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¿Compro luego existo?

“¿Ya compraste los regalos de Navidad?”, pregunta una pancarta que ha sido colgada en la fachada de un edificio de locales comerciales en Bogotá. Todavía se ven por la calle niños disfrazados para las fiestas de Halloween, pero esta pancarta –al igual que las portadas de algunos folletos, la decoración de una que otra vitrina, o los gorritos de Papá Noel que reposan sobre las cabezas de algunos maniquíes– siembra la angustia por las compras navideñas con dos meses de anticipación.

“El capitalismo está pensado para mantenerte en un constante estado de insatisfacción, miedo y ansiedad, para que vivas sumido en un letargo comatoso. ¿De qué otra manera podrían convencerte para que cumplas su primer mandamiento (¡compra!, ¡compra!, ¡compra!)?”, dice Michael Moore en su libro Mike for President. Nada más cierto: no ha terminado una temporada comercial cuando somos empujados a la siguiente, y a la siguiente, y a la siguiente.

Consumir se convirtió en el acto que reafirma la fe en la “nueva religión”, como denomina Gilles Lipovetsky a la incesante necesidad de mejorar nuestras condiciones de vida. La Felicidad Paradójica, ensayo de este filósofo francés sobre la sociedad de hiperconsumo, explica la manera en que comprar se ha convertido en la pasión de las masas; una pasión que persigue de manera incesante vivir nuevas experiencias, prolongar la juventud, tener más y mejores aventuras, alcanzar un mayor nivel de bienestar, satisfacer gustos inesperados. Algunos le llaman a esto vivir mejor. Pero, ¿vivimos mejor?

Lipovetsky afirma que con el capitalismo ha nacido un Homo Consumericus de tercer tipo. Dentro de esta civilización del deseo, el Homo Consumericus se ha especializado: es un consumidor mucho más informado y, se supone, más libre. Ahora, cuando nos disponemos a consumir, tenemos la posibilidad de comparar los precios, la calidad de los productos, los beneficios que ofrecen los diferentes servicios o bienes que vamos a adquirir, todo gracias a las plataformas que ofrecen las nuevas tecnologías (así que ni tan libres somos). Hasta la espiritualidad, así como todo lo relacionado como el “bienestar psíquico”, está mercadeado de manera tal que el consumidor siente que cuenta con un amplio abanico de posibilidades para lograr la calma y el sosiego.

Todo está a la venta. Y muchos podemos elegir cómo queremos que nos vean. Hasta las personas que trabajan el desapego de manera consistente caen en los tentáculos de ese monstruo llamado hiperconsumismo. Cuando estuve en Lhasa, capital del Tibet, lo comprobé. Iba caminando cuesta arriba, hacia una roca muy famosa sobre la cual está dibujada una imagen de Buda que tiene más de 500 años, y detrás de mí venían tres monjes vestidos como monjes, pero “engallados” con zapatillas Nike, relojes tan grandes que parecían de pared y no de muñeca, gafas oscuras imitación Ray Van, gruesísimas cadenas de oro y sombreros tejanos.

Tan pronto alcanzamos la cima, donde está la roca, uno de los monjes se paró al lado de la imagen de Buda para ser fotografiado por uno de sus compañeros. Antes de permitir el disparo, se quitó los Nike, el reloj, las Ray Van, la cadena y el sombrero. Luego, puso cuidadosamente en su muñeca un rosario budista y posó con cara de Cándida Eréndira para la foto. Justo después del clic, el monje volvió a poner sobre su cuerpo todas las marcas, el tiempo, el oro, el cuero, y siguió su recorrido turístico.

En la foto, el monje quería verse como monje, pero en la vida real quería tener lo mismo que otros jóvenes de Lhasa tienen tras la llegada de los chinos; los mismos chinos que, sin ser capitalistas, manejan las riendas del hiperconsumo a nivel mundial (todo está “Hecho en China”). El mismo hiperconsumo que nos ha conducido a una forma de vida insostenible, al desastre ambiental, a las crisis alimentarias, a la escasez de agua, a la destrucción de la flora, y a la desaparición de especies de la fauna terrestre como si fueran parte de un espectáculo de ilusionismo en el que el mago no sabe cómo revertir sus trucos.

Algunos expertos en consumo aseguran que no hay que perder la esperanza porque valores como la verdad, la justicia y el altruismo siguen ocupando lugares importantes, más allá y por encima de la necesidad de acumular o adquirir bienes materiales pasajeros. Está claro que no se trata de echarle toda el agua sucia al consumo, al capitalismo o a los chinos. Como el mismo Lipovetsky lo dice en su libro, puede ser que esta “estimulación perpetua de la demanda, (…) y la multiplicación infinita de las necesidades” sea una etapa necesaria, algo que debemos atravesar antes de construir una nueva jerarquía de prioridades y objetivos de vida. Pero la realidad es que para los balances de las industrias no parece conveniente reconocer que es necesario parar hoy, cambiar radicalmente la manera en la que estamos viviendo. O muriendo.

En abril de 2009 tuve la oportunidad de asistir en Bogotá a una conferencia dictada por Antonio Elizalde Hevia, Premio Nobel Alternativo, dentro del marco del Primer Encuentro Internacional sobre Cambio Climático-Carbono Neutral. Durante la charla, Elizalde (rector de la Universidad Bolivariana de Santiago de Chile y experto en temas como desarrollo social, pobreza, medio ambiente y desarrollo sustentable) mencionó una palabra clave para referirse a la situación de hiperconsumo que hoy vivimos. Habló de adicción. Y aunque este término no es nuevo frente al tema del consumo, Elizalde hizo referencia a que al ser adictos al desarrollo, a la tecnología, a la moda y al petróleo, entre otras cosas, nos comportamos como una “sociedad enferma” pues la adicción es y debe ser tratada como una enfermedad. Necesitamos un “rehab”, pero al mejor estilo de Amy Wonehouse decimos “no, no, no”.

Nos han enseñado que comprar es sinónimo de felicidad. Lo nuevo está sobrevalorado. Como la juventud, la belleza o el éxito. Necesitamos comprar, adquirir, tener cosas nuevas que nos ayuden a responder la eterna pregunta de quiénes somos, y esto implica cómo queremos vernos, qué comemos, qué vemos, con quién lo vemos y hasta cuándo lo sintonizamos.

Claramente es necesario encontrar otras formas de bienestar que estén más allá del consumo. Por mi parte, y para el pesar del que hizo la pancarta “¿Ya compraste los regalos de Navidad?”, me comprometo a no regalarle medias a un primo que ya tiene varios pares que ni siquiera usa. En esta navidad pensaré en regalos relevantes para personas que sí los necesitan. Se me ocurren miles de ideas con acento venezolano.

Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan necesariamente la posición de La Nueva Prensa.

Adriana Arjona (1972) es publicista, Magíster en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional y Especialista en Creación Narrativa de la Universidad Central. Ha trabajado como Directora Creativa por 24 años en diferentes agencias de publicidad. Ahora se dedica a la escritura de narrativa y guion, y cuenta con varios premios y reconocimientos a nivel nacional e internacional. Combina el oficio de escribir con la práctica y enseñanza de yoga y pilates, disciplinas en las que se ha certificado con Yoga Union NY, Dharma Mittra Yoga Center, Hari-Om Yoga School y el Physicalmind Institute Latinoamérica.

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