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Donde la ametralladora fue reemplazada por las ideas

Editor: Francisco Cristancho R.

Como dice la canción argentina, unos están arriba y otros están abajo. Ahora yo estoy a un lado y ustedes están al otro. En ese momento, cuando estoy escribiendo estas líneas, me encuentro lejos de Colombia; lejos de todas partes. Me encuentro en Lisboa. Un divertido pueblo antiguo al que nunca lo cambiaron. Lo dejaron con sus colinas, con sus tranvías y con sus portugueses. ¿Que de qué color es el portugués? El español tiende a ser medio mono, el africano es negro, mientras que el portugués es mitad de uno y mitad del otro.

Ahora sí entiende uno por qué José Bonaparte se embejucó con su hermano Napoleón cuando lo mandó a gobernar esta parte del mundo, lo que es la península ibérica. Dijo ¿y por qué a mí me tocó esta parte de África y a Bernardotte le dieron a Suecia? Seguramente porque José Bonaparte no sabía administrar, mientras que Bernardotte sí. Lo cierto es que es una mixtura de culturas que uno no sabe ni dónde está, porque no se habla español, tampoco se habla francés, pero se habla algo distinto, que es el portugués; un popurrí entre castellano, vasco, español, y de toda clase de mezcolanzas que se encontraron en esta esquina de Europa. Bienvenida sea esta ciudad. Un muy bonito lugar.

La suerte me deparó la posibilidad de estar el sábado anterior en un sitio que tenía deseos de conocer: el bar de Pablo Iglesias, allá en Lavapiés. Interesante lugar. Interesante porque todos los revoltosos del mundo, la poca izquierda que queda en este planeta aún se reúne allí. Cheverísimo por el tipo de gente que va. Allí tuve oportunidad de conocer a Serigne Mbayé, un activista social y exdiputado de la Asamblea de Madrid que estuvo como tripulante en una de las embarcaciones que trataron de llevar ayudas a Gaza y mirar a Israel de lejos, pero a los que, obviamente los israelitas -que no se quieren sino a ellos mismos- no los dejaron entrar. Él nos contó que había estado en Colombia, y llevaba un sombrerito con el nombre de nuestro país que se lo regalaron en la última campaña electoral que tuvimos, donde él actuó como testigo internacional; y se enamoró, no tanto del país, sino de algunos sujetos buenas gentes que encontró en su vida. ¡De buenas! Porque a veces encontrar buena gente en Colombia es casi un imposible metafísico. Él la encontró y se encariñó, y por eso anda con el nombre y los colores de Colombia puestos en su sombrero. Es un personaje simpático, muy agradable, que canta muy bonito, y muy popular allí porque cuando cantó todos lo reconocieron y todos lo aplaudieron. Y los turistas que ahí estábamos también lo aplaudimos, porque el turista termina haciendo todo lo que los demás hacen.

 
 

En definitiva, nos gustó ese bar. Se los recomiendo. Si vienen a Madrid no olviden visitar el bar de Pablo Iglesias, en Lavapiés. Tendrán allí ustedes la posibilidad de mirar algo distinto; de encontrarse con gente distinta, y que no son en su mayoría turistas, porque curiosamente los que van al bar de Pablo Iglesias no son los turistas de mochila; los que van allá son los revolucionarios, que ya no cargan ametralladora, cargan ideas. Toda esa gente que estaba ahí, a la cual yo miraba con curiosidad, era gente que tenía cargado su cerebro de ideas, no de balas. Eran demócratas de verdad, demócratas de izquierda, porque decir “demócratas de derecha” es decir que se es hincha de Trump, porque ¿a alguien se le ocurre pensar que los Estados Unidos sea un país de derecha? ¡Jamás! Estados Unidos es un país de ultraderecha. Ojalá la vida no me permita volver nunca a los Estados Unidos porque no creo que tenga nada que hacer en un país donde hablar mal de Trump sea un delito.

Volviendo sobre la temática del mundo moderno, me pregunto, ¿en qué se diferencia este mundo moderno del arcaico de los cavernícolas?… ¡en nada! Son los mismos hombres con menos o más ropa. El hombre auténtico está empeloto, así era como vivía el cavernícola, sin ropa. No tenía que ir a los almacenes a comprar la última moda que había adquirido cinco minutos antes el señor que también iba buscando la última moda. Porque la última moda es la que impuso el que estuvo antes de él. Es chistoso ver a esos arribistas que miran cómo se viste fulanito de tal y corren todos a comprar lo que ese arribista tenía. Cuando usted quiera ser auténtico… ¡empelótese!, para que usted se vea como es usted y no se ponga la ropa que otros le mandan a ponerse. Porque ahora si a alguno le da por usar el saco corto, entonces todos usan saco corto. Ese que va arriba de las nalgas. El saco elegante iba de la cintura para abajo, pero ahora lo usan como bailarín de flamenco. ¿Y por qué se lo ponen así? “Ah, porque así se usa ahora”, y me da risa escuchar ese tipo de respuesta ¿Y es que acaso porque otros los usan es excusa suficiente para también hacerlo? Lamentablemente eso es la moda. Es hacer lo que a otro idiota le dio por hacer.

¡Desvístase y sea auténtico! Vístase como los demás quieren y estará a la moda. ¿Qué prefiere, ser auténtico o estar a la moda? Yo prefiero ser auténtico. Detesto comprar la ropa de marca. Cuando usted se pone un vestido de marca, y con el sello para afuera, usted se convierte en el hombre valla. Usted paga para hacerle propaganda a otro. Hay que verlos, portan trajes donde en la manga llevan la marca del sastre de lo que van usando, y me pregunto, ¿cuánto le pagarán ese idiota por hacerle propaganda al que fabricó ese vestido? No le pagan nada, pero eso sí, él está feliz de ver que tiene el vestido que otros están usando. ¿Y qué es estar a la moda? Estar a la moda es vestirse como a los demás se les da la gana, así a usted eso le quede frondio.
 

Coletilla- Se tiene programada una cita en la otra vida con los personajes más parecidos que se puede encontrar por su comportamiento. Aquella cita será en el séptimo Pailón, y a ella acudirán Benjamín Netanyahu, Adolf Hitler, el emperador Nerón -de quien, como no sabemos quién era su padre, desconocemos su apellido-, Calígula, y aquel juez que condenó a Jesucristo. Todos estarán allí. Este último, estará por condenar -como cualquier trompista– por el color de piel o su procedencia, como actualmente pasa con la justicia norteamericana -ejemplo hoy de injusticia-. Así como en Estados Unidos se está condenando a la gente por su acento, su vestido o su color de piel, en la época de Cristo se les condenaba por algo similar. Dicen que el mar está muerto, sí. ¿El mar muerto de qué murió? De la pena, de ver la clase de gente que lo estaba pisoteando.

Hasta la próxima semana.

 

Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan necesariamente la posición de La Nueva Prensa.