Editor: Francisco Cristancho R.
Un país con crédito y sin democracia.
Una sociedad iletrada, pero “100% americana”.
Un mundo al revés con “América primero”.
Cuando alguien se conduce con pedantería, obra con impulsividad y se expresa con trato violento y grosero, en lugar de buscar referentes entre villanos de película o emperadores crueles hay que mirar hacia la Casa Blanca, cuyo morador ha alcanzado niveles increíbles de despotismo. El señor Trump, a quien ningún valor distinto al de su chequera se le conoce, decidió de buenas a primeras –y sin consenso incluso entre su propio gobierno– unirse a la aventura militar israelí y bombardear territorio iraní con recursos, equipos e infraestructura estadounidense, llevando a su país al borde de la guerra.
Con estas acciones ofensivas, y aunque poco interese en estos tiempos, los Estados Unidos infringió el mandato de la Carta de la ONU (instrumento ratificado por todos los involucrados) según el cual los estados miembros “se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado”.
Al preguntársele por la causa o el motivo detrás de la participación gringa en la incipiente guerra, Trump alegó que existía un riesgo probable y actual de que Irán se hiciera con armas nucleares. Dicha afirmación ha sido desvirtuada tanto por el Organismo Internacional de Energía Atómica como por sus propios funcionarios presentes en las negociaciones entre EE. UU. e Irán. El señor Trump miente sin vergüenza, cosa que ya sabíamos, pero lo hace con tal naturalidad y desinterés por las consecuencias que –a diferencia de antecesores suyos, como Bush hijo– quiso llevar a su país a la guerra sin siquiera forjar una mentira creíble y suficiente.
En el gobierno de Trump el ser humano se cotiza a la baja y ese dato es lo único que importa: si preservar la vida no es redituable para el capital, entonces debe privilegiarse cualquier alternativa distinta y favorable a los negocios. No es sino ver la manera en que el señor trata a sus subalternos o se refiere a sus opositores: su conducta denota la enajenación absoluta de cualquier interés en la humanidad.
A buena hora los ciudadanos y las instituciones independientes (que son aquellas que no ha cooptado, pero tras las que va) le han puesto tatequieto. Tribunales y jueces de todo el país han suspendido provisionalmente o anulado definitivamente algunos de sus decretos ejecutivos, mientras que la bancada demócrata en el Congreso reaccionó de inmediato a su ansia de guerra y ejerció los poderes que la ley le concede para controlar las acciones autónomas del Ejecutivo en Irán.
A su turno, cientos de miles de estadounidenses salieron a las calles para protestar contra las ínfulas monárquicas de su presidente. Esta manifestación ocurrió justo en el día de su cumpleaños y opacó un desfile militar solicitado por Trump, aunque este último debería estar agradecido con los ciudadanos opositores pues contribuyeron a superar prontamente el bodrio que resultó de su capricho propio de dictadores.
En la esfera internacional –y dejando por fuera a su socio, el sub judice “Bibi” Netanyahu– Trump y sus altos representantes son una paria y el hazmerreír de líderes como Giorgia Meloni o Emmanuel Macron, según hemos visto gracias a la labor de hábiles fotoperiodistas que han capturado su desespero e incredulidad. A la vez, los (pocos) países respetables e independientes buscan distanciarse de la nueva política exterior gringa, entre cuyos mottos se cuentan el espantoso “paz a través de la fuerza” y el improcedente (e imposible, considerando que la diplomacia es, ante todo, la concertación) “América primero”. Aún con temor, el mundo democrático le planta cara al matón-bufón.
Hasta la próxima.