La política exterior de Donald Trump mantiene a Venezuela en esa crispación agónica, un estado de tensa incertidumbre que no es otra cosa que el eco persistente de intervenciones pasadas que América Latina ya conoce demasiado bien. Nos asalta la pregunta crucial: ¿es una acción militar —un bombardeo o, peor aún, una ocupación— un escenario probable, o acaso no es más que una burda herramienta de coerción retórica? Dilucidar este enigma exige un análisis frío, quirúrgico, que desvista la teatralidad política para desnudar la lógica de la estrategia militar y los intereses que se esconden en las tinieblas del poder.
Las señales que, con una cadencia inquietante, sugieren una agresión militar nacen, de manera ineludible, del lenguaje de la disuasión forzada y de la palpable acumulación de recursos estratégicos.
La frase manida y reiterada hasta el hartazgo de “todas las opciones están sobre la mesa” es la máxima destilación de la filosofía de la paz “a través de la fuerza”. Este viejo principio, popularizado en la Guerra Fría, busca, con una insolencia calculada, que el adversario asuma el riesgo de una escalada. Ello, por supuesto, justifica la constante presión. La política de sanciones draconianas, la calificación de Nicolás Maduro y su entorno como narcoterroristas y la emisión de órdenes de arresto configuran un cerco legal y financiero que, en la historia de las grandes potencias, ha sido el prólogo de la acción directa. La erosión calculada del estatus internacional de un régimen se convierte así en la legitimación moral de una futura intervención.
Segundo, la actividad naval y militar en el Caribe, con esos ejercicios que involucran a aliados regionales, es una demostración de capacidad que más que disuadir, provoca. Estos movimientos trascienden la simple maniobra de entrenamiento; son mensajes estratégicos precisos que buscan modificar, a punta de miedo, el cálculo de costos y beneficios del régimen de Maduro. La cercanía física de los activos militares gringos eleva, de forma escalofriante, el umbral de credibilidad de la amenaza de intervención.
Estas señales no hacen más que replicar una visión de la política internacional, en la que el poder es la única moneda de cambio real y la fuerza se erige como el árbitro final de las disputas. El discurso de Trump se construye sobre una voluntad de poder sin restricción, que al proyectarse hacia el exterior, justifica el uso de la coacción máxima.
Sin embargo, las señales que susurran una profunda reticencia a la intervención armada son, por fortuna, considerablemente más sólidas.
La barrera fundamental es la doctrina del costo humano y político. Una aventura bélica en la forma de ocupación o incluso un bombardeo limitado contra Venezuela exigiría un compromiso militar a larguísimo plazo en un territorio vasto, con una población fracturada y un ejército que, aun estando debilitado, conserva la capacidad de ofrecer resistencia asimétrica. El fantasma de Irak, con sus facturas económicas impagables y su implacable erosión de la moral pública estadounidense, actúa como un poderoso y eficaz freno para cualquier presidente. Venezuela, francamente, no ofrece el valor estratégico directo (más allá del petróleo, que es mucho) que justifique un impasse de la magnitud que supondría una guerra de guerrillas urbana.
Se debe sumar a esto la oposición regional a una intervención directa, palpable y rotunda. Países fundamentales de América Latina, a pesar de su rechazo al chavismo, desaprueban la injerencia militar, invocando el principio sacrosanto de la no intervención y el pánico a un efecto dominó desestabilizador. Una acción unilateral de Trump no haría más que fracturar las alianzas multilaterales que Washington requiere para ejercer su presión diplomática.
La guerra es una necedad. El arte de gobernar, dijo Maquiavelo, no reside únicamente en la capacidad de ataque, sino en la prudencia que discierne cuándo la inacción, o una acción menos aparatosa, produce un resultado más favorable a largo plazo.
La retórica oficial subraya que a Estados Unidos no le importa que Maduro no pueda demostrar que ganó las elecciones. La verdad cruda se asienta en un plano de intereses estratégicos más frío y menos edificante. A Washington, seamos sinceros, no le interesa la pureza democrática venezolana. Lo que realmente le preocupa es que el dictador Maduro significa inestabilidad con la penetración de actores geopolíticos adversos, como Rusia, China o Irán, en el viejo patio trasero de los gringos.
La defensa de la democracia, en este contexto descarnado, no es más que una justificación ornamental para proteger y promover los intereses geopolíticos. La ilegitimidad de Maduro es, de hecho, el instrumento jurídico-moral perfecto que permite la aplicación de sanciones y el desconocimiento diplomático, creando la plataforma ideal para la injerencia. Si Maduro fuese un dictador funcional y afín a los intereses de Washington (como tantos otros lo fueron en el siglo XX), la preocupación por su fraude electoral sería, en el mejor de los casos, retórica secundaria. El principio que opera aquí es el de la llamada “Realpolitik”: la moralidad, un accesorio, se subordina inexorablemente al poder.
La idea de que Trump es el único artífice de esta ofensiva es una peligrosa simplificación. La presión sobre Venezuela es obra de múltiples promotores que configuran el establecimiento gringo de la política exterior. Se trata de una auténtica obra coral.
Un influyente sector ideológico, en gran medida articulado en la Florida (donde el voto del exilio cubano y venezolano pesa como una losa), promueve la confrontación abierta. Estos actores ven el derrocamiento de Maduro como un paso crucial para desmantelar el “Eje del Mal” latinoamericano (Cuba-Venezuela-Nicaragua) y revertir la influencia de la izquierda bolivariana.
Si bien la guerra total no parece inminente, la escalada de tensiones justifica el aumento del presupuesto de defensa y las operaciones de vigilancia y contención en el Caribe, lo que beneficia a los voraces contratistas y a los grupos de “expertos” —los famosos think tanks— que, por muy buena plata, se dedican a la investigación y el análisis de la seguridad nacional y cuyos resultados —como lo hacen empresas encuestadoras— suelen estar convenidos de antemano.
Países latinoamericanos (como Colombia y Brasil en ciertos momentos), que afrontan la crisis migratoria venezolana y la amenaza de desestabilización fronteriza, que son aliados tácticos de la política de máxima presión. Agitadores en esos países buscan la caída de Maduro sin asumir ellos el costo militar, eluden su responsabilidad.
La operación de cerco y ataque es una obra coral donde Trump es el director visible, pero la partitura la escriben intereses geoestratégicos, corruptos, ideológicos y económicos específicos. Todos se alinean en la percepción de que la permanencia de Maduro representa un peligro y su salida una oportunidad de ganancia.
Las tensiones se calmarán no por un acto de voluntad benevolente, sino por un cambio en el cálculo de poder o una saturación estratégica que haga inviable seguir el juego de la escalada. Dos escenarios principales precipitarán el sosiego:
Uno: El Cambio en el Liderazgo Estadounidense. Una nueva administración podría optar por una estrategia de contención a largo plazo o un acercamiento pragmático (negociación mediada). Reconocerán que la vía militar es inviable y que la vía de la presión máxima es estéril sin una amenaza creíble. El cese de la retórica agresiva inmediatamente reducirá la temperatura geopolítica.
Dos: una transición interna negociada: La tensión cederá si el propio régimen de Maduro, debido al estrés interno (económico, militar o social), acepta un proceso de transición supervisado internacionalmente. Este proceso, que implica garantías de salida para la cúpula, ofrecerá a Washington una victoria política sin el costo militar. La presión externa, por lo tanto, se mantendrá hasta que el equilibrio interno de poder en Caracas se rompa.
En esencia, la calma regresará cuando la política se imponga sobre las bravatas. Venezuela y Estados Unidos solo encontrarán su síntesis en una nueva realidad política (un nuevo statu quo o un nuevo liderazgo) que resuelva el avispero sin aniquilación mutua. La guerra no es el fin último, sino el fracaso de la política.
Mientras haya espacio para la negociación, la coacción económica y la diplomacia coercitiva, la idea del bombardeo, aunque terrible, es, probablemente, solo una sombra.