Ayer vi un post que recogía una frase de Shakira sobre su final con Piqué. “El proceso de sanación es largo. ¡Me llevará unos álbumes!”, decía. Quedé preocupadísima.
Puede que Piqué haya sido una “rata de dos patas”, un “mortecino que chulo no digiere” y por eso Shakira siente que si él no la quiere le va a “cortar la cara con una cuchilla de esas de afeitar, le va a arrancar el ombligo y va a matar a su mamá”. Sí. Entiendo. Entiendo el despecho. El dolor. Y, sobre todo, el que su forma de NO llorar le facture tanto billete.
Sorprende, francamente. Nunca se vio que una tusa diera tanta plata. Dejó la vara muy alta. Pero, ¿hasta cuándo va a durar esta tortura, como dice una de las canciones de la propia Shakira?
Con su amenaza de más álbumes sobre el tema está condenándonos a todos a oír su cantaleta ad infinitum. Porque aunque uno no quiera, su sonsonete está en todas partes. En el bus. En el taxi. En los locales. En la calle. En el intermedio de los partidos de fútbol. Parece que no hay escape. Quiero irme a un monasterio en Nepal donde no haya señal. ¡Qué desespero!
Con tanto insulto a ese “cabrón”, con el que no tenía “derecho a hacer lo que quisiera” y por eso ahora la “pasa rico soltera” y hace pijamadas junto a otras cantantes con las que se comporta como si todas fueran adolescentes aunque hace rato dejaron de serlo, he empezado a angustiarme porque me pregunto hasta cuándo estaremos condenados a oír su retahíla.
Al saberla tan intensa inevitablemente uno se pregunta cómo es que duraron tanto tiempo con Piqué. Yo he empezado a compadecerme de semejante bobo, como diría Messi. Qué manera de ir a por él, como dicen los españoles. La cosa ya está demasiado sobreactuada. Qué cansancio que canción tras canción (y ahora sabemos que álbum tras álbum) dé semejante lora, como si la infidelidad y el desamor fueran crímenes de lesa humanidad.
Hablando de lesa humanidad, sorprende que millones de personas canten a los alaridos las canciones de la barranquillera, pero que pocas bocas griten por un alto al fuego en Gaza. Y en Siria. Y en el Líbano. Siendo ella de apellido Mubarak, más libanés imposible, estaría bueno que se pronunciara al respecto más allá de posponer la fecha de su concierto en Tel Aviv. Aunque, no… tal vez hablar de un genocidio no facture tanto como el despecho ni consiga tantos fans, likes o seguidores. Es un mundo extraño.
Tan extraño que si Shakira saca nuevos álbumes de Shakilera (sin duda ha creado un nuevo género musical que fusiona la carrilera con un poco de yodelei), cada tema alcanzaría los primeros lugares en pocas horas. Y si, por ejemplo, ampliara su modelo de negocio y lanzara productos de merchandising contra Piqué el stock se agotaría en segundos. Aquí le tiro unas ideas: mopas marca Piqué, para que trapeemos el piso con ese malnacido. Papel higiénico Piqué, para deshacernos de los hombres mierda. Enjuague bucal Piqué, para desinfectarnos la boca de los besos de esa bacteria. Removedor Piqué, para eliminar la genética batracia de la sangre de sus hijos.
Y la razón por la que ese merchandising se agotaría en segundos es porque hace rato se está confundiendo feminismo con vilipendiar al género masculino, aunque no es que no lo tenga merecido. Parecería que ser empoderadas y resilientes (dos palabras que me tienen tan seca como Shakira) es desdeñar a los hombres en general. Como si todos, por ser hombres, fueran malos, perversos y cabrones. Por eso llegó el tiempo de las mujeres. Esas que no lloran sino que facturan. Y que nos anticipan que seguirán sacándole el jugo a una separación hasta el fin de los tiempos, que parece estar muy cerca si Corea del Norte decide atacar a Estados Unidos con sus armas nucleares.
Por mi parte, invoco las palabras de la inmensa e incomparable filósofa Karol G y le digo a Shakira: !Marica, ya!
