Editor: Francisco Cristancho Rojas
Una persona que se está ahogando, pero le queda una burbuja de oxígeno en los pulmones, hará todo posible por sobrevivir antes de que esa burbuja se pierda.
¿Por qué este preámbulo? Porque, como militante que fui de la campaña de Iván Cepeda, no me gustó la forma como mi candidato terminó aceptando aquel fallo espurio en que terminaron estas elecciones. Y es que no había que aceptarlo, porque en esta elección quedaron plenamente demostradas la injerencia de los Estados Unidos, la descarada compra de votos, y la presión que hubo sobre algunos ciudadanos en diferentes regiones del país.
Hubo muchas irregularidades en las pasadas elecciones, por lo que Iván debió decir finalmente que aceptaba el triunfo del oponente, ¡pero el triunfo numérico! Porque dos falsedades sumadas, siempre dará el mismo resultado. Quiere esto decir que se pudo hacer 200 veces el escrutinio y el resultado habría sido siempre el mismo. Porque lo problemático no es el resultado numérico, lo problemático es cómo se llegó a ese resultado.
Eso fue precisamente lo que Cepeda debió decirle al pueblo, pero no. Iván debió aceptar lo matemáticamente conseguido, pero no aceptar el cómo se consiguió eso. Lo que nos preguntamos quienes usamos el cerebro es ¿cómo diablos se consiguieron esos números? ¿cómo diablos se consiguieron esas cantidades para sumarlas? Yo sí habría dicho que acepto el resultado matemático, mas no el resultado como se consiguió. Es que no es solamente que 2 + 2 sea 4, es cómo se consiguieron esos 2. ¡Simple!
Es que era eso lo que había que ‘aceptar’ además de las cifras: que hubo trampa, tanto en el escrutinio como en la forma en que las personas acudieron a las urnas. Demuéstreme, por ejemplo, que el software no fue manipulado, porque esas denuncias de manipulación no pueden ser solo inventos. El mismo presidente de la República, Gustavo Petro, lo había advertido, como advirtió también sobre la intervención de los Estados Unidos.
Para mí, Iván debió explicarle a la población que esas elecciones tuvieron de todo, menos claridad. Que explicara, por ejemplo, cómo se llenaron tantos formatos, los tales E-14, que nos explicara de dónde fue realmente que salieron tantos votos; porque efectivamente eso era lo que decían las cifras, pero eso no fue lo que diáfanamente ocurrió.
Yo insistiría en dudar del Registrador, por ejemplo. Al señor Hernán Penagos lo conocí en la Cámara de Representantes, y no fue una persona de mi confianza. Un personaje de comportamiento manzanillo y arrogante, mismas características de nuestro futuro ministro del Interior, Rodrigo Lara, quien no debe generar ninguna credibilidad. Ese tipo es fuera de serie, y fuera de seriedad. Lara fue presidente de la Cámara, cargo donde se caracterizó por su grosería y patanería, nada parecido a su señor padre, con quien tuve el honor de trabajar. Este Rodrigo Lara es tan paquete como el nuevo presidente de la República. Son tal para cual.
El mata-gatos, que es tan o más lagarto que cualquiera, necesitaba a otro lagarto similar a él, y por eso llamó a Rodrigo Lara. Eso es hasta cierto punto comprensible. A los dos los conocí personalmente: al uno como defensor de DMG, y al otro como el peor patán que ha presidido la Cámara de Representantes. ¡Pobre de nuestro país en manos de estas personas!
Señores… hoy, matemáticamente, el señor De la Espriella es quien dirigirá este país. Sí. Ese que gusta de maltratar animales; ese que no se sonroja por maltratar mujeres; ese que defendió y promovió pirámides… Yo, a diferencia de muchos, acepto la suma matemática, pero no acepto ni aceptaré nunca la trampa ni la presión que se ejerció en las recientes elecciones.
Coletilla por Deisdre Constanza. La democracia no le teme a la auditoría. No me repongo de este proceso electoral. Respeto la democracia y siempre defenderé el derecho de los colombianos a elegir libremente, pero precisamente por respeto considero que los resultados deben estar rodeados de absoluta transparencia y generar plena confianza. En mi opinión quedaron demasiadas preguntas sin responder. Se habló de respetar la voluntad popular, pero también era indispensable ofrecer claridad sobre el conteo, la consolidación de los votos y el tratamiento de los votos proveniente del exterior. Cuando existen dudas, la respuesta no puede ser pedir silencio, sino entregar información completa, verificable y oportuna. La confianza en la democracia no se construye exigiendo fe ciega, sino garantizando transparencia absoluta. Quien gana una elección legítima no debería temer a que cada voto sea revisado, explicado y auditado. La mejor manera de cerrar cualquier debate no es descalificar las dudas de los ciudadanos, sino responderlas con hechos, documentos y total claridad. La democracia se fortalece cuando quienes administran despejan las dudas, no cuando esperan que estas simplemente desaparezcan.
Hasta la próxima semana.
