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Desarreglar para que todo se mantenga igual

Editor: Francisco Cristancho R.

El término democracia es el más ultrajado durante las campañas electorales. Todos juegan con él, muchos le dan su propia significación, pocos lo entienden y aún menos lo defienden.

Le tengo miedo al miedo, dijo el héroe. Es normal, aseguró el cobarde, yo tengo miedo todos los días. El valiente respondió: no es normal tener miedo a diario, es razonable sentirlo cuando peligra la integridad. En nuestro concepto, tener miedo al miedo no es muestra de temor sino indicio de sensatez. Y nos pasa a todos, especialmente cuando se acerca la hora de tasar y sufragar impuestos, como ocurre por estos días para algunos.

Siente uno miedo por el valor y luego se acrecienta al imaginar en qué desafuero terminará esos dineros. Comienzan las discusiones sobre tasas, avalúos y proporciones, y las más de las veces, el ciudadano se encuentra de frente con un alcabalero que no solo conoce, sino que activamente contribuye a los malos cálculos y al cobro en exceso. Consideramos que, dada su naturaleza impositiva, las administraciones de impuestos deberían abstenerse de incurrir en prácticas abusivas y recordarse, de cuando en vez, que están prestando un servicio público de cuya satisfacción también se benefician.

Exprimir al ciudadano sin una mínima contraprestación, o al menos ninguna que le sea evidente, puede entenderse por algunos como una expoliación. Es curioso –y en todo ilustrador– que en la víspera de la fecha de pago del impuesto vehicular uno vea más huecos, menos agentes de tránsito o más trancones, aun cuando esta es la realidad de todo el año y año tras año. Sabido es que el Estado colombiano provee uno que otro servicio y satisface algunas de sus obligaciones constitucionales, pero son millones quienes no los usufructúan en razón de su baja calidad o mínima disponibilidad. Para cientos de miles de contribuyentes el Estado existe únicamente en sus gestiones tributarias y a estas alturas perdieron toda esperanza de recibir alguna especie de retribución directa o indirecta.

No decimos que el Estado deba entregar a cada contribuyente una ancheta o eximirle de un porcentaje del impuesto a su cargo; sugerimos, en cambio, que se reconsidere la participación en el fisco de las rentas provenientes de trabajadores de clase media, independientes y pequeños empresarios formales, y que se garanticen mínimos de seguridad, bienestar, justicia y sana convivencia. No es mucho lo que pedimos y tampoco son metas inalcanzables para el presupuesto nacional. 

-De regreso a la actualidad, que tanto nos interesa- En tamaño enredo están los partidos políticos con la selección de candidatos para las próximas elecciones. Según cuenta la prensa, el reblujo se observa en las toldas de izquierda, centro y derecha, y ninguno logra descifrar el estado de la opinión pública ni sus simpatías. Con el respeto debido a los demás y el aprecio a los propios, lo ‘mejorcito’ está en la izquierda.

Ahora que están conformando listas y alianzas, conviene que en todas las formaciones políticas recuerden que el servicio público es, por definición y principio, un servicio y que como tal se debe a quienes sirve. Ojalá no repitan ni regresen quienes, una vez con credencial en mano, se arrojan la pertenencia a una “clase política” desinteresada y distante de los electores. El servicio público esmerado, profesional y transparente, desde la jefatura del Estado hasta el último cargo del organigrama, es la mejor señal de madurez democrática.

Inmaduros en democracia son quienes no reivindican o a la primera dificultad abandonan sus convicciones. Hay un sujeto a quien Germán considera el “arcoíris de la política”, el senador Miguel Ángel Pinto, cuyos colores se confunden según la ubicación del bombillo que mejor alumbre. El señor Pinto, de extracción y partido aparentemente liberales, se ha opuesto con ferocidad a las reformas sociales del Gobierno, propias de una ideología socialdemócrata y respetuosas de las libertades individuales. Lo cierto es que de liberal tiene poco y de acomodaticio mucho.

Agradecimiento: desde esta columna Germán quiere agradecer a todos sus amigos por el homenaje que en días pasados se le hizo, organizado por Luis Eduardo Leiva y Mauricio Rodríguez. Fue un bonito acto entre amigos, quienes le demostraron su afecto y con quienes Germán confirma que no hay mejor obra que la amistad mutua. Agradece su generosidad y espera poder corresponderles algún día.

Adenda: ¿quién le aclara al senador Efraín Cepeda que el cargo de “presidente del Congreso” no es para el que fue elegido, como equivocadamente cree, sino una responsabilidad adicional –e incidental– que le compete en tanto presidente del Senado y responsable de dirigir las infrecuentes sesiones conjuntas de Cámara y Senado?

Adenda dos: escuchando al vicepresidente de Estados Unidos, un señor Vance, recuerda uno que en otras épocas los titiriteros solían encontrar un bobito en cada pueblo que les cargara la maleta. Ya se imaginarán quién es el titiritero y quién el asistente.

Adenda tres: por la prensa supimos que unos taxistas en San Andrés se negaron a prestar su servicio a un grupo de turistas rusos. ¿Al fin qué? ¿Quieren o no que los turistas los visiten? ¿Acaso los nacionales rusos son menos turistas o por su nacionalidad son indignos de su atención? Ahí se van, sin intención de volver y con toda razón, más de una decena de viajeros que en sus próximas vacaciones optarán por destinos semejantes –y de seguro más apacibles para ellos– como Aruba o Curaçao.

Lectura recomendada: impecable la opinión de Yezid García sobre la destacada visita del presidente Petro a China, disponible dando clic acá.

¡Hasta la próxima semana, lectores!

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