Editor: Francisco Cristancho R.
Demócratas para las inversiones, pero cómplices con sus silencios ante el autoritarismo.
La democracia que sirvió de pretexto para librar guerras en el extranjero ahora es un obstáculo en casa.
Se decía que los Estados Unidos era la cuna, el faro y el baluarte de la democracia, pero ahora la simple idea produce jaja’s. Consideremos uno entre muchos ejemplos del autoritarismo rampante que gobierna el país del norte: ¿acaso puede ser democrático identificar, recolectar información, adelantar labores de inteligencia, requerir la entrega forzosa de documentos personales, acechar y expulsar a estudiantes extranjeros que se han manifestado en rechazo a la guerra entre Israel y Hamás? ¿Cómo se explica, desde una perspectiva republicana y liberal, que un gobierno se ensañe con las universidades y pretenda comprometer su estabilidad económica por no acceder a sus exigencias cada vez menos lógicas y más arbitrarias?
Vivir en Estados Unidos mientras se es opositor de Trump ya es motivo de sospecha en algunos sectores, pero si el crítico es un migrante, ello se torna en una verdadera cacería de brujas liderada por la propia administración federal. Están ampliamente documentados, además de las deportaciones y de las retenciones arbitrarias, casos en los cuales ciudadanos estadounidenses han dejado de recibir créditos bancarios en razón de sus posturas contrarias al gobierno (el capital cerrando la tenaza a su arbitrio, como es habitual), así como otros que han perdido acceso a sus cuentas de redes sociales y a portales de información u opinión tras manifestar visiones contrarias a las del matón-bufón que rige sus destinos y, en últimas, también los nuestros.
Observen una cosa curiosa: cuando en uno de los países nuestros –conocidos para los gringos como repúblicas bananeras– ocurre algún desafuero o abuso en el ejercicio del poder estatal, entre los primeros que protestan suelen estar los diplomáticos estadounidenses asentados allí. Nos preguntamos, ahora que el abuso proviene de sus autoridades, ¿tendrán igual valor para denunciarlo? Nosotros creemos saber cuál es su respuesta.
Y qué decir del negocio del siglo que hizo Trump valiéndose de su cargo: a cambio de unos cuantos favores en sus múltiples gestiones, el gobierno catarí manifestó estar interesado en regalar a Trump un avión y no cualquiera, una aeronave tan opulenta que ningún país la ha adquirido para sus gestiones oficiales. Lo más grave del regalo y de los conflictos de interés que tras su propuesta se esconden es que el señor Trump pretende recibir el avión como presidente y una vez se quite la banda aspira a llevárselo consigo para estacionarlo cerca de Mar-a-Lago, de manera que pueda cobrar a quienes deseen ver el mayor cohecho de la historia, impune e inmune a cualquier reproche.
Nos preguntamos qué ocurriría y cómo se describiría si mañana el gobierno del presidente Petro resolviera privar de recursos públicos a una universidad privada de Bogotá por diferencias políticas. Pensamos que, a diferencia de los estudiantes gringos que nos han enseñado de pasividad, habría amplias e insistentes manifestaciones por parte de los afectados. Resulta inquietante y en todo contradictorio que el país que enseña(ba) de democracia al mundo cuente con un estudiantado tan deficiente, desinteresado, apático o cómplice del autoritarismo.
Adenda: pensábamos en que Panamá nos recuerda a una bailarina del can-can. Ningún empacho ha demostrado al alinearse con el gobierno de Trump, quien se ha valido de su entreguismo para convertir hoteles en asilos para migrantes bajo la amenaza de recobrar “lo nuestro” y quedarse con el Canal. Estas relaciones no son diplomacia ni denotan una intención de atemperarse al gobernante de turno, son la sumisión al poder del más fuerte y no dejará sino fracasos.
¡Hasta la próxima!