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Enemigos silenciosos: La grosería de moda y la vulgaridad no incomoda

Omita las palabras groseras, si hay niños o adolescentes, cuando comente lo que va a leer, el autor.

Antes de que Colombia cerrara sus fronteras aéreas en razón al Covid-19, pude comprobar casi de manera coincidencial que, todavía los padres varones enseñan a sus hijos muy pequeños no solo a dar los primeros pasos, sino también a tomar cerveza y para rematar la fiesta educativa, también les enseñan a decir palabras groseras.

Claro está, hay que respetar que cada cual eduque a sus hijos como quiera y jamás meterse a discutir, ¿por qué celebran con gran algarabía que su bebé en transición a párvulo debe ingerir alcohol? Y mucho menos hay que preguntarles por qué gritan a rabiar como celebrando haber ganado el mundial, cuando su hijo balbucea palabras como: “Paputa mapario”…   

Lo cierto es que aquello que se aprende en casa jamás se olvida y se populariza y difunde tanto, que ya la grosería hablada a nadie asombra, antes por el contrario causa risa y se vuelve divertimento cuando se escucha a un joven en Transmilenio hablar por el altavoz de su celular con la mamá:

  • Gran pendejo de mierda, a qué hora piensa llegar a la casa?
  • Cálmese cucha, ya voy en camino. No me boletee…
  • Mire Camilo, dígame la verdad: dónde putas viene?
  • Voy pasando por la clínica de occidente.
  • En media hora le marco a la casa y donde usted no me conteste le armo mierdero con su papá…

La palidez en el rostro del joven presionado por el miedo que causan las palabras de grueso calibre de su madre, contrasta de inmediato con la gritería y el bullying de sus compañeros de clase y el susurro generalizado de los presentes; que simplemente no quieren estar en el lugar de Camilo, bien porque otras veces han sido ellos los protagonistas de escenas similares con sus familiares o bien porque intuyen el ambiente de violencia en el que vive el joven.

La grosería hablada en su veloz carrera a echado raíces de violencia en cientos de hogares, ha inundado las ciudades, ha surcado pueblos y veredas y ha perneado las escuelas donde a diario se conocen maltratos, es resistente obligada en universidades donde cursa todas las carreras, llega a los cuarteles de reclutamiento, allí donde la grosería hablada es parte de la rutina militar y se ha vestido de gala para llegar hasta los micrófonos de emisoras, sin desconocer que la grosería hablada es el lenguaje de muchos políticos en campaña y por supuesto, la moda de la grosería hablada se impone gracias a las producciones de narcotraquetos televisadas, sin dejar de lado que hoy la grosería hablada forma parte del libreto informal de las jovencitas uniformadas con faldas a cuadros, blazer, media-media y blusa blanca con zapato de amarrar negro o azul; muchas de ellas alumnas guiadas sabiamente por hermanas de convento y noviciado, las cuales seguramente alguna vez han tenido que reprender a sus alumnas dueñas de un vocabulario salpicado de tanta palabra grosera y vulgaridades que hacen sonrojar a cualquier gamín habitante de calle:

  • Que va marica Sandra, nosotras como güevonas esperando a esta vieja y nada que llega…
  • Márquele marica, márquele Sophie y si no contesta nos vamos.
  • ¿Esa no es? Esta hijueputa… Muévase Claudia, llevamos media hora esperándola.
  • Hola maricas, no me van a creer es que mi papá es una güeva en los trancones…   

Según estudios y mediciones hechas por los estudiosos que todo lo miden, la palabra grosera inunda en más de un 76% las redes sociales, pero irónicamente, los youtubers e influenser de más éxito son aquellos que a la palabra grosera la han adornado con un valor agregado: vulgaridad y con esta receta se triunfa hoy en redes sociales, en la música y en muchas otras facetas de la cultura y se gana dinero por montones difíciles de cuantificar. 

Sin ir tan lejos, esta semana un supuesto locutor Fabio, irónicamente de la prestante y artística familia vallenata Zuleta, en entrevista humorística (según don Fabio) a un palabrero wayú, con sus comentarios inapropiados se regó despiadadamente contra la mujer raizal de la guajira a la que agredió de manera vulgar mientras seguimos a la espera de correctivos, sanciones y leyes que encausen los ríos de groserías y vulgaridades, de las cuales ya no escapan ni los sacerdotes en sus modernas charlas familiares por la internet, ni mucho menos los pastores que incluso salen hasta ligeros de ropa para que sus seguidores palpen su energía y hagan sus ofrendas.

Hoy resulta que la grosería esta de moda porque “todos las dicen” y la vulgaridad ya no incomoda porque “está en la internet” y al que no le guste que “pinte un bosque y se pierda en él”. Eso dicen los más jovencitos entre risas después del acostumbrado “madrazo”.

Mientras llegan las sanciones que merecen muchos medios de comunicación por transgredir con vulgaridad y groserías la dignidad y la formación cultural y educativa de sus seguidores; no puedo cerrar esta columna sin contarles que al menos 72 de cada 100 personas que dejan sus casas y deciden huir de sus familias, lo hacen ante el cansancio, el dolor y el hacinamiento mental que les produce la grosería hablada, que para estos casos es uno de los combustibles más inflamables y destruye cualquier tipo de relación, en especial una relación Padres e Hijos y entre hermanos; porque menoscaba la dignidad del ser humano y lo somete a la degradación paulatina. En la medida que la grosería se reitera y se vuelve común y repetitiva, quien la recibe cae en la misma sensación a la de una tortura.

La grosería hablada y la utilización de palabras con tono de vulgaridad o porquería, fomentan la pérdida absoluta de la estima y el valor de la unidad familiar, que finalmente sufre el deterioro de una relación que más temprano que tarde termina por desaparecer de las prioridades del afectado con su impacto.

Y lo curioso es que las personas afectadas por una desaparición siempre toman como chiste la grosería, pero jamás calculan la intención y la proyección de palabras que mal interpretadas provocan en sus seres queridos laceraciones síquicas afectivas irreversibles, comparadas a las quemaduras causadas por el fuego alimentado con gasolina.

De las 72 personas que les mencioné arriba y que se van de sus familias deprimidas, agotadas y desmoralizadas por el maltrato con groserías y vulgaridades, al menos 15 no regresaran jamás a sus familias y sí son ubicadas muchos años después, se resistirán con todas sus fuerzas al abrazo con ellos pese a los ruegos y las suplicas con lagrimas de sus propios padres y hermanos; ruegos ante los que máximo 2 o 3 de esos desaparecidos, permiten hacer llegar una fotografía o una lacónica y fría carta en la que piden respeto a su distancia y silencio absoluto y agradecen no volver a ser buscados y prohíben bajo amenazas de unas la ley, para que no sea entregada su actual ubicación de la cual muchas veces huyen de manera casi que inmediata.

Indudablemente, para los que tenemos la experiencia de preparar personas en etapas de recuperación hacia el reencuentro, encontramos con asombro la gran conmoción social de ruina, destrucción y muerte familiar que han causado, estas causando y seguirán causando la vulgaridad y la grosería enmarcadas en las palabras groseras “hijueputa malparido”. Perdón por haberlas escrito, por favor léanlas con el dolor y las lágrimas de aquellos que las repiten como la razón fundamental de haberse ido ante el daño que les hicieron esas malditas, vulgares y asesinas palabras…

Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan necesariamente la posición de La Nueva Prensa.