Hace poco leí algunos fragmentos de La tregua, novela de Mario Benedetti. Cacé al vuelo una declaración que, además de reflejar la desazón existencial humana, está cargada de una profunda connotación política: “Tengo la horrible sensación de que pasa el tiempo y no hago nada […] y nada me conmueve hasta la raíz”. Blanca es el personaje de la obra que, entre lágrimas y en un impulso repentino de sinceridad, pronuncia estas palabras frente a su padre. Expresa un sentir que, aunque momentáneo, es hoy también mío y, quizá, el de muchos. “Me siento con una gran disponibilidad de energía, y no sé en qué emplearla, no sé qué hacer con ella”, agrega todavía.
Con todo y lo anterior, en la reciente contienda electoral colombiana, muchos actuamos con la conciencia de las dimensiones sociales que adquiere el ejercicio de nuestro deber, pese a que no votó el total de personas habilitadas para tal fin. Desde nuestras singulares perspectivas, queríamos ver en el poder a una clase política que se reconociera incluyente con todos los sectores sociales y esto –sin exceptuar a los simpatizantes del candidato vencido- se apreció en las urnas. Una vez conocidos los resultados, la lluvia había escurrido en Pamplona y salí a recorrer sus calles. La gente emanaba una alegría inusual, como si le hubiese sido restituida.
Fue satisfactoria la experiencia de motivar a varios familiares a participar de los comicios. No obstante, la dinámica electoral es sólo una ínfima parte de lo que podemos hacer como actores políticos y sociales. ¿Quién más pensará –aparte de mí– en aquellas vidas de hombres y mujeres que forjaron proezas y supieron responder al llamado de la historia cuando ésta tocó sus puertas? El barón de Montesquieu, por ejemplo, que a partir de su viaje a Inglaterra propuso para Francia un modelo de división de poderes –ejecutivo, legislativo y judicial– con la finalidad de ponerle talanquera al despotismo.
En Colombia abundan las referencias: Policarpa Salavarrieta, que participó activamente en la campaña libertadora, desempeñando labores de inteligencia y recorriendo las trincheras del ejército, patriota con alimentos, recados y ánimo valeroso. Jorge Eliécer Gaitán, que, más allá de la memoria colectiva de su asesinato, organizó en su juventud una sociedad literaria y lideró el movimiento estudiantil que denunció la hegemonía conservadora. Por otra parte, ¿quién no recuerda la gallardía de los trabajadores de la United Fruit Company quienes, ante la orden de las tropas oficiales de abandonar la plaza donde hacían huelga, respondieron “les regalamos el minuto que falta”?
De épocas más recientes, nos inspira el legado de los estudiantes de las universidades públicas y privadas que fundaron el movimiento ‘La séptima papeleta’ y convocaron al plebiscito que dio lugar a la Asamblea Nacional constituyente y, a partir de esto, la Constitución de 1991, basada en el respeto de la dignidad humana, que nos rige en la actualidad. Son sólo algunas menciones, pues la lista es extensa. Valga decir también que no se trata de recordar a los que han ofrendado sus vidas únicamente en función del morbo que nos produce su arrojo y valentía, sino comprender que los actos heroicos nunca pueden justificar la permanencia de las situaciones de injusticia. Ahora, ¿quién más no se siente atraído por la idea de liderar –hasta las últimas consecuencias– una causa social importante?
Sí, pese a los miedos infundados de muchos, es histórica la elección de Gustavo Petro como presidente de Colombia y de Francia Márquez como vicepresidenta. Recordemos que todavía no hace medio siglo de las desapariciones y la violencia sistemática perpetrada en contra de los militantes de la Unión Patriótica, partido de izquierda que había nacido a finales de la década del 80, como fruto de las negociaciones del entonces gobierno de Belisario Betancur y el estado mayor de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y con el propósito de respaldar los derechos civiles y políticos del movimiento, plenamente incorporado a la vida legal.
Además, resulta significativa la escogencia del primer presidente de izquierda en el país, porque, entre otras cosas, responde a un sentir común latinoamericano y toma representatividad en el contexto de las recientes movilizaciones y en la insatisfacción de movimientos obreros, productivos y educativos.
Algunos de los retos más importantes del nuevo mandatario, sobra decirlo, giran en torno al sector social, donde deberá apuntar a la disminución de las desigualdades regionales; en lo concerniente al sector económico y productivo, la reducción de la inflación y la tasa de desempleo, que sigue siendo una de las más altas de la región; en materia de desarrollo sostenible, el cumplimiento de objetivos locales y globales y, por supuesto, la oxigenación de las finanzas públicas, mediante la aplicación de una reforma tributaria equitativa, eliminando exenciones y beneficios a personas jurídicas y ampliando el número de personas naturales que paguen impuestos, tal como afirmó en su discurso de campaña y en debates.
No es otra cosa que otorgar poder a un ciudadano que se ha juzgado idóneo, de acuerdo con algunas escalas –subjetivas– de valores, lo que sucede en las jornadas electorales. Sin embargo, en los sistemas que se conciben democráticos, este poder nace y se sustenta en el pueblo. Así las cosas, el pueblo será cocreador del Gobierno durante los próximos cuatro años, un poder paralelo que necesariamente debe regular el ejercicio del mandatario y vigilar que se cumplan las propuestas con las que se hizo elegir.
Finalmente, ¿hasta dónde llegan mis compromisos como sujeto político? ¿Debería hacer algo más que escribir estas líneas? Es una reflexión necesaria en este Estado social de derecho que proclama nuestra carta magna. ¿Somos conscientes de la amplitud de nuestras responsabilidades como ciudadanos? ¿Podríamos estar haciendo algo más o, quizá, mucho menos de lo que nos convoca en la cotidianidad?