Apariencia
Apoyar a La Nueva Prensa

La historia de nuestro fraude electoral

Editor: Francisco Cristancho R.

Mucho se lamentará el señor Germán Vargas Lleras al considerar la posibilidad de que su abuelo haya contribuido a la llegada de Gustavo Petro a la presidencia de la República.

En nuestra columna anterior, cuando reparábamos en la doble moral de algunos respecto del posible fraude electoral en Venezuela, olvidamos mencionar que aquí ya tuvimos un fraude internacionalmente conocido, aunque no por ello condenado entonces ni suficientemente recordado ahora: nos referimos a la trampa que como presidente fraguó Carlos Lleras Restrepo para quitarle la victoria electoral a Gustavo Rojas Pinilla, con ello beneficiando a Misael Pastrana Borrero.

De no haberse consumado dicho fraude, en el que también ocupó un lugar protagónico el señor Carlos Augusto Noriega (ministro de Gobierno), las cosas en el tiempo presente serían diferentes, pues las repercusiones de dicho acto aún son perceptibles. Piensen, por ejemplo, en la carrera política del presidente Gustavo Petro: de no ejecutarse el fraude ese 19 de marzo de 1970, tampoco se habría conformado el Movimiento 19 de Abril, en el que inició su vida pública, al igual que destacados políticos como Antonio Navarro y Carlos Pizarro, entonces jóvenes indignados por la supresión de la voluntad popular. Sin el fraude de Lleras es posible que estos tres personajes hubiesen tomado caminos diferentes y alcanzado destinos ídem.

En la mentada fecha Germán ya se desempeñaba en un cargo público y recuerda vívidamente el discurrir de esa noche: siendo las 10:00 p.m., en un acto de soberbia el presidente Carlos Lleras dirigió la mirada a su reloj de pulsera y resolvió mandarlos a todos a dormir, so pena de infringir un toque de queda. En las horas que siguieron al fraude el descontento se sintió poco, lo que vino después ya está escrito en los libros de historia.

Este fraude, ‘de la madonna’ en la voz de Germán, no suscitó mayor reacción en los gobiernos del continente, quienes –no sin razón– mantuvieron la distancia y reafirmaron su obligación de no injerir en asuntos internos del Estado colombiano. Aunque los pronunciamientos del gobierno colombiano sobre el fraude denunciado en el vecino país han sido, por regla general oportunos, mesurados, consensuados con actores clave y respetuosos de las instituciones nacionales, persisten las voces que reclaman una postura más beligerante del presidente Petro, bajo la creencia equívoca de que Maduro madurará a punta de gritos. A buena hora el gobierno no ha cedido a las presiones, unas espontáneas y otras ansiosas de maximizar el daño. 

-Cambiando de hoja- Estamos dichosos por los pesistas colombianos, ahora olímpicos, que se destacaron por su esfuerzo y dedicación en los Juegos de París. Nos complació saber, por una entrevista a otro deportista de la representación nacional, que el gobierno ha financiado extensas concentraciones –incluso en el extranjero– para preparar a los deportistas en la antesala de los Juegos. Extendemos a todos los medallistas nuestras felicitaciones sinceras por un triunfo que no es de la Nación sino de ellos.

Adenda: infame el espectáculo de un grupúsculo de militares que desempolvaron las charreteras –no pocas inmerecidas– para reclamar por la admisión de reinsertados con propósitos de atención médica en el Hospital Militar de Bogotá. Olvidan estos individuos que ese hospital no es de ellos, así como tampoco lo son el equipamiento ni el personal, mismos que en buena parte se financian con recursos públicos a los que contribuimos todos. Con gente obstinada en la maldad no hay tratamiento que valga ni cura que les retorne la humanidad.

Adenda dos: muy ingenioso nos pareció –y por ello lo transcribimos a continuación, con créditos a su autor Lucas Peña (@lucaspe)– este tweet destacado por El Espectador en la sección de La semana en X: “La señora que llamó a La W a decir que la empresa encuestadora Datesco no debería llamarse así sino ‘dantesco’, hizo comenzar bien mi día.”

Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan necesariamente la posición de La Nueva Prensa.