Durante décadas, la cosificación de los animales en nombre del sostenimiento y las necesidades humanas ha sido un patrón destructivo para la sociedad, haciendo que nuestro país abra las puertas a la muerte como deporte, dejando atrás la verdadera evolución social.
Los políticos siempre prometen construir una Colombia soñada, pero muchos, al ganar curules, gobiernan bajo una mentalidad arcaica que, por encima de la protección de toda clase de vida, prefieren escudarse en un crecimiento económico que mancha de sangre muchas manos.
El proyecto de Ley 219 del 2023 “Por medio de la cual se aporta a una transformación cultural mediante la prohibición en todo el territorio nacional, del desarrollo de las corridas de toros, rejoneo, novilladas, becerradas y tientas, así como de los procedimientos utilizados en estos espectáculos enmarcados en tradiciones culturales, que socavan la integridad de formas de vida no humana” tendrá su último debate el martes 7 de mayo del 2024, en plenaria de la Cámara de Representantes. Este proyecto contempla una restitución laboral para quienes viven de esta cultura de violencia, pero parece que los representantes tuvieran una venda en los ojos y se escudan en una pérdida de empleos que, si se ve más a fondo, solo un 40% por ciento tiene condiciones dignas de calidad de vida.
¿Por qué negarse a transformar empleos respaldados con los asesinatos de muchos seres sintientes y cambiarlos por empleos que dignifiquen todas las vidas involucradas?
La evolución moral de la humanidad ha prohibido prácticas como la esclavitud, la ablación genital y los gladiadores, demostrando que nuestras tradiciones culturales deben adaptarse al progreso para reflejar nuestros valores más elevados. Pero parece que algunos políticos colombianos se aferran a la tauromaquia por comodidad y falta de voluntad para implementar políticas públicas y acciones que promuevan un cambio hacia una Colombia libre de viOLEncia. Prefieren mantenerse inertes, en lugar de enfrentar los desafíos de una sociedad en transformación.
Urge posicionar la memoria histórica y colectiva como un vaso comunicante que ilumine el camino hacia un futuro más justo y compasivo; evitando la repetición de los errores que han marcado nuestra historia y rechazando con determinación tradiciones culturales que han sembrado la sombra de la crueldad en nuestro presente. Durante décadas, Colombia ha sido testigo de una realidad dolorosa, donde la muerte se ha vestido de diversión a través de prácticas como la tauromaquia.
En esta triste narrativa, los toros, manipulados genéticamente, se convierten en protagonistas involuntarios de un espectáculo macabro y sangriento, que no solo atenta contra su integridad física, sino que también desafía los principios más básicos de equilibrio biológico y ética. No podemos perpetuar una visión distorsionada de entretenimiento, debemos construir un presente digno y necesario, donde la compasión y el respeto hacia todas las formas de vida sean los cimientos de un futuro colectivo digno y justo para todos los que habitamos nuestro país.
En este sentido, la prohibición de prácticas que atentan contra el bienestar animal no solo es un acto de justicia, sino también un paso crucial hacia la consolidación de una sociedad más humanitaria y consciente de su responsabilidad histórica. Por eso, transformar las plazas de toros en espacios para eventos multiculturales sería una poderosa forma de revitalizar el empleo y fortalecer el tejido social, brindando oportunidades para la diversidad, la creatividad y el encuentro comunitario nacional e internacional.
Los representantes en la Cámara y el Senado llegan a su lugar para dar un paso de construcción social de un país, pero no pueden dejarse guiar por gustos personales.
Legislar y mantener políticas culturales que glorifican la muerte, contradice el compromiso fundamental que nuestros representantes en el Congreso de la República adquirieron a la hora de ser elegidos, porque su enfoque debe ser la construcción de una sociedad que valore la vida en todas sus formas.
Es esencial que los líderes políticos se centren en construir espacios que fomenten la evolución en todos los aspectos de la calidad de vida, promoviendo valores de respeto, dignidad y bienestar para todos los ciudadanos. Sin embargo, la resistencia de algunos a una Colombia sin Toreo, abre la puerta a su regulación, lo cual es peligroso al perpetuar la diversión a expensas de la vida.
Al aceptar la regulación, se valida la idea de que el sufrimiento animal puede ser controlado y tolerado en nombre del entretenimiento humano. Esto no solo prolonga una práctica cruel y arcaica, sino que también refuerza la nociva noción de que los animales pueden seguir siendo considerados objetos de diversión. En lugar de regular una actividad intrínsecamente violenta, debemos trabajar hacia la abolición total del toreo, reconociendo el derecho de los animales a una vida libre de sufrimiento y explotación.
¡Sí a una transformación de una cultura de violencia a espacios de vida! ¡Sí a empleos dignos que no sean cómplices de la muerte! ¡Sí a una evolución histórica cultural!