Apariencia
Apoyar a La Nueva Prensa

El aborto y las elecciones

En estos días iba en un taxi en el que estaba sintonizada una emisora popular. El tema del día era si acaso debería aprobarse la pena de muerte para violadores de menores y otros crímenes atroces, ya que la Corte Suprema falló a favor del aborto y lo despenalizó hasta las 24 semanas. El presentador del programa dijo que era un excelente tema ya que cuestionaba la doble moral que a veces se maneja en el país, e inmediatamente abrió el micrófono para que los oyentes opinaran.

Una mujer, enajenada, preguntaba por qué se le debía “quitar la vida a un bebecito que está en el vientre, a una criatura inocente, que no ha hecho nada, mientras que esos violadores hacen de las suyas y después los dejan libres”. Otra más clamaba: “Pídanle perdón a Dios por semejante atrocidad y den gracias a sus madres que les dieron el regalo de la vida”. Acto seguido, la pastora de alguna iglesia cristiana anunciaba un baño de despojo para la abundancia.

Sentí terror al seguir oyendo la manera en que locutores y oyentes mezclaban dos asuntos tan diametralmente diferentes -derecho al aborto y castigo para violadores- al tiempo que los envolvían con el manto del pecado, el temor a Dios y la culpa. Nadie parecía entender que la despenalización del aborto no le recomienda ni le exige abortar a las creyentes que no quieren hacerlo, pero sí nos permite a las demás mujeres decidir sobre nuestros cuerpos sin ser criminalizadas. ¿Por qué es tan difícil de entender?

Dentro de los problemas que mantienen a Colombia sumida en el subdesarrollo, está el no comprender la importancia de tener un Estado laico, que respete la libertad de cultos pero dentro del cual ningún dogma religioso defina las normas que nos rigen a todos. Aquí seguimos en el oscurantismo: los que creen en dioses, pecados y culpas pretenden imponernos al resto lo que dicta su doctrina, sin entender que ese es uno de los obstáculos que nos impide avanzar.

En el magnífico libro de Mauricio García Villegas, El país de las emociones tristes, el autor explica que en la encuesta mundial de valores que se lleva a cabo en más de 80 países desde hace más de 40 años, queda demostrado que “el progreso económico va de la mano con la secularización y el individualismo, mientras que el subdesarrollo va a la par con la religiosidad, el predominio de la familia patriarcal, el apego al orden y la mayor estima de la patria”. En un país como Colombia, donde los partidos políticos hacen alianzas con iglesias y pastores que les ponen votos, la religión sigue eligiendo candidatos y, de una forma u otra, sigue teniendo voz y voto en los asuntos de Estado.

Un tema controversial y sensible, como el aborto, se convierte ahora en un tema de campaña con tintes religiosos y moralistas, y diferentes candidatos aprovechan para acrecentar las emociones entre los votantes. Si bien aspirantes a la presidencia de corte liberal, moderno y progresista -como Juan Manuel Galán, Alejandro Gaviria y Francia Márquez- apoyan la decisión y la entienden como un triunfo para las mujeres, los más conservadores se muestran indignados y sacan a relucir frases parecidas a las que escuché en la emisora popular.

John Milton Rodríguez -líder de los movimientos cristianos- habla de que la decisión de la Corte Suprema es una desgracia para el país por permitir “el asesinato de los bebés hasta los seis meses!”. David Barguil no se queda atrás cuando asegura que “no podemos permitir en nuestro país que se utilice el aborto como un método anticonceptivo, esos no son nuestros valores, eso no es lo que caracteriza a la sociedad colombiana”. Y el expresidente Alvaro Uribe, quien sigue pretendiendo ser el poder detrás del poder, se manifiesta en Twitter diciendo: “La Constitución debería unir a la ciudadanía, este fallo ofende profundamente a un grupo muy elevado de la ciudadanía”.

No sorprende que un personaje tan cínico como Uribe, enredado hasta el cuello en casos de masacres como la de El Aro y El Salado, así como en la ejecución extrajudicial de más de 10 mil jóvenes presentados como guerrilleros caídos en combate, salga ahora con el discurso doble-moralista de proteger la vida desde el vientre materno. Lo que sí sorprende es el ambiguo discurso de Gustavo Petro, del partido Pacto Histórico, quien dice que: “Toda sociedad debe prevenir, con educación sexual y medidas tecnológicas para que no exista el aborto, a eso le llamo cero aborto”.

Hablar de “aborto cero” a los pocos días de haber hecho alianza con el Movimiento Social Cristiano, liderado por el pastor Alfredo Saade, quien histórica y abiertamente ha manifestado estar contra el aborto tanto como de los homosexuales, nos ha caído a muchos como un baldado de agua fría.

Si bien Petro asegura que no se debe criminalizar a la mujer por abortar, afirma que “el aborto no es positivo ni hay que estimularlo” e insiste en construir una sociedad con aborto cero, lo que significa que el candidato cree posible generar las condiciones para que nunca se presenten casos en los que la mujer necesite o quiera optar por la interrupción del embarazo.

La teoría del aborto cero es, simplemente, absurda: por más educación sexual que se ofrezca en una sociedad, una mujer puede necesitar o querer abortar al enterarse de que su bebé tiene alguna malformación o pone en peligro su propia vida. Por más métodos anticonceptivos que se pongan a disposición de las parejas, hasta el momento no existe ninguno que sea 100% efectivo, luego la posibilidad de un embarazo no deseado sigue siendo una realidad. Y en cuanto a las medidas tecnológicas que el candidato Petro menciona para que no exista el aborto, no es fácil entender a qué se refiere. ¿Puede una medida tecnológica evitar un embarazo tras una violación, que la vida de la madre o el feto no estén en peligro nunca, o hacer que todo embarazo sea deseado?

“Aborto cero” es una forma ambigua de referirse al tema. Confunde, es un término equívoco, se evidencia la intención del candidato de no ofender a sus nuevos aliados cristianos al tiempo que sigue parado junto a quienes defienden los derechos de las mujeres. Me dieron ganas de comprarle a Petro un baño de despojo de los que ofrece la pastora en la emisora popular, para ver si le trae abundancia de claridad.

Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan necesariamente la posición de La Nueva Prensa.

Adriana Arjona (1972) es publicista, Magíster en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional y Especialista en Creación Narrativa de la Universidad Central. Ha trabajado como Directora Creativa por 24 años en diferentes agencias de publicidad. Ahora se dedica a la escritura de narrativa y guion, y cuenta con varios premios y reconocimientos a nivel nacional e internacional. Combina el oficio de escribir con la práctica y enseñanza de yoga y pilates, disciplinas en las que se ha certificado con Yoga Union NY, Dharma Mittra Yoga Center, Hari-Om Yoga School y el Physicalmind Institute Latinoamérica.

Más de Adriana Arjona →