Antes de Trump, las diferencias entre los jefes de Estado solían atenderse a través del diálogo, ahora, se dirimen por quién resiste más a su gaminería.
El mundo quedó aterrado tras ver la pelea entre los presidentes Trump y Zelensky, que por momentos parecía motivada por una limosna o por un mendrugo en horas de necesidad. No eran dos cargadores o taxistas, eran los jefes de Estado de dos naciones desarrolladas enfurruñados frente a la prensa durante una visita protocolaria con todos los honores. Como cereza sobre el pastel, Trump decidió tener la contienda en un recinto que hasta entonces parecía sagrado y que por su aspecto mayestático era motivo de admiración entre los estadounidenses: el Salón o Despacho Oval de la Casa Blanca.
Lo más divertido del cuento es que Trump no está deshonrando el Salón Oval ni haciendo en él –y con él– alguno peor a lo que allí han consumado sus antecesores. Desde ese lugar, Biden autorizó –sin enterarse de a mucho sobre los detalles– la entrega de armamento a Israel con el que luego habría perpetrado crímenes contra la humanidad; Bush urdió la farsa sobre las armas de destrucción masiva sentado en uno de esos cómodos sofás; mientras que Clinton poco se mantuvo sentado en estos. Visto lo anterior, poco de honroso y menos de sagrado tiene aquella oficina del presidente de los Estados Unidos, cuyas paredes ahora cuentan el recuerdo de una humillación en directo perpetrada por uno de sus moradores a otro jefe de Estado.
Mucho se ha comentado de lo que se dijeron Trump, Vance y Zelensky, pero no lo suficiente de lo que puede concluirse a partir de sus gestos y movimientos. Reparen ustedes en la postura de Vance cuando inicia su ensañamiento, el cuerpo relajado y la mirada firme de quien viene preparado para hacer desorden. Trump –situado en una silla que parece vencerse ante la tarea de sostenerlo– en reiteradas ocasiones alza su dedo índice hacia Zelensky, como quien busca que el otro obedezca y se calle. Y cómo no llevar la mirada a Zelensky, sentado en un rincón y por poco más atrás que su traductor, quien se mostró incómodo, ofendido y abrumado por la andanada, al punto que durante unos instantes exhibió una mueca infantil de desagrado, que inferimos le sale natural después de años de ejercicio como payaso.
El problema actual entre Estados Unidos y Ucrania no es menor y de ello depende la retribución de este a aquel por cuantía de miles de millones de dólares. Resulta que durante el mandato de Biden los gringos entregaron armas, explosivos y equipamientos al gobierno ucraniano sin firmar recibos ni extender pagarés, y ahora el nuevo gobierno busca cobrar en exceso de lo entregado, aunque su deudor ni siquiera reconoce que le debe. Trump va detrás de las tierras raras y, si todo sigue como va, logrará hacerse con ellas inventando una acreencia que no existía y que Ucrania no puede pagar en metálico.
Al ver quienes gobiernan el mundo se acuerda uno de los cómicos Tres Chiflados, con la notable diferencia de que estos no tenían el poder de hacer daño con sus descuidos. Los gobernantes que son noticia se caracterizan por su enajenación, siendo estos los señores Trump, Zelensky y Milei. Germán se acuerda de unos y otros cada vez que consulta la hora, pues los lleva en la muñeca como pueden constatar ustedes en esta fotografía.

Lo que no deja de ser penoso es que un patán como Trump sea presidente del país que quiso ser la nación “líder del mundo libre”. No es por su falta de ilustración, por su radicalismo ni por su pasado criminal, Trump es una vergüenza por su carácter egocéntrico, afanoso de detentar un poder omnímodo (aunque no sea para él sino para Musk), inmune a la compasión y sin reservas en la crueldad. Trump gobierna a las patadas y se cree dueño de todo lo que existe y lo que está por descubrir, confía en la fuerza bruta y no está dispuesto a hacer concesión alguna, y aunque esto pudo funcionarle en su primer mandato, todo indica que esta vez ha encontrado competencia. Las reacciones de líderes mundiales a sus desafueros han dejado en evidencia un consenso global –cada vez más infrecuente– alrededor de las necesidades de contener los efectos del déspota y de esperar para, cuando el tiempo sea oportuno, responderle en sentido semejante.
Al margen de dicho consenso está Milei, y cómo no, si grandes coincidencias unen a Trump con el payaso argentino. Por estos días les vincula la afición por las criptomonedas, al punto que ambos tienen monedas virtuales con su nombre. Si tan solo el señor Milei defraudó a más de 40.000 argentinos, ¿a cuántos podría birlar el señor Trump?
Adenda: nos pareció divertido e ingenioso un video producido con inteligencia artificial en el que se exhiben a los presidentes Trump y Zelensky agarrados intentando quitarle el uno las mancornas del otro. Pueden verlo, junto con el pie de foto autoría de Tola y Maruja, dando clic acá.
Adenda dos: para intimidar a un gran periodista, un juez de la costa ordenó el arresto de Gonzalo Guillén y dispuso para su reclusión un lugar vigilado por la policía. El presidente Petro, primera autoridad de policía del país, ofreció al periodista la Casa de Nariño como espacio para cumplir con la orden judicial. Son ambos un ejemplo para el país, en particular de que es posible corregir una injusticia sin incurrir en trampas, tinterilladas ni defraudaciones.
¡Hasta la próxima!