Si el señor Manuel Santiago Mejía quiere gobernar, que se lance y que se elija, pero que no nos condene a cuatro años de estribillos con Miguelito.
“Es el momento de defender el país”, dice con voz estruendosa –de suyo que impostada– y horripilante –esa sí suya– el señor Miguel Uribe Turbay en una cuña estrafalaria que se repite sin control en YouTube. Tiene que ser mucho lo que el Grupo Corbeta y otros empresarios le están metiendo a este personaje, sin imaginarse que en realidad lo están promoviendo para que participe de un programa de imitación. Creemos que no hay dinero suficiente para hacer de Miguelito alguien agradable, menos presidenciable, y que tanta pauta desatiende lo esencial: es imposible que los colombianos elijamos alguien con ese corte de pelo y con ese rostro confuso de bebé en cuerpo de apariencia adulta.
Es tan cínico el joven Miguelito que promete “defender el país” con la fórmula probada y fallida de su jefe, el otro Uribe. ¿Imaginan ustedes tamaño adefesio? De quienes hay que salvar al país y prevenir que vuelva a sus manos es de los Turbay, de los Uribe y de un montón de poderosos políticos y empresarios que experimentaron, por primera vez y apenas durante cuatro años, lo diferente que es hacer negocios sin tener el presupuesto nacional como plata de bolsillo.
Tampoco advierten el señor del Alkosto y sus amigos que escuchar a Miguelito tres veces en un día puede ser suficiente razón para detestarlo. Bien harían poniendo a otro a hablar por él, como pretenden hacer una vez lo elijan a la Presidencia, pues si siguen obligando a los internautas a ver a ese hombre contrahecho perderán toda intención de salir a votar y, entre los más pesimistas, de vivir.
Hay que recordar que el abuelito del joven Turbay, de gesto y conducta poco tiernas, impuso un régimen de terror que por poco deja a este país sin intelectuales, condenando a la población a la ignorancia y a la incultura. En época de Julio César Turbay Ayala todo aquel que pensara estaba en riesgo, máxime quienes se adscribían a la izquierda política, y no había nacionalidad o clase social que protegiera de la brutalidad de las fuerzas de seguridad. Miguelito ha guardado relativo silencio sobre el legado de su abuelo, seguramente por órdenes de sus mecenas, pero eventualmente tendrá que contarnos si encuentra sus acciones admirables o despreciables. Nosotros creemos saber hacia dónde se inclinará, como lo han hecho otros miembros de su familia.
¿Quién que haya vivido durante el Estatuto de Seguridad y goce de instrucción o al menos cultura política puede considerar ese un periodo democrático? ¿Les parece digno de una democracia lo de la ventanilla siniestra, trama criminal en la que habría participado el señor Turbay Ayala según decían altos funcionarios gringos? ¿Y qué tal la fiesta de la marihuana? Tanto el abuelo de Miguelito como sus inmediatos sucesores presidieron una apertura que poco tuvo de económica y menos de democrática, pero que fue amplia y fructífera para el narcotráfico como está ampliamente documentado. Una verdadera apertura narcótica, en nuestro concepto.
¿En qué maldad estarán pensando los Uribe y/o los Turbay con Miguelito? ¿Les constará lo que nosotros vemos: su falta de carácter; su candidez; su inexperiencia? ¿Confiarán en sus defectos para erigirse como los líderes en la sombra de ese individuo de escasa proyección y, por tanto, de sombra? Aunque por sí mismo sea intrascendente, tendremos en el radar a Miguelito porque detrás suyo hay poderes e intereses copiosos y rabiosos.
Adenda: en la semana que pasó lidiamos con una buena dosis de pesimismo, especialmente luego de presenciar en vivo la conducta marrullera y antidemocrática del presidente del Senado en el trámite de la consulta popular. El señor Efraín Cepeda expuso todo lo que lo constituye, y probó, una vez más, que la experiencia también puede ponerse al servicio de la trampa. Como bien dijo el senador Inti Asprilla, a Cepeda nada le queda de honorabilidad parlamentaria.
¡Hasta la próxima semana!