantano, están arando y sembrando en otra ciénaga diferente a la que se imaginan.
(HDC- diciembre de 1985. A un mes de las tragedias del Palacio de Justicia y de Armero) – Publicado en el Magazine Dominical de El Espectador, N. 145, enero 5 de 1986. Y en el libro del autor, Nosotros los mismos. Ensayos sobre extravíos y búsquedas del Otro en Colombia. Cerec, 2003, y Prosa del Mundo, 2023).